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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

La pasión extranjera

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La pelota rueda sola en la esquina. Y enseguida aparecen los pies. Dos jóvenes en edad escolar, a la salida del colegio, doblan por Charcas a la altura de Anchorena. Uno le pasa al otro la pelota. Es apenas un bollo de papel, pero con un brillo que se parece al de un balón oficial. Uno de los jóvenes le relata al otro la jugada: “...y doblan por la esquina, amagan al transeúnte Uno, pasan al transeúnte Dos”. El transeúnte Tres intenta interponerse entre los escolares, pero la pelota sale disparada a la calle, donde el tránsito malicioso hace caso omiso al apoteótico momento. Otro transeúnte, árbitro involuntario de la escena, se pone delante del taxi y le pide rápido que frene: es que está a punto de destruir el esférico. Los dos colegiales, con las carpetas bajo el brazo, ponen cara de “nosotros no fuimos”.

Del taxi se baja entonces un pasajero, mira a la pelota abandonada sobre el asfalto y hace un ademán. Se inclina, toma el inverosímil bollo de papel embebido de cinta scotch, descendiente incomprendido de las pelotas de trapo de antaño, y lo lanza con la mano a sus propietarios, como si fuera un arquero del mismo equipo. Los dos delanteros reanudan la marcha, ahora sí, de nuevo en dirección recta al arco rival. O a la próxima esquina, Av. Santa Fe, donde quién sabe con qué nuevos peligros se encontrarán. Porque ir en el centro por la vereda, pateando una pelota, confundiendo las comunes baldosas municipales con el césped de los estadios FIFA, ¿a quién se le puede ocurrir?

En otro lugar hay otra escena. La protagoniza Calai (8 años). Hace rato que está sentado en el piso. Cada tanto se escucha: “gol”. Otro rato en silencio y otra vez: “gol”. “¿Qué estás haciendo, hijo?” –le pregunta su padre–. Al asomarse por el borde del sillón lo comprueba. Sobre el piso hay veintidós figuritas. Es un partido de fútbol imaginario. Están los de celeste y los de celeste y blanco. Él y sus padres son argentinos. Pero desde 2020 que la familia vive en Uruguay. Hasta hace unos días no sabían para quién hinchar. El número 2 rechaza mal. La pelota de fantasía pega entonces en la espalda del delantero contrario, que gira y encara al arquero. Esta vez sí: es casi gol. Pero ya está la comida. El partido se suspende por el irrefutable silbato de la madre. Que ahora dice que ya es suficiente, ya está.

Otras escenas nos llegan por Internet. Bangladesh. Miles de personas corren por las calles con camisetas de la selección argentina. Las levantan como si fueran banderas. Correr así por las calles, gritar por Argentina, corear los nombres de sus jugadores. Hay argentinos que ya son absolutamente incapaces de hacer eso. Pero para muchos extranjeros, misteriosamente, se ve que es fácil. Quién sabe de qué cosas está hecha la identidad. Entre las pelotas de papel y los pasajeros ocasionales de los taxis, entre niños que juegan partidos de fútbol imaginarios y los gritos de las multitudes de Bangladesh. Puede que la identidad, al fin y al cabo, también sea un acto de fe.

Juan Mendoza

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