Peronismo sin Perón, macrismo sin Macri
Tan generosa es la política, tanto tiene para dar, para mejorar la vida de las personas, que por incontinencia mesiánica también se mete con el idioma. No es algo nuevo. Ya lo hizo de manera estruendosa con la pretensión de imponer el doble género a los y las argentinos y argentinas, a todos y todas, con el objetivo de realzar el papel de la mujer. Causa noble, desde ya, que sin embargo en este terreno confundió género gramatical con sexo biológico, arrolló la concordancia interna de la lengua y jamás contribuyó de manera verificable a acelerar el proceso histórico de la igualdad.
Rumbo a 2027 ahora los políticos y los periodistas con propensión a contagiarse jergas y propagarlas extienden el hábito de hablar de “reelegir” desatendiendo el hecho de que los verbos transitivos requieren sin excepción de un objeto directo. Reelegir significa “volver a elegir a alguien”, no postularse uno de nuevo: la acción la realizan los votantes sobre el candidato, no el candidato sobre sí mismo. Decir “voy a reelegir” o “Milei reelige” constituye una impropiedad léxica y sintáctica, aunque es muy probable que a este mal uso nativo de la lengua los psicoanalistas le encuentren explicaciones de mayor hondura.
Soy consciente a esta altura de que los antimileístas me reprocharán que me demore en impurezas idiomáticas cuando hay un presidente que derrocha vulnerabilidades incandescentes, los mileístas más aguerridos me recriminarán con sus refinados modales que no recuerde en cada línea que este es el mejor gobierno de la historia, y bueno, los del medio, el grupo árbitro en los años electorales, seguramente reaccionará con mayor o menor vehemencia, a favor o en contra, según la hora de lectura. Pero creo que reelegir no es un verbo cualquiera. Alude a la reelección, clave política de este momento. Y el presidente no piensa muy distinto.
“Los mercados miran a futuro y hoy claramente están viendo que vamos a reelegir”, dijo Milei el lunes pasado durante una entrevista periodística (¿a quién va a reelegir Milei? ¿encarna él al pueblo sufragante? Quizás no habría que pedirle disculpas por este enredo a la Real Academia Española sino a Rousseau, a Locke, a Hobbes).
Para ser justos, acá va la frase presidencial completa: “los mercados miran a futuro y hoy claramente están viendo que vamos a reelegir conforme vaya evolucionando la economía”. Las últimas cinco palabras, “conforme vaya evolucionando la economía”, constituyen una reposición del sentido de la realidad de Milei, el cual, por razones todavía no muy bien aclaradas, había estado en cuarentena durante 235 días. Los días de Adorni.
Tal vez el análisis no debería confundir el objetivo incuestionable de la reelección con la estrategia del lanzamiento. Es obvio que los mercados añoran la continuidad de la política actual, inescindible de su artífice. No existen constancias de que los desangelados mercados hubieran acariciado seriamente la idea de una trasmutación, algo así como un mileísmo de buenos modales, como se sugirió. Claro, quién sabe qué habrían dicho si Adorni llegaba hasta la Navidad como encargado de la administración general del país (artículo 100 de la Constitución) y Milei seguía repitiendo la falacia de que no podía deshacerse de un inocente a quien la justicia no encontró (aún) culpable de nada, cuando en verdad los cambios de gabinete son una facultad política, no jurídica, y sólo bastaba con ver la manera en la que Adorni manejaba sus desdichas para agradecerle las altanerías prestadas.
Pero el líder es otra cosa. ¿Por qué podrían querer cambiar de caballo en la mitad del rio quienes tanto aclamaron la motosierra y empujaron y aplaudieron los dos triunfos electorales?
A muchos políticos y consultores que peinan canas -o que ya no peinan nada- la expresión mileísmo sin Milei que circuló en los últimos días del período de obstinación presidencial con el inmaculado Adorni les evocó al peronismo sin Perón de los años sesenta, también llamado neoperonismo. Desde luego que aquella dramática historia presenta importantes diferencias con el presente. Pero como se puso de moda la fantasía de descabezar liderazgos consolidados -ya se hablaba de un kirchnerismo sin Cristina y ahora se revitalizó el supuesto de un macrismo sin Macri- vale la pena recordarlo.
