La impune complicidad de los K
Primera actriz del consenso bolivariano. Enfrenta ahora la orden firme del decomiso de sus bienes ultramillonarios dispuesto por la Corte Suprema.
La historia atraviesa mares y distancias conjugadas en un mismo desbarajuste ideologizado, enmascarado todo en trucadas revoluciones.
Bajo los escombros de Caracas hay muertos que la corrupción multiplicó y sus reverberaciones no conmueven a sus antiguos cómplices argentinos.
Bajo los ornamentos del relato hay una historia de sangre hecha de exilios, de celdas y de silencios.
Cristina Fernández, Baltasar Garzón, Alex Saab, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Fidel Castro, altos, tragicómicos clérigos todos de un mismo credo.
Y el pasado existe y es, en algún lugar de la Argentina interior, resentido presente.
Cuando en junio de 2020 Alex Saab, el operador financiero del régimen de Maduro, fue detenido en la dorada Cabo Verde mientras volaba hacia Teherán, se destapó otro tentáculo de la alianza transnacional que selló el kirchnerismo con el bolivarianismo depredador. Saab no solo manejó contratos de la “Gran Misión Vivienda”. Fue, además, el gran estafador de los CLAP, aquellas cajas de alimentos que el chavismo prometía como salvavidas para los pobres y que terminaron siendo una de las mayores máquinas de lavado y saqueo del continente.
Saab importaba comida de pésima calidad a precios inflados, desviaba divisas, pagaba sobornos y generaba fortunas mientras los venezolanos hacían colas interminables por un paquete de harina o arroz. Las “baratijas habitacionales” y las cajas de los CLAP se diluyeron entre la corrupción y el atroz terremoto que hoy sacude y asesina al país. Amigo declarado de Irán y presunto lavador a gran escala de la narcotiranía, Saab encarnaba el circuito opaco que permitía al chavismo sobrevivir oprimiendo y reprimiendo a mansalva.
El gobierno de Biden lo liberó en un canje de rehenes. Maduro lo recibió con pompa y algarabía y lo devolvió a las rentas de la narcotiranía. Tras la extracción de Maduro por fuerzas norteamericanas, fue capturado otra vez. Hoy está preso, de nuevo, en los Estados Unidos.
Para defenderlo cuando fue detenido en el archipiélago ahora futbolero de Cabo Verde, el régimen contrató a Baltasar Garzón, ex asesor del Ministerio de Justicia kirchnerista. El mismo Garzón que, después, en marzo de 2026, durante la Semana de la Memoria, peregrinó a San José 1111 para decretar que “no hubo nada imparcial ni independiente en la condena a Cristina”. El abogado de Saab se convirtió en portavoz de la ex presidenta. En su voz se cierra el triángulo corrompido entre Buenos Aires, Caracas y Teherán.
La pasión caboverdiana de Garzón: liberar a Saab. La pasión caboverdiana K., amarrarse a Garzón, su defensor oficioso. A la búsqueda del deseado tesoro de la impunidad, como Pedro Sánchez, el decadente y filochavista premier español que es también un aliado de Garzón —y viceversa—. El ex juez lo defiende como si fuera un prócer de la verdad.
Aquella corruptela transnacional se plasma en cifras que son biografías. La Corte Suprema efectivamente dejó firme el decomiso de 684.990 millones de pesos que Cristina Kirchner y los condenados en la causa Vialidad deberán pagar solidariamente. Pero Vialidad fue el capítulo doméstico de una empresa más vasta. El kirchnerismo no robó solamente hacia adentro. Convirtió su política exterior en un negocio perverso y eligió como socias a las tiranías. Con Caracas compartió la caja. Con Teherán, la lúgubre impunidad para los que bombardearon Buenos Aires. Ante La Habana se arrodilló en el altar de su fe.
Solo en bonos de deuda, Caracas volcó en la Argentina kirchnerista alrededor de 6.000 millones de dólares entre 2005 y 2008: el andarivel financiero de una sociedad cuyo verdadero volumen —tejido en fideicomisos, sobreprecios y valijas— nunca terminó de auditarse.
Nada de esto fue integración latinoamericana. Era un circuito donde el petróleo venezolano y la deuda argentina lavaban, en un mismo movimiento, dinero y conciencia. Mientras la narcotiranía funcionaba para sus cúpulas y sus cómplices continentales y transcontinentales, Venezuela se desbarrancaba. La prensa clausurada, opositores torturados, ocho millones de exiliados con la casa entera dentro de una mochila. El kirchnerismo enarboló exaltado las banderas de la narcotiranía y fue su garante escénico. Prestó su firma y su relato para que el despotismo desfilara ante el mundo con el disfraz del progresismo.
Con Cuba la devoción fue más “pura”, porque ni siquiera mediaba el petróleo, sólo la fe inquisitorial. Cristina peregrinó, siendo presidenta, a la casa de Fidel Castro como se visita un santuario para adorar a un Mesías. Habló largo en Cuba de su propia “persecución” en la fortaleza de La Cabaña, donde alguna vez fusiló la revolución. En esa isla, más de cien presos políticos contaban los días en celdas sin nombre. Ella no dijo una palabra sobre ellos. Ni una. Hay silencios que son firma.
Funcionó la alquimia por la cual la performance del relato disuelve la responsabilidad: el decomiso deviene “proscripción”; la sociedad con la tiranía, “antiimperialismo”; el silencio ante el gulag tropical, “soberanía”. El relato absuelve donde la moral condena. Y la dirigente cuyos bienes se tasan para resarcir al Estado que administró se ofrece como mártir.
El decomiso devolverá pesos al Tesoro, pero no salda la deuda continental del bolivarianismo cristinista. El látigo de la geología arrasó Venezuela. Nadie desató ese infierno, pero sin corrupción habría habido menos víctimas. La corrupción y la desgracia van de la mano. Y prevalece la impunidad de los cómplices. Tras los terremotos de junio, los muertos se amontonan bajo toneladas de horror y los vivos mendigan agua entre los escombros. Y los cubanos presos desde hace seis décadas no serán liberados jamás por quienes aplaudían a su carcelero.
La memoria busca reencontrar algo más profundo aún: la gravedad de las palabras, en una época que las quiere ingrávidas. La Corte ya ordenó el decomiso de los bienes. Falta decomisar la inmoralidad autoritaria.
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