← Volver
infobae.com · hace 10 horas · Carina Cabo

Educar la sensatez y la sensibilidad

Infobae

Durante siglos, la escuela trató al cuerpo como un obstáculo. Se lo disciplinó, se lo contuvo y se lo silenció. Michel Foucault fue quien describió cómo las instituciones modernas -entre ellas la institución educativa- modelaron cuerpos dóciles: inmóviles, ordenados y previsibles. Sentarse derecho, no hablar sin permiso o levantar la mano formaron parte del contrato escolar y constituyeron la pedagogía de la quietud.

Pero los cuerpos nunca obedecieron del todo. Incluso en el silencio del aula tradicional, también se aprendía con gestos, con miradas y con posturas; esto demuestra que el aprendizaje no ocurre solo en la mente. “Cada aula posee una atmósfera que va mucho más allá de sus paredes”, lo cual configura un clima emocional, el cual, junto a las propuestas del docente, favorece o dificulta el aprendizaje. Un ambiente acogedor, seguro y agradable y un entorno empático no es un detalle menor, sino que forman parte de las condiciones necesarias para que el conocimiento pueda construirse.

Quizás por eso resulte oportuno preguntarnos qué lugar ocupa la sensibilidad en nuestras escuelas. ¿Estamos educando solamente para acumular información o también para percibir el mundo con mayor profundidad?, ¿damos espacio a las experiencias que involucran todos los sentidos?, ¿ayudamos a nuestros estudiantes a conectar el conocimiento con las emociones?, ¿formamos niños capaces de sensibilizarse ante el dolor del otro?

No caben dudas que la escuela ha sido históricamente un territorio dominado por la vista y el oído, plasmados en libros, pizarras, pantallas y palabras; sin embargo, existe un sentido al que rara vez le prestamos atención y que, paradójicamente, posee una extraordinaria capacidad para despertar recuerdos, emociones y aprendizajes: el olfato.

¿Quién no ha experimentado alguna vez que un aroma lo transportara instantáneamente a otro tiempo? El perfume de alguien querido, el olor de los lápices recién estrenados o de la tierra mojada anunciando la lluvia o el aroma de una biblioteca antigua pueden devolvernos escenas enteras de nuestra infancia con una intensidad sorprendente.

La neurocientífica Laura López-Mascaraque, especialista en el estudio del olfato, sostiene que este sentido mantiene una relación privilegiada con las áreas cerebrales vinculadas a las emociones y la memoria. “Los olores llegan de manera directa a regiones que participan en la construcción de los recuerdos y las experiencias afectivas”. Mientras que otros estímulos recorren caminos más largos antes de ser procesados, los olores llegan de manera directa a regiones que participan en la construcción de los recuerdos y las experiencias afectivas.

Esta particularidad debería invitarnos a reflexionar sobre la manera en que se concibió el aprendizaje durante décadas, donde la educación se centró en la transmisión de contenidos como una actividad solo intelectual; como si aprender fuera asimilar conocimientos. No obstante, hoy sabemos que se aprende con todo el cuerpo, atravesados por las emociones, las sensaciones y las experiencias que dejan huellas significativas. De hecho, seguramente alguno de los lectores ha tenido alguna maestra que ha llevado al aula experiencias de este tipo: multisensoriales. Yo la tuve, se llamaba Analía Olego y hoy recuerdo su enseñanza y reconozco muchos aprendizajes en su aula.

Recuperar el valor de los distintos sentidos, no implica llenar las aulas de perfumes ni convertir cada clase en una experiencia aromática. Significa reconocer que las personas aprenden de manera integral y que la memoria no es un archivo de datos sino una trama de vivencias; involucra aquello que emociona, lo cual suele permanecer más tiempo que aquello que simplemente se memoriza.

En este sentido, las hermanas Cossettini – hace casi 100 años atrás– hablaban de “conocimientos vivificados”, haciendo referencia a que los aprendizajes debían estar conectados con la experiencia, la observación directa, el arte, la naturaleza y la vida cotidiana de los niños. No bastaba con aprender datos sobre un árbol; había que observarlo, dibujarlo, sentir su sombra, escuchar los sonidos que lo rodeaban y descubrir su lugar en el entorno. El conocimiento debía ser vivido antes que repetido.

El cuerpo, entonces, no es un añadido al aprendizaje, es su condición de posibilidad. Cuando los estudiantes caminan, dramatizan, representan o manipulan objetos, no solo se mueven, piensan con el cuerpo. El movimiento físico permite construir nociones abstractas desde la experiencia sensorial. Por ejemplo, cuando un grupo de niños mide el perímetro del patio con una cuerda, no solo aprende geometría: aprende cooperación, estimación, proporción, y, sobre todo, sentido.

Incorporar el cuerpo a la enseñanza es también una forma de incluir. No todos aprenden igual; algunos necesitan moverse, otros necesitan tocar, otros hablar. En ese marco, los docentes proponen distintas y variadas estrategias al reconocer la diversidad de modos de aprender.

Educar la sensatez y la sensibilidad – en una época atravesada por pantallas– implica comprender que aprender es construir experiencias capaces de dejar huella, significa reconocer que el conocimiento se construye cuando logra conmover, despertar curiosidad, movilizar el cuerpo y conectar con la vida cotidiana.

Quizás las mejores escuelas sean aquellas que logren que cada estudiante se sienta visto, escuchado y reconocido en su singularidad y las que comprenden que una ecuación, un poema, un experimento o una obra de arte pueden ser igualmente memorables cuando se transforman en experiencias significativas.

Después de todo, lo que permanece en la memoria no suele ser aquello que repetimos para una prueba, sino lo que alguna vez nos hizo pensar, sentir y descubrir el mundo con todos los sentidos.

El secreto mejor guardado de las empresas peruanas está a punto de expirar