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Economía, instituciones y desarrollo

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El Gobierno y buena parte de los economistas expresan una complacencia con la política económica. Perciben que los actuales niveles de pobreza, de caída de la actividad industrial y del empleo formal son una etapa inicial del plan económico.

Asumen que el equilibrio fiscal, el auge de los principales commodities del agro, los hidrocarburos y la minería, con el correlato de futuros superávits comerciales nos pondrán en el camino del desarrollo económico, con aumento del empleo y de la actividad productiva.

Asumen que la destrucción de empleos, consumo, actividad industrial y comercial es más rápida que la futura pujanza económica: habrá que esperar, pero llegará, porque los pasos dados abrirán el esperado éxito.

Esos economistas omiten temas críticos del desarrollo económico: instituciones, educación y ciencia y tecnología.

Hablar de instituciones, remite a dos conceptos: las normas que ordenan a la sociedad y al Estado y las organizaciones, públicas, privadas y mixtas que cooperan en la gestión del desarrollo económico.

Las normas que ordenan la sociedad y el Estado son importantes para el desarrollo económico porque determinan el sistema de incentivos de la política. Por ejemplo, el incentivo actual de los políticos es mantenerse en el poder y, al final de sus períodos, asegurar que ese poder pase a sus proxis…

En provincias pobres, eso significa: más empleo público e inversiones “que se noten” para alcanzar las reelecciones. Algo similar pasa con las provincias petroleras y mineras. En ambos casos se trata de dinero que llueve de arriba y votos que vienen de abajo.

Pocas provincias tienen dinámicas productivas vibrantes e incentivos alineados con el desarrollo económico, donde la población vive más del empleo privado que de las prebendas públicas. Esas provincias son sensibles al auge o a la decadencia de las empresas privadas. La provincia de Córdoba, por ejemplo, tiene políticas de desarrollo con una gestión multinivel: gobernadores e intendentes están coordinados entre sí y con el sector privado para gestionar el desarrollo.

Según la ONG “Argentinos por la Educación”, que sigue el tema: de cada cien niños que inician la primaria, terminan la secundaria, con razonables capacidades en lectoescritura y matemáticas, apenas diez. Y en el ranking de América Latina, nuestro país está detrás de Chile, Uruguay, Perú, México y Brasil. No hay ningún caso en el mundo de éxito económico inclusivo con una población sin educación, con un detalle: el auge de la Inteligencia Artificial hace necesarias nuevas capacidades, que el sistema universitario argentino está lejos adoptar.

La política pública no prioriza ni la educación, ni la ciencia y la tecnología. Siendo esta condición necesaria para el desarrollo económico, la innovación y el empleo.

En la Argentina hay dos organismos que cooperan con la gestión del desarrollo, son: el INTA y el INTI. Ambos requieren una sustancial mejora en lugar del desprecio de las autoridades. Entre otros cambios, deberían tener oficinas en EE. UU., Europa y China para promover intercambios que aseguren una reacción rápida de nuestras empresas a las innovaciones de los países líderes.

Para que se entienda, no existe ningún país exitoso sin ese tipo de organizaciones, a continuación, algunos ejemplos.

En EE. UU: NSF, DARPA, SBA y SBDC de los estados con otras agencias estaduales que, con las universidades, apoyan el desarrollo y, particularmente, a las pymes. En Alemania: Fraunhofer Institute, IDOS y la red DAFA. En Finlandia: VTT, LUKE y Business Finland. Corea de Sur: KOTRA.

En Chile: INDAP, Pro-Chile y CORFO. En Brasil: SEBRAE, INMETRO y EMBRAPA, además del BNDES y, para los estados más rezagados, bancos de desarrollo regional (que tienen entidad constitucional). En Israel: ISMEA, IIA y VOLCANI. Ni que hablar del FEDER, EIT y otros que estimulan el desarrollo en toda la Unión Europea. La mayoría de los países exitosos tienen también organizaciones locales de apoyo a la competitividad empresarial, por ejemplo: el SPRI del País Vasco (España) y el Art-Er de Emilia Romagna (Italia).

En nuestro país, sin incentivos adecuados y transparentes para el funcionamiento social y estatal, sin educación ni ciencia y tecnología y sin organizaciones de apoyo a las empresas que promuevan el desarrollo -particularmente las pymes-, ni soñemos que, con que el agro, la minería, los hidrocarburos y los superávits de cuenta corriente, habrá puestos de trabajo formales como para terminar con la pobreza.

Carlos Seggiaro, un excelente economista cordobés, exagerando un futuro distópico, daba el ejemplo de Sudáfrica. Ese país es el mayor exportador mundial de platino y cromo, y un gran proveedor global de oro, manganeso, vanadio, hierro y diamantes. Además, exporta grandes cantidades de briquetas de carbón, cítricos, maíz, vino y lana. Pero tiene una pobreza que supera el 55% de la población.

Israel, con una economía centrada en la educación, la innovación y la C&T, sin recursos naturales, tiene un PBI per cápita similar al de Alemania y una distribución del ingreso sustancialmente mejor que el de la Argentina… y, obviamente, que el de Sudáfrica.

Luis Rappoport

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