Con el peronismo proscripto desde 1955, una vez fracasado el “Operativo retorno” del “avión negro” de 1964 y luego de que el gobierno de Arturo Illia permitió -contra la posición de los militares- la participación plena de los peronistas en las elecciones legislativas a través de la Unión Popular, el poderoso dirigente metalúrgico Augusto Vandor se alzó como mentor principal de aquel intento, que terminó mal en todo sentido. Vandor proclamaba lealtad al líder exiliado en Madrid mientras procuraba ensanchar la importancia del sector laboral en el Movimiento y desafiaba en los hechos al conductor. Perón no lo confrontaba en forma directa debido a su ascendiente sobre las bases obreras pero en privado ventilaba sus ácidos pareceres. En una carta dirigida a Andrés Framini, el general se refirió así a quienes le disputaban el liderazgo: “lo que estos papanatas creen es que me estoy muriendo y ya empiezan a disputarse mi ropa, pero lo que no saben es que se les va a levantar el muerto en el momento que menos piensan”.
Cuando las elecciones de 1966 en Mendoza se convirtieron en el campo de batalla entre Vandor y Perón, éste envió a la Argentina a su esposa, la inexperta Isabel Perón, teledirigida, con la misión de refrescar su aura y romper la jugada disidente (esa fue la razón por la cual ella estaba en Buenos Aires el día que el general Onganía derrocó a Illia, oprobioso acontecimiento del que se cumplieron el domingo último 60 años).
“En esta lucha el enemigo principal es Vandor y su trenza -escribió Perón en otra carta, esta dirigida a José Alonso, secretario general de la CGT-, hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política no se puede herir, hay que matar… Deberá haber solución y definitiva, sin consultas, como ustedes resuelvan allí. Esa es mi palabra y usted sabe que ‘Perón cumple’”.
Al final los peronistas verticalistas (Unión Popular) vencieron a la lista del vandorismo (Movimiento Popular Mendocino), pero debido a la división del peronismo la gobernación la ganaron los conservadores (luego las elecciones serían anuladas por el golpe del 28 de junio).
Vandor fue asesinado en 1969 en la sede de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), en Parque Patricios, por un comando peronista perteneciente a la agrupación “Descamisados”, cuyos miembros más tarde se unieron a Montoneros. Antes de asesinar a José Rucci, los montoneros cantaban “Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor”. Recuérdese que la efemérides principal del peronismo es el Día de la Lealtad.
En cuanto a Alonso, sucesor de Vandor, sindicalista también proclive a negociar con los militares sin ajustarse a las órdenes de Perón, en 1970 fue muerto de 14 balazos por un comando montonero en Benjamín Matienzo y Ciudad de la Paz, barrio de Belgrano.
El macrismo sin Macri es algo diferente. No se presenta como algo que vaya a suceder un día determinado sino más bien como un proceso continuado.
Sin hablar de ideas, medio peronismo discute hoy cómo le convendría hacer a Axel Kicillof para quedarse con el liderazgo de Cristina Kirchner y a la vez con sus votos, o por lo menos con la mayor cantidad posible de ellos. La respuesta más fresca de la líder a la rebeldía de quien ella ungió ministro de economía y gobernador la expresó su hijo Máximo, quien hizo foco en reprocharle a Kicillof que no la va a visitar, un reclamo curioso dado que ella jamás visitó a ninguno de los cuarenta presos por corrupción de su gobierno, desde Amado Boudou, Julio de Vido y Julio López hasta su contador personal, Víctor Manzanares, o sus propios secretarios privados, Víctor Fabián Gutiérrez y Julio Daniel Álvarez, por no mencionar a Lázaro Báez, presunto testaferro, constructor y donante del mausoleo de Néstor Kirchner.
El macrismo sin Macri es algo diferente. No se presenta como algo que vaya a suceder un día determinado sino más bien como un proceso continuado. Arrancó en el mismo momento en que Milei ganó las presidenciales y se quedó con varias de las figuras más importantes del Pro mientras mantenía con el fundador de este partido intermitentes temporadas dialoguistas y de milanesas que en cualquier caso lo mantenían alejado de la toma de decisiones.
La última ocasión en la que el presidente despreció una opinión de Macri devino casi una fábula de Esopo. Fue cuando Macri le recomendó con ejemplar sabiduría no nombrar a Adorni jefe de Gabinete.
País de paradojas, de circularidades, de impudores, para reemplazar a Adorni, Milei escogió, enhorabuena, al más hábil negociador de la casta, al más ecuménico, Diego Santilli, ilustre afiliado del Pro, el partido que está cada vez más adentro del gobierno mientras su líder y fundador lo mira de afuera.
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