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clarin.com · hace 4 horas · Clarin.com - Home

Los colores del tiempo, entre Monet y los likes

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Hay una escena, casi al comienzo de “Los colores del tiempo”, que alcanza para explicar la película entera. Un joven creador de contenidos digitales está fotografiando a una modelo en un museo cuando ella le pide que cambie el color del cuadro que quedó detrás porque no combina con su ropa. El cuadro es de Monet. Pero eso parece irrelevante frente a la necesidad de conseguir la imagen perfecta para las redes.

Parece un chiste sobre una época en la que hasta un Monet puede convertirse en un simple fondo de pantalla. Y, al mismo tiempo, una declaración de principios. La película francesa, que acaba de estrenarse en Buenos Aires, se propone recuperar lo que ninguna aplicación puede editar: la memoria, los vínculos, las historias familiares, el tiempo.

Desde esa primera escena, el relato empieza a retroceder hasta la Belle Époque, en un viaje que recuerda a “Medianoche en París”, de Woody Allen, aunque aquí el mecanismo es distinto. Todo comienza cuando una treintena de primos lejanos recibe la noticia de que un supermercado quiere comprar una vieja casona familiar en Normandía, cerrada desde la Segunda Guerra Mundial. Cuatro de ellos viajan para revisar lo que quedó adentro. Entre muebles cubiertos de polvo, cartas y cuadros reconstruyen la vida de Adele, una joven que a fines del siglo XIX abandona su pueblo para viajar a París en busca de la mamá que la dejó al nacer.

Los primos. Tiran del hilo de la historia familiar hasta llegar a Monet.

“Los colores del tiempo” no convierte esa investigación en un policial genealógico. Lo que vale es el tejido de relaciones que se va armando mientras esos primos, hasta entonces desconocidos entre sí, descubren que comparten mucho más que un apellido.

Hay también un juego de espejos que sostiene el relato. Adele y el influencer viven separados por más de un siglo, pero ambos fueron criados por sus abuelos y crecieron sin conocer a sus padres.

La película sigue el viaje de ese nieto a Normandía, impulsado por su abuelo, y el modo en que esa experiencia le cambia la mirada. Él, obsesionado con registrar el presente para conseguir likes, descubre que el contenido más valioso está escondido en las vidas que lo precedieron. Por eso la película toca una fibra tan íntima. Muchos tenemos algún eslabón perdido en el árbol genealógico. En mi familia, durante años, circuló una historia sobre el abuelo Manuel: que había muerto como un patriota, envuelto en una bandera argentina y arrojado al mar. Recién de adultos supimos que era un relato inventado por mi padre para ocultar un abandono mucho más doloroso. Cuando intentamos reconstruir esa historia para tramitar el pasaporte italiano, Manuel no aparecía en ningún registro. Como si hubiera existido solo en la memoria de quienes lo nombraban.

Al final, “Los colores del tiempo” habla justamente de eso: de las historias que heredamos, de las que inventamos para sobrevivir y de las que todavía estamos a tiempo de recuperar. Porque ninguna familia transmite sólo una sangre o un apellido. También transmite silencios, versiones, mitos. Y, a veces, hace falta viajar un siglo hacia atrás para descubrir quiénes somos y hacia dónde queremos ir.

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