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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

Keiko Fujimori: tres derrotas, una victoria ajustada y un país por gobernar

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Pocas trayectorias políticas en América Latina combinan, con tanta intensidad, la perseverancia y la controversia como la de Keiko Sofía Fujimori Higuchi. Tras cuatro campañas presidenciales y tres derrotas consecutivas, la candidata de Fuerza Popular finalmente se convirtió en presidenta del Perú. Su victoria no es solo personal: es el retorno al poder de una tradición política que marcó —y dividió— a su país durante tres décadas.

Keiko nació en Lima en 1975. A los diecinueve años, con sus padres recién divorciados, asumió el rol de primera dama junto a su padre, Alberto Fujimori, convirtiéndose en la más joven en ocupar ese cargo en la historia de América Latina.

Fue una iniciación política precoz que la expuso al poder en su forma más cruda: la de un gobierno que combinó eficacia económica con autoritarismo sistemático. Alberto Fujimori disolvió el Congreso en 1992, desmanteló las instituciones republicanas y fue condenado posteriormente a dieciséis años de prisión por crímenes de lesa humanidad. Esa es la herencia que Keiko carga —y de la que nunca ha logrado desprenderse del todo.

Su historial electoral es, en sí mismo, un fenómeno político sin equivalente en la región. En 2011, 2016, 2021 y 2026 llegó a la segunda vuelta. En las tres primeras ocasiones, perdió por márgenes estrechos y en circunstancias que sus seguidores siempre cuestionaron. Esas derrotas electorales se sumó un proceso judicial por lavado de activos en el marco del escándalo Odebrecht, que la llevó a prisión preventiva y la mantuvo durante años al borde de la inhabilitación política. El Tribunal Constitucional archivó finalmente la causa, habilitándola para competir justo a tiempo.

Que haya resistido todo eso y ganado dice algo importante sobre ella, pero dice algo más importante aún sobre el electorado peruano. La edad promedio del votante en Perú ronda los 34 años. Una proporción significativa de quienes la eligieron no vivió la dictadura de su padre: no tiene memoria encarnada del autogolpe de 1992, de los escuadrones paramilitares ni de las esterilizaciones forzadas de mujeres indígenas. Para esos votantes, el fujimorismo no es sinónimo de autoritarismo sino de orden macroeconómico, estabilidad y mano dura frente a la inseguridad.

La victoria de Keiko no se explica solo por su perseverancia, sino también por las limitaciones de su adversario. Roberto Sánchez cargaba con una herencia que el electorado no estaba dispuesto a perdonar: integró el gobierno de Pedro Castillo, quien en diciembre de 2022 intentó disolver el Congreso de forma inconstitucional antes de ser detenido. El gesto no era inédito: el 5 de abril de 1992, Alberto Fujimori había hecho exactamente lo mismo.

Que un presidente de izquierda y uno de derecha hayan recurrido, con tres décadas de distancia, al mismo mecanismo autoritario no es una coincidencia anecdótica: es la demostración de que el autoritarismo es enemigo del liberalismo político y, por tanto, de cualquier proyecto institucional duradero. Sánchez agravó además su imagen con una alianza políticamente negativa junto a Antauro Humala —diecisiete años preso por homicidio y rebelión, hermano del expresidente Ollanta Humala, condenado por lavado de activos—, que el electorado leyó como una señal de debilidad y escaso discernimiento. En ese vacío, Keiko Fujimori apareció, paradójicamente, como la candidata del orden.

Perú tardó varias semanas en conocer el nombre de su nueva presidenta. Esa demora no fue un accidente administrativo: fue el termómetro más fiel de la fragmentación política y la desconfianza institucional que atraviesa al país. La victoria ajustada de Keiko Fujimori no expresa un mandato popular sólido sino el resultado de un sistema político en el que ninguna fuerza logra imponerse con autoridad suficiente para gobernar con holgura.

Su gran prueba no será económica, aunque esa dimensión es urgente. Será esencialmente política: demostrar que puede construir mayorías en un Congreso fragmentado donde su propio partido es apenas primera minoría, que puede distinguirse del legado autoritario de su padre, y que la hija del caudillo es capaz de ser, esta vez, presidenta de una república estable y no un eslabón más en la larga cadena de gobiernos interrumpidos que define la historia reciente del Perú. El país ha elegido. Ahora le toca a Keiko Fujimori demostrar que supo para qué quería el poder.

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