Vivir es peligrar
El título de esta nota proviene de una de las mejores novelas argentinas del siglo XX, Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos. La frase, “vivir es peligrar”, tiene algo de inventada, de neologismo. Es una enunciación rara, potente. Responde al espíritu de la protagonista, María Muratore, personaje femenino que habría que reivindicar por su espíritu gozoso, luchador. Algunos la consideran nuestra Mulán literaria, por el disfraz que implementa a la hora de guerrear, fuertemente atraída por Juan de Garay, en tiempos de la Segunda Fundación de Buenos Aires.
La novela de Demitrópulos no es histórica, aunque contempla algunos datos de la realidad y su contexto. En todo caso es una novela verdadera. Su fuerza lírica desnuda verdades que ni siquiera podrían ser contadas en una biografía o un documental.
La frase de Demitrópulos sin embargo parece provenir de otros libros –como casi todo lo que se escribe. La podemos encontrar repetidas veces en una novela anterior, frondosa y genial, Gran Sertón: Veredas, de Guimarães Rosa, publicada en 1956.
Allí leí por primera vez: “vivir es muy peligroso”, escrito de muchísimas maneras: “vivir es un negocio peligroso”, “vivir es peligro”, “el peligro de vivir”. La frase insiste y va provocando en la lectura una valentía inusitada. Porque en ninguna de las dos novelas el peligro es entendido como amenaza, ni persecutorio o negativo. El temor y la “inseguridad” no son las preocupaciones principales. Al contrario, es una forma de estar presente, vivificado. El peligro de estar vivo y lo que implica vivir: dar un paso (o un salto), estar con otros (con-vivir). Proseguir en lugar de atrincherarse.
En Nietzsche “vivir peligrosamente” es un ideal, una invitación a vivir del riesgo creador, mientras que en Guimarães o en Demitrópulos, el peligro es una constatación de la vida. Y el coraje consiste en seguir viviendo en medio de la incertidumbre (“del remolino”). Jugar, jugársela.
Lispector, sucedánea de Guimarães, escritora brasileña excepcional, también apuesta a la audacia de vivir peligrosamente. Pero lo hace a través de un camino distinto. Busca perderse, llegar al borde de la identidad.
Es muy extraño leerla. En lugar de armarse de palabras para afrontar lo que sea, prefiere librarse de ellas. “Quiero escribir sin palabras”, ¡escribe!, como si le estorbaran en su anhelo de alcanzar lo vivo. Emprende un camino opuesto a la escritura para escribir, busca deshacer los sentidos establecidos, “desorganizar” la trama rutinaria de los días.
Su personaje G. H. (del libro La pasión según G. H.) elige experimentar con altivez la cobardía, y en ello radica su coraje. “La cobardía es mi mayor aventura”. Busca, sí, busca todo el tiempo alejarse de lo convencional, inclusive del lenguaje. Arrimarse a la vida. Peligrosa, sí, pero viva. Siguiendo estas lecturas podríamos preguntarnos qué es más peligroso, ¿estar vivo o no estarlo?
La novela de Lispector empieza con puntos suspensivos, como si respirara. Su primera frase es un indicio: “Estoy buscando, estoy buscando”.
De entrada el movimiento es hacia afuera. Salirse del molde, atravesar regiones. Y fundamentalmente: dar con el otro. Y para hacerlo, Lispector propone deshacerse del yo, amigarse con lo desconocido. Su personaje, a partir de un acto ínfimo (y mundano: matar una cucaracha), deshace las fronteras humanas que desprecian la vida: clases sociales, autoritarismos, violencias, linajes.
La novela es una suerte de viaje de iniciación (o aprendizaje) que incita a “confiar”. Y para ello, tiende al desprendimiento de lo sabido, de lo que se tiene por seguro que no es más que un implemento.
En estos tiempos hater, tan recelosos, la confianza que plantea Lispector, o la aventura del peligro incitada en las novelas que mencioné al principio, no tendrían cabida; tampoco sería creíble el comienzo de Rayuela, cuando Horacio Oliveira se pregunta si “encontraría a la Maga”, convencido de que “un encuentro casual es lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas previas es la misma que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”.
Nuevas convenciones están echando raíces en la vida cotidiana. Al bajar una aplicación en nuestros celulares, también pueden cerrarse otros espacios. Los comercios están desapareciendo, pedimos por rapi, en los teléfonos no hay personas que respondan, la interacción está siendo programada, la paja suplanta al ímpetu…
Por suerte las frases hacen de las suyas. Como bandada de pájaros, sobrevuelan los tiempos y quizá nos den alguna letra. Esta semana, revisando cuentos del libro Oslo, de Guido Mauas, finalista del Premio Bioy Casares 2025, “vivir es peligrar” reapareció a su manera: “El peligro de estar vivos no nos abandona”. Uf.