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La tinta antes que la sangre

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La noche del 4 de julio de 1776, en un taller de Filadelfia, el impresor John Dunlap compuso, a mano y con tipos de plomo, letra por letra, un texto de Thomas Jefferson que el Segundo Congreso Continental acababa de aprobar. Imprimió alrededor de doscientos ejemplares y se fue a dormir. Ignoraba que acababa de poner en circulación las ideas de una nación destinada a ser la potencia del mundo, por su poder material y por llevar a la práctica uno de los primeros grandes experimentos modernos de democracia representativa y soberanía popular.

Aquella declaración hizo existir la independencia desde el momento mismo en que la proclamó. Bastaba leerla en voz alta en una plaza para que adquiriera existencia política. Su segundo párrafo, uno de los más célebres, afirmaba: "Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los dota de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Que, para garantizar esos derechos, se instituyen entre los hombres gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados".

Dichas palabras expresaban una promesa y delineaban un horizonte. La historia necesitaría siglos para acercarse de a poco a esa aspiración. Primero se redactó la declaración; después las instituciones, las leyes y el Estado. En ocasiones, una nación comienza con un acto de escritura.

La Revolución Estadounidense inauguró la modernidad política. Trece años antes de la Revolución Francesa, trece colonias rompieron con el Imperio británico con un arma decisiva que también había salido de una imprenta.

El libro Common Sense —Sentido Común—, de Thomas Paine, que vendió, según los cálculos de la época, más de cien mil ejemplares en pocos meses, sobre una población de dos millones y medio de habitantes. Paine lo escribió en lenguaje accesible y el libro se leía en voz alta en tabernas y plazas. La palabra preparó el terreno de la independencia y multiplicó la eficacia de las armas. John Adams lo resumió en una frase que se le atribuye: sin el autor de Common Sense, la espada de Washington se habría alzado en vano.

Benjamin Franklin conocía el poder de la imprenta y el de la diplomacia. Tipógrafo, editor y ensayista, además de científico, llegó a París con una misión política: difundir la revolución y persuadir a los franceses de que la joven república podía vencer al león británico. La victoria llegó tanto por los mosquetes del Ejército Continental como por el incansable rol divulgador de Franklin, que convenció a Francia de intervenir con su flota y soldados.

La Declaración presentó a la independencia como una causa capaz de justificar su legitimidad ante el mundo, al reclamar "un respeto decente de las opiniones de la humanidad" . Un adelanto, al entender el poder de la opinión pública internacional como tribunal moral.

Aquel argumento encontró un vehículo hacia el sur tiempo después, cuando el venezolano Manuel García de Sena tradujo al castellano los escritos de Paine. Sus versiones circularon por la América hispana y dejaron su marca en las primeras constituciones de las repúblicas nacientes.

En el Río de la Plata, José Gervasio Artigas fue profundamente influenciado por el pensador estadounidense. Mariano Moreno, por su parte más ligado a Europa, también sabía del valor transformador de la imprenta. Fundó la Gazeta de Buenos Ayres para comunicar los actos del nuevo gobierno, mientras Manuel Belgrano impulsaba el Correo de Comercio. Además, en 1816, el Acta de nuestra Independencia se imprimió en español, quechua y aymara: la nueva patria del sur quería informar a todos sus habitantes.

Juan Bautista Alberdi se insipiró en la experiencia estadounidense como modelo para organizar la Argentina. La Constitución de 1853 adoptó su estructura republicana y federal. La igualdad proclamada en Filadelfia tuvo su traducción jurídica en el artículo 16, mientras el artículo 20 reconoció a los extranjeros los mismos derechos civiles que a los ciudadanos. La inteligencia de Alberdi convirtió una declaración de principios en un programa para poblar y organizar un país.

Los ecos del legado de Filadelfia arraigaron con fuerza en un joven lector de San Juan. La autobiografía de Benjamin Franklin le enseñó a Domingo Faustino Sarmiento que la educación y la escritura podían cambiar el destino de una persona y de una nación. Primero escribió Facundo; después levantó escuelas siguiendo el modelo estadounidense, y alentó la apertura de bibliotecas y diarios.

Doscientos cincuenta años después, aquellos ejemplares de la Independencia de las 13 colonias todavía hablan. De esa tirada mínima nació una república destinada a moldear el mundo.

Hay países que nacen en un campo de batalla; los Estados Unidos nacieron, primero, en una imprenta. Ese es su mejor legado, la tinta antes que la sangre.

Guillermo García

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