Hace 50 años Montoneros detonó una poderosa bomba en el corazón de la Policía Federal
El gobierno surgido del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 llevaba apenas 3 meses y 10 días de una nueva y trágica excursión dictatorial. Martínez de Hoz, su mentor económico y socio civil del presidente Videla, el de mayor envergadura y espaldas sólidas de toda la cohorte de adulones y convencidos de la “mano dura”, ensayaba giras por los centros de poder mundiales para solicitar apoyo político y avales económicos al proyecto que “no tenía plazos, sino objetivos”, al decir del primero de los presidentes de facto del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.
En tanto, cada noche, los mastines de los grupos de tareas del Ejército y la Armada salían de cacería. No distinguían responsabilidades y, menos aún, tendrían en cuenta procesos judiciales ni presunciones de inocencia. Cuadros guerrilleros, militantes, simpatizantes o inocentes viajaban a la fuerza en los Falcon Verde para ser depositados en las mazmorras del régimen dispuestos al mayor genocidio de nuestra historia, por entonces sin final a la vista.
En medio de esa sangría brutal, la vanguardia de Montoneros, conocida en la jerga como “Carolina Natalia” (Conducción Nacional), pergeñaba la salida del país para fin de año con la idea de huir del látigo de la represión, como efectivamente sucedería en los últimos días de 1976: una decisión polémica para preservar la vida de los cuadros que ellos mismos consideraban más relevantes y necesarios para la continuidad política de la experiencia armada.
Básicamente, para decirlo con nombres propios: Firmenich, Perdía y Vaca Narvaja eran quienes gestionaban contactos, estrategias y logística para escapar del campo de batalla y dejar a la intemperie a sus subordinados, probablemente la mayoría de ellos militantes convencidos de una causa perdida. Milicianos inexpertos contra un Ejército profesional organizado “para matar”, según confesaría el propio Videla en su testamento político. ¿Alguien podría suponer un final diferente a la matanza finalmente ocurrida?
El cenit guerrillero, acorralado por la creciente represión paraestatal, iba sufriendo un exterminio a fuego lento. Sin embargo, en ese contexto adverso, analizado desde la perspectiva de su lucha armada, Montoneros concretaría uno de sus golpes más audaces y “exitosos” como sería el atentado en la Superintendencia de Seguridad Federal, en el mismísimo Departamento de Policía, en el corazón del barrio de Congreso, en uno de cuyos sótanos se torturaba y mataba a los cuadros de la disidencia armada o cualquier otro tipo de rebeldía ciudadana. Ocurrió el 2 de julio de 1976: se están cumpliendo 50 años del planificado y mortífero golpe terrorista.
El periodista Ceferino Reato realizaría una excelente investigación en su libro “Masacre en el comedor”, así llamado porque el ataque tuvo lugar precisamente en el comedero de la Federal, al que también asistían civiles de la zona, por los excelentes precios y la buena oferta gastronómica de su menú diario. La cúpula montonera había especulado que un atentado terrorista a esa escala provocaría la empatía de una sociedad sometida al silencio y la mortaja, agobiada por el miedo y el fantasma de una represión de la que poco se hablaba, pero ya empezaba a trascender.
Error de cálculo: el pronunciamiento militar que había derrocado a María Estela Martínez, viuda de Perón, contaba aún con cierto consenso en las capas medias y altas, y además fue de tal magnitud la crueldad del operativo montonero, y su carga de consecuencias en víctimas y mutilados, que no cabía margen razonable para la justificación ni política ni ideológica. Las huellas fueron tremendas: hubo 23 muertos y más de 100 heridos.
“Esteban” fue el nombre de guerra del terrorista que planificó el bombazo a la perfección, con una sincronización y una inteligencia previa de máxima sofisticación y alta eficacia. Su nombre real: Rodolfo Walsh, escritor y terrorista. El arquitecto de aquella masacre fue las dos cosas, pero a los fines emocionales no tuvo en cuenta que en el momento del estallido en el comedor no había peces gordos de la represión: perdieron la vida apenas dos oficiales de rango muy bajo, 18 suboficiales, una civil y dos personas contratadas para tareas auxiliares en el salón.
Un golpe antipático para el humor social por donde se lo mirara, salvo en el microclima de la militancia más radicalizada, donde se celebró la voladura como uno de los más grandes hitos de la rutina militarista montonera.
Del lado de los federales, de todas las fuerzas armadas y de un segmento de la sociedad, más allá de los daños prácticos en vidas y bienes, se evaluó el atentado como una inadmisible humillación, concretada en sus narices y en uno de sus domicilios emblemáticos, por la traición de un joven ex miembro de la institución policial (José María Salgado, el ejecutor, quien el día anterior había renunciado a la fuerza), cooptado por los guerrilleros de la organización auto percibida peronista, en particular adoctrinado por uno célebre, el cuadro quizá más inteligente y lúcido de “la Orga” por su prestigio como brillante escritor y periodista.
Para Montoneros, y una parte de la sociedad de aquel tiempo, en particular los jóvenes obsesionados por la insurgencia revolucionaria, Walsh no era eso, sino un héroe en lucha que procuraba subsanar las injusticias del sistema político argentino, al margen de la ley, la Justicia y el derecho.
Los terribles efectos del ataque fueron fotografiados en abundancia por distintos medios en aquel momento y el reciente libro de Reato los rescataría del olvido. Cuerpos mutilados, paredes con sangre y restos humanos estampados por doquier: una imagen de la barbarie que desató el estallido de la “bomba vietnamita”, muy usada en la guerra del sudeste asiático, también llamada “bomba racimo”, letal explosivo de entre 5 y 7 kilos de Trotyl (TNT), que al estallar multiplicaba su efecto destructor.
En un maletín negro la había dejado allí el converso Salgado, un joven de clase media alta de Olivos, hijo de un abogado y una docente, sobrino de un general; excelente estudiante de Ingeniería Electrónica.
Para la Justicia, la causa 13.629, caratulada NN s/Estrago, fue cerrada por la jueza María Romilda Servini en 2006 “porque había pasado demasiado tiempo”. Ocurrió en pleno gobierno de Néstor Kirchner, quien junto a su esposa Cristina Fernández, se asumirían como inesperados exégetas de la narrativa de “los jóvenes idealistas” y la “generación diezmada”: la llamada “juventud maravillosa” por la que en la dictadura no habían movido un dedo.
El fallo definitorio de la Corte llegó el 10 de julio de 2012, con Cristina en el poder y Kirchner muerto, ya con la idea de la “romantización” de la violencia guerrillera en debate: en apenas 5 renglones el máximo Tribunal ratificó la prescripción y el sobreseimiento de algunos involucrados en aquella masacre, entre ellos Mario Firmenich, el jefe montonero incombustible ante el fuego de la historia trágica de aquellos años.
Otros responsables, directos o indirectos, que habían participado del atentado, en cambio, tuvieron muertes horrorosas en la sala de torturas o en los “vuelos de la muerte”. También hubo quienes fueron asesinados en la pausa del mediodía, a la hora del almuerzo, en un bodegón de la Federal, en el invierno de hace medio siglo.
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