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perfil.com · hace 15 horas · Damián Tabarovsky

La ruina, el extravío

Damián Tabarovsky

En La fiesta vigilada, José Antonio Ponte anota una cita de María Zambrano: “No hay ruina sin vida vegetal; sin yedra, musgo o jaramago que brote de la rendija de la piedra, confundida con un lagarto, como un delirio de la vida que nace de la muerte”. Es una frase llena de implicaciones que esconde una impensada relación dialéctica entre la vida y la muerte, pero también un aún más secreto llamado a la tragedia, que recuerda a otros textos de Zambrano, como La tumba de Antígona (“¿Podía Antígona darse muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida?”). Pero sobre todo remite a un inesperado optimismo. No de Zambrano, a quien vamos dejando atrás, sino del propio Ponte. Un optimismo que no se evidencia en los relatos entrecruzados de La fiesta vigilada, ni en el resto de su obra. En Asiento en las ruinas, un libro de poemas de 1997, Ponte comenzaba con un poema melancólico: “Pasé un verano entero escuchando ese disco./Para que la emoción no se le fuera/lo escuchaba una vez cada día/Si me quedaba hambriento salía a caminar//A su manera la luz cantaba esa canción, /la cantó el mar, la dijo/un pájaro./Lo pensé en un momento:/todo me está pasando para que me enamore//Luego se fue el verano./El pájaro/más seco que la rama/no volvió a abrir el pico.” Pero en ese faux roman que es La fiesta vigilada, ya casi nada queda de melancolía y ahora todo se vuelve desolación y ruina. Novela deshilachada, hecha de retazos, de sobras, de materiales reciclados.

Ponte habla de la ruina. La Habana, una ruina. Alemania del Este, una ruina. Pero si hay algo que Ponte pone en ruina, algo que arruina, es la propia narración, o tal vez, el punto de pasaje de toda su narrativa: la primera persona. La fiesta vigilada está escrita bajo el imperativo de un yo en proceso de disolución. En su literatura no son sólo las fachadas, las calles, las ciudades, las amistades, el amor, la política, lo que está en vías de ser corroídos, demolidos, abandonados, desgastados; es la propia sintaxis y el yo sobre el que se apoya. ¿Pero cómo apoyarse sobre una ruina? De ahí proviene ese minimalismo aparente, que no es tal. La escritura de Ponte expresa un indicio, una señal, una información: da testimonio de que alguna vez hubo una frase bien construida, grandiosa, llenas de adjetivos y metáforas; y da testimonio también de que alguna vez hubo un yo seguro de sí mismo, afirmado en su identidad, vivo en la plenitud de la burguesía triunfante. La fiesta vigilada, como casi toda la obra de Ponte, señala el momento en que ya no hay lugar para esa frase, el momento en que se disuelven, se vuelven restos, ruinas.

Pasando a otro escritor, algunos de los libros de Sergio Chejfec están escritos en primera persona, como Mis dos mundos. El narrador -con leve aire de alter ego- viaja a una ciudad de Brasil a participar en una Feria del libro. A partir de esa anécdota trivial (por suerte trivial: cuando en la literatura la anécdota es sustancial, entonces es una mala novela) se dispara un lento pero sistemático proceso de disolución de la identidad del narrador: “El trazado de aquella plaza (…) una manzana cuadrangular con dos diagonales y dos líneas cruzadas que se tocan en el centro, donde hay una estatua. Pese a tan simple diseño, igual llegó un momento en que me sentí extraviado”. Es que si en Ponte hay ruinas, en Chejfec hay extravío.

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