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clarin.com · hace 3 horas · Clarin.com - Home

Las leyes del mundo

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El 5 de julio de 1687, la Royal Society de Londres publicaba “Los principios matemáticos de la filosofía natural” de Isaac Newton —que por entonces no era sir y recién lo sería en 1705—. Este texto fue conocido como “el libro que nadie entendía”.

Newton lo había escrito en latín y el autor confesó en privado que lo había hecho deliberadamente ilegible a fin de que solo un puñado de especialistas lo pudiese entender.

No es sorprendente que en una década solo se vendieran unos pocos ejemplares (los ciento sesenta y ocho que hoy subsisten valen varias decenas de miles de dólares) y, sin embargo, con el tiempo se han publicado más de cien ediciones (tres en vida del autor) y ha sido traducido a casi todos los idiomas, convirtiéndose en la obra científica más importante jamás escrita.

Newton se había resistido a publicarla por las amargas discusiones que había tenido con su colega Robert Hooke (1635-1703) sobre la ley de gravedad, ya que Hooke la había descrito antes que Newton, aunque fue este quien la demostró matemáticamente.

Unos años antes también habían mantenido otro enfrentamiento cuando Newton presentó su teoría sobre la luz.

Fue Edmund Halley (1656-1742), hoy inmortalizado con el cometa que lleva su nombre, quien instó a Newton a publicar sus principios donde, entre otras cosas, relata sus tres leyes, formula su teoría de la atracción de las masas, la ley de gravedad (“Todos los cuerpos están dotados de un principio de gravitación”) y demuestra que los planetas se mueven en elipses.

La introducción del concepto de fuerzas que actúan a distancia fue resistida y criticada, aunque finalmente aceptada, después de agrias discusiones y acusaciones de plagio por parte de Hooke.

Gran parte de las teorías y demostraciones de Newton se basan en las observaciones de Copérnico (teoría heliocéntrica), los fundamentos de la dinámica moderna expresados por Galileo y los planteos de Descartes.

La famosa frase de sir Isaac: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”, suele ser interpretada como un humilde reconocimiento a sus predecesores, aunque esta frase encierra una no tan velada crítica a Hooke, quien, como padecía una marcada deformación de su columna (cifosis), era de baja estatura.

Cuando Newton accedió a la presidencia de la Royal Society después de la muerte de Hooke, trató, por todos los medios, de borrar la huella de su archienemigo, al punto de destruir el único retrato que existía de Hooke (aunque no haya prueba concluyente de esta parte de la venganza).

Como director de la Casa Real de la Moneda de Inglaterra, Newton había amasado una gran fortuna que se agregaba a la cuantiosa herencia recibida.

Cuando apareció la Compañía del Mar del Sur después de la Guerra de Sucesión Española, esta se dedicó al transporte de esclavos entre África y las colonias españolas, con una sede en la lejana ciudad de Buenos Aires, en lo que hoy conocemos como el Retiro. Allí se reponían los esclavos de su viaje transatlántico para continuar hacia el Alto Perú, donde eran vendidos con grandes beneficios.

En esta empresa invirtió Newton una buena cantidad de dinero que, al principio, se multiplicó a un ritmo vertiginoso.

Cuando la burbuja financiera estalló al cabo de unos meses, Newton declaró haber perdido veinte mil libras (el equivalente actual a unos ocho millones de dólares) en el descalabro de la Bolsa de Londres.

El sabio asumió las pérdidas filosóficamente diciendo: “Puedo predecir el camino de los astros, pero no puedo predecir la locura de la gente”.

Omar López Mato

Médico y escritor. Autor de "Ciencia y mitos en la Alemania de Hitler", "La patria posible", "Ringo y Joe", entre otros.

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