Cuando la altura no existía
Hace años, el periodista uruguayo Diego Lucero contaba una anécdota con Francisco “Cañoncito” Varallo, en ese entonces único jugador sobreviviente de la final del Mundial de 1930 en Montevideo. Varallo compartía una charla con otros más jóvenes que él. En la conversación apareció un tema recurrente toda vez que un equipo debe afrontar un partido en algunas ciudades sudamericanas: la altura.
-Che, “Cañoncito”, cuando ustedes jugaban en La Paz, ¿cómo se las arreglaban con el tema de la altura?
La discusión, hasta el momento de la sabia (o no) intervención de Varallo, transitaba tópicos como las dificultades físicas, los protocolos médicos, la adaptación, el oxígeno, las estadísticas. Esgrimían la altura como una evidencia indiscutible, de orden natural e incuestionable. Lo que decía aquella vieja gloria del fútbol argentino es que la altura no existía como problema. No formaba parte del repertorio mental con el que aquellos futbolistas interpretaban la realidad. No estaba incorporada al catálogo de dificultades posibles ni constituía una explicación anticipada para el fracaso.
Excede largamente al fútbol asumir la cantidad de postulados que consideramos verdades indiscutibles. Y que, probablemente, muchos no son más que construcciones culturales que, de tan habituados a ellas, no advertimos su real dimensión ni cuestionamos. Se trata de certezas heredadas. Algunas, verdaderas. Otras, medias verdades. Convenciones que repetimos hasta que adquieren el prestigio de los hechos.
La historia intelectual está repleta de estos desplazamientos. Durante siglos se creyó que la pobreza era consecuencia exclusiva de los defectos morales. Más tarde, que ciertas diferencias raciales explicaban capacidades humanas. En ambos casos, miles de personas inteligentes defendieron esas convicciones con estadísticas, tratados y argumentos que parecían irrefutables. Lo notable es que casi nadie advirtió el error mientras vivía dentro de él.
Aún decimos, por ejemplo, que determinadas edades habilitan o prohíben ciertas conductas. Que después de los cuarenta ya no se puede empezar una carrera. Que después de los cincuenta es tarde para cambiar de profesión. Que a los sesenta corresponde resignarse a ciertos sueños. Que a determinada edad el cuerpo ya no responde. Que la creatividad o el sexo declinan, que la pasión se apaga. Y repetimos esas frases con tanta frecuencia que terminamos siendo “hablados” por ellas.
Las sociedades suelen administrar el tiempo humano “a reglamento”. Existe una edad para aprender, otra para producir, otra para retirarse discretamente. Sin embargo, la experiencia ofrece ejemplos obstinados que contradicen esa burocracia de las expectativas. Raymond Chandler publicó su primera novela a los 51 años. Frank McCourt obtuvo reconocimiento mundial con Las cenizas de Ángela cuando ya había cumplido los 60. José Saramago, que trabajó durante décadas en oficios alejados del prestigio literario, alcanzó la consagración internacional cuando muchos considerarían agotada la etapa de las grandes apuestas.
El prejuicio tiene la curiosa característica de parecer verdadero hasta cinco minutos antes de ser desmentido
Cada época está llena de prejuicios disfrazados de sentido común. Durante siglos se afirmó que las mujeres no podían votar, estudiar ciertas disciplinas o ejercer determinadas profesiones. Parecía lógico, hasta natural. La historia humana, sin embargo, de tanto en cuando empuja solo con un dedo algunos de los frágiles castillos de naipes que habitamos. El prejuicio tiene la curiosa característica de parecer verdadero hasta cinco minutos antes de ser desmentido.
Hubo quienes aseguraban que el ser humano jamás volaría porque el peso del cuerpo lo impedía. Otros sostenían que ningún corredor completaría una milla en menos de cuatro minutos. Cuando Roger Bannister lo consiguió en 1954 alteró una frontera mental. Lo curioso fue que, poco después, otros atletas comenzaron a lograrlo también. A veces el límite más resistente está en la imaginación colectiva.
El caso de Lionel Messi, nuevamente él, merece especial atención. A poco más de 11 meses de cumplir cuarenta años, juega un fútbol que desafía muchos de los dogmas contemporáneos. Mientras buena parte del deporte moderno rinde culto a la velocidad, el despliegue físico y la potencia. Messi demuestra un principio casi filosófico defendido por algunos viejos maestros de la interpretación del fútbol, entre ellos el inolvidable Dante Panzeri.
Panzeri sostenía que el protagonista debía ser la pelota y no el esfuerzo visible del jugador. Su célebre idea podría resumirse en la frase “el fútbol consiste en hacer correr la pelota para no tener que correr uno mismo”. Messi es la demostración práctica de esa teoría, porque corre menos que muchos, pero piensa más que todos. Llega antes porque entiende antes. De este modo, además de desafiar rivales pone en jaque nuestras categorías mentales. La altura desestimada con sencillez por Varallo es, más que un accidente geográfico, una idea que, como muchas otras ideas, a veces es más difícil escalar que una montaña.
La vigencia de Messi cuestiona una época fascinada por la cuantificación. Y nos advierte (o recuerda) que la inteligencia, la intuición y la sensibilidad estratégica siguen siendo variables decisivas.
Por eso los grandes cambios suelen producir una sensación extraña. Y surgen como la simple pregunta ¿y si no fuera así? Un jugador veterano que brilla como si estuviera en su apogeo, una persona que comienza de nuevo a los setenta; artistas y empresarios abiertos a la opción infrecuente y maravillosa de una mirada distinta de lo que hace pensar que nunca cambiará “porque siempre fue así”. Basta alguien que haga algo que supuestamente no podía hacerse, y entonces descubrimos que muchas de nuestras convicciones eran apenas acuerdos tácitos, relatos compartidos. Esas raras inteligencias nos recuerdan, de vez en cuando, que hay cosas más sólidas que nuestros prejuicios.
Probablemente nosotros mismos estemos defendiendo hoy certezas que dentro de algunas décadas nos provocarán perplejidad. Convendrá revisar otra vez lo que creemos indiscutible.
La realidad suele ser mucho más sorprendente que las explicaciones con las que intentamos domesticarla.
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