Messi juega con su abuela en la espalda
Messi juega con su abuela a cuestas. Carga con Doña Celia Olivera, madre de Celia Cuccittini, la primera que le dio entidad futbolística, que lo legitimó. La primera autoridad simbólica que al increpar al DT Salvador Aparicio con un “ponelo que te va a salvar el partido” quebró un paradigma y traspasó una frontera en la que Leo no estaba contemplado.
La historia de la humanidad está hecha de grandes abuelas invisibles. Tal vez no de esas que rezongan ante un técnico en una cancha, pero sí de esas que calentaron la ropa en una estufa antes de despertarnos solo por el hecho de evitarnos el frío. De eso se trata el amor, de evitar que el otro sienta frío.
Doña Celia abrigó, fue estufa y faro y muchos de los firuletes llevan su impronta. Cuando la magia no fluye, el tipo revuelve en ese viejo amor, como revolvemos muchos mortales para sostenernos. Aunque la abuela esté muerta desde 1998, esa transgresión vuelve, se traslada a su juego y le recuerda que de “no se puede” está plagado el mundo.
Messi hace un gol y conversa con el cielo. Tiene esa forma de celebrar los goles propia de quienes entran a la cancha con sus muertos. El tipo del ojo biónico que se la pasa escaneando lo que sucede abajo, al ras del suelo, de pronto convierte y mira para arriba. Algo como sus goles, que son propiedad pública, se vuelven de pronto ceremonias privadas, actos de intimidad en los que parece dialogar con su abuela o con algo que no vemos.
Si existe Messi es porque antes de la pleitesía popular hubo una abuela que firmó una garantía. Ahí en el club Grandoli, donde todos veían a “una pulga”, ella veía otra cosa. “Es muy chiquito, señora, lo van a lastimar”, advirtió el técnico, pero la señora insistió, convirtió una posibilidad en una convicción. Al tramitar la inclusión del nieto en el equipo sembró lo primero que necesitaba Messi antes que la hormona de crecimiento, la confianza.
Este Mundial se plagó -paradójicamente- de abuelas que quieren conocer a Messi, que arman carteles desesperados o se dejan llevar en andas. Todas conmueven al rosarino cuyo talón de Aquiles era doña Celia Olivera, la que apareció mencionada en la primera entrevista de Lionel en el Diario La Capital, en 2000. “¿Una tristeza? El fallecimiento de mi abuela”. “¿Un recuerdo? Cuando la abuela me llevó por primera vez a jugar al fútbol”.
Cuenta la leyenda que un día el pequeño Messi desapareció del barrio rosarino y cuando volvió a casa explicó elocuente el motivo de su ausencia: había viajado hasta Villa Gobernador Gálvez, junto a su amigo Diego para visitar la tumba. Tal vez ese día entendió que era inútil llenar de flores un nicho.
Ahora parece que la lleva en andas, enganchada en cada jugada, como si ella le soplara al oído hacia dónde driblar. Es su sistema de tracción a sangre, el peso de un recuerdo que le da estabilidad. Messi convierte, alza la cabeza y -como todo nieto que apela a fantasmas protectores- parece decir “¿viste viejita hasta dónde llegué?”.
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