Gracias a Dios, gracias a Venezuela
Nací como todos los chicos del barrio, pobre, en una casa en la que también había fantasmas, al lado de un barranco que muchas veces amenazaba los días y las noches hasta que venía la mano de la desdicha y rompía las casas y hasta el cielo.
El resultado que tenía aquella temible voluntad del cielo, del agua y de la tierra, era el miedo en el que vivían los grandes y los chicos, que se asomaban a ese barranco del demonio como si en él habitaran lo duro, lo final y lo inesperado. Una vez, sin embargo, después de noches y días de amenaza, aquel río infinito empezó a pararse y mis padres, que habían quedado esa vez cada uno al lado de las distintas zonas de la amenaza, pudieron darse de lejos un abrazo cuya risa no he olvidado jamás. Porque, además, era difícil entonces reírse de lo que ocurriera.
Pasaron algunos años y yo pasé a ser, en el barrio, un suburbio del Puerto de la Cruz, nuestro pueblo en Tenerife, el chico que les escribía las cartas a las mujeres analfabetas que querían comunicarse con sus novios o maridos que habían viajado a Venezuela. Ese era un viaje difícil pero indispensable para los pobres de entonces, porque Venezuela era fértil y nosotros éramos pobres como el barranco y como el porvenir que nos deparó aquel tiempo que había sido arrasado por la guerra civil.
Nosotros, los muchachos, no sabíamos de aquella guerra ni tampoco de la verdad de nuestras realidades, que eran inevitablemente las realidades de los pobres y de los barrios. A mi me había sido dado el don de la escritura, porque era asmático y gracias a la radio que mi padre compró pude escuchar lo que luego, poco a poco, terminó siendo lectura.
Por eso las mujeres pobres que tenían a sus maridos en Venezuela, sobre todo en Caracas y en sus alrededores, iban a mi casa a dictarme las cartas en las que les explicaban sus tremendas cuitas a aquellos viajeros de que se fueron del barrio.
Aprendí, pues, a escribir cartas gracias a aquellas mujeres que sólo sabían dictar, y que siempre se explicaban mejor que yo aunque yo fuera el que las escribiera. Ellas venían a mi casa como si fueran carteras de otro mundo que iban a fiarse de aquel chico que a veces escribía como le daba la gana para que no fueran mayores las tremendas confidencias que iban a recibir los hombres de la diáspora.
Entonces debía haber una consigna para empezar las cartas. Esa parte del dictado jamás la dejé de lado porque entonces yo sentía que esa era la sustancia de lo que ellas querían decirles a los que desde Caracas les iban enviando el dinero que ellas necesitaban, por ejemplo para irse a Venezuela.
Todas aquellas cartas tenían, pues, un leit motiv, una señal que no tenía que ver con la realidad sino con el deseo. Todas las casas, la mía también, estaban señaladas por el dolor o la desesperanza, pero allí nadie hablaba de eso sino en las casas mismas, y nunca delante de los chicos. Había mucha amargura, yo lo sé y yo lo viví, y yo lo siento ahora como si lo estuviera escuchando también ahora mismo y en Venezuela. Ellas, pues, me decían lo que yo debía escribir, pero al principio del texto siempre eran pías o tranquilas, suaves.
Yo tomaba el bolígrafo, y ellas decían que yo escribiera. Esto decían al querido novio o al añorado marido: “Me alegro de que al recibo mi carta te encuentres bien. Nosotros por aquí bien, gracias a Dios”. Viví esas cartas como si fueran para mi o para mi familia, los que se habían ido a Venezuela e incluso los que se habían quedado entre nosotros.
Para mi fueron las señales del país en el que vivíamos, la realidad que yo no acertaba a ver desde las cuatro paredes de mi casa, sobre todo porque en esas misivas, que parecían hechos por el corazón doloroso de las mujeres, no había otra cosa que la realidad que en ese tiempo marcaba el silencio dañado de los pobres.
Porque esas cartas decían siempre, luego de la parte dedicada a Dios y a la salud (“nosotros bien, gracias a Dios…”), lo que de veras había que decir a los que iban a leerlas en el otro lado del mundo. “Las carencias, las enfermedades, las muertes”, escribí en un artículo que en 2017 me publicó El País.
Ahí dije sobre lo que entonces me inspiró la manía española de aquel tiempo de la era de Hugo Chávez de decir que de Venezuela sólo debían hablar los venezolanos: “Aquel adolescente tomaba nota de ese estremecimiento doméstico; luego les leía [a las mujeres] el contenido, ellas quedaban conformes y debajo de mis letras [ellas] hacían un garabato que garantizaba la autoría. Eso que se decía allí lo había escrito la mujer, pero con otras manos”.
Aquel texto me salió del alma de entonces, que es también el alma de ahora. En aquella ocasión, en que Hugo Chávez mandaba en ciertas zonas de la cultura política española como el que marcaba lo que aquí se dijera sobre Venezuela, hubo una respuesta inesperada de los venezolanos que había (y que hay, naturalmente) por el mundo.
Aquella frase (“Por aquí todos bien gracias a Dios”) con la que acababan las cartas de las mujeres que escribían para sus novios o maridos en Venezuela fue recogida por muchísima gente, entre ellas por una muchacha venezolana que vivía en Suiza y que leyó el texto entero que había publicado El País.
Ahí escribí sobre la razón del amor a Venezuela, el que hubo, el que había, el que hay, y conté un hecho que jamás olvido y que forma parte de aquella infancia que me hizo para siempre venezolano y también de todas partes: “Era la España oscura marcada a fuego por la guerra que se vivió lejos, pero cuya metralla moral llegó a la isla, con la impronta salvaje que a unos los llevó a emigrar y a otros a contar desde aquí la memoria diaria de la escasez. Un día llegó a casa uno de aquellos emigrantes. Era mi tío Tomás, manejaba un camión de Leche Carabobo, en Colinas de Bello Monte, una de las direcciones que yo ponía en los sobres aéreos de aquellas cartas tristes. Miró adentro de la cocina, petróleo, oscuridad; al día siguiente hizo que llegara a nuestra casa una cocina de gas, era una novedad tal en el barrio que había que aprender para darle fuego. A las otras casas empezó a serles Venezuela igual de propicia, y se alivió aquel tiempo de estupor y de estraperlo. En una casa de El Hierro vi, algunos años después, una casa alta y estrecha construida por emigrados; decía en el frontis, escrito para siempre: ´Gracias, Venezuela”.
Pasó el tiempo, y ahora es el tiempo peor para Venezuela. Estos días hasta el clima llora, y en este tiempo en que escribo y recuerdo y rememoro, y repito mis historias y regreso a la infancia, y a mis padres, y a mi tío Tomás, y rememoro aquel dolor y este de ahora, y me acuerdo del taxista que hace un año me llevó de un sitio a otro en Madrid y me dijo, cuando yo le conté la historia de la cocina de gas, que él era también amigo de Tomás… Era su vecino, las casas de los dos estaban juntas… La primera llamada que hice ahora, cuando se supo qué pasó ahora en el subsuelo y en el corazón y en el alma de Venezuela, fue al taxista al que llamé primero, como si así llamara a todo el mundo que llora por Venezuela.
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