Las vacas de Milwaukee
Acabó de terminar A oscuras, la última novela de Thomas Pynchon, publicada en 2025 cuando el autor estaba por cumplir noventa años. Aunque la comparación parezca impropia, el suyo es un caso parecido al de Lionel Messi, que a su edad exhibe un vigor mental que acaso sorprenda más que su talento. Como el juego de Messi, A oscuras es la novela de un hombre joven, poseído por una pasión lúdica que lo lleva a seguir inventando continuamente.
No leí toda la obra de Pynchon. Sus largas novelas a veces me intimidan. Pero cuando entro en alguna, como me ocurrió con Vineland (1990) o con Vicio propio(2009), me absorbe un tipo particular de placer que excede la trama, la prosa y la lengua para convertirse en asombro frente a las manías de Pynchon: todo escritor grande tiene manías a gran escala tato en su vida como en su obra.
Pynchon ha decidido ser un escritor privado, más que secreto. Alguien que se dedica a escribir y cree que aparecer en público, dar clases, conferencias o entrevistas lo distraen de lo que le gusta hacer. En realidad, no sé si lo que más le gusta hacer es dedicar horas y horas a escribir o tener una vida propia no condicionada por su relación con lectores, críticos, alumnos, admiradores, colegas y otros parásitos, aun cuando algunos de ellos puedan ser brillantes o encantadores. Esa es una manía, de la que uno no puede olvidarse cuando lee a Pynchon, alguien que casi no tiene una cara.
Novelas como A oscuras muestran también cuán maniático es Pynchon como escritor. Es decir, qué es lo que le gusta hacer con sus obras. Y lo que le gusta hacer es dibujar un mapa 1:1 de una época en la que hay partes idénticas y otras inventadas. A oscuras transcurre en 1932 y el protagonista es Hicks McTaggart, un detective que fue rompehuelgas pero se cansó de apalear bolcheviques. Empieza en Milwaukee, que es una versión pequeña de Chicago con sus cervecerías clandestinas, su industria láctea, sus pistas de bowling, sus batallas políticas, sus alemanes, sus indios ojibwe, sus judíos, sus mafiosos, sus chicas que recuerdan a las Flappers de Fitzgerald, de las que Hicks inevitablemente se enamora. Tras pasar por la República de D’Annunzio en el Fiume, la novela termina en una Europa Central que ve surgir el nazismo y en la que Hicks busca a la hija del Al Capone del Queso que se fugó con un clarinetista judío. Hicks atraviesa Transilvania junto con una carrera de motos y todo el escenario parece una versión tridimensional del Café de Rick en Casablanca, con sus espías, sus refugiados, sus traficantes y sus artistas. Es un ambiente abigarrado y peligroso pero la vida, un paso antes de volverse monstruosa, es todavía vivible.
Desde las marcas de cigarrillos más extrañas a los músicos populares más variados de la época (incluidos Gardel y Lepera), todo está en la novela de Pynchon, que mezcla nombres de gente real como Gleb Bokii, el criptógrafo de Stalin o Curly Capstock, virtuoso de la xilorimba eléctrica, con otros falsos pero igualmente absurdos e improbables como la aventurera internacional Glow Tripforth del Vasto.
Está claro que Pynchon se divierte rediseñando tiempos y lugares que habitarán el futuro. No porque los historiadores los hayan investigado o los cineastas los hayan fotografiado sino porque han cobrado vida gracias a la literatura.