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lanacion.com.ar · hace 15 horas · Fernando de Estrada

Nazi-ecologismo: la politización de una ciencia

LA NACION

Augusto del Noce y Jules Monnerot han demostrado acabadamente cómo el marxismo, en su crítica de la sociedad burguesa, es heredero de las ideas contrarrevolucionarias del siglo XIX. Marx, posiblemente sin advertirlo, recibió de su maestro Hegel una imagen dialéctica de la sociedad de la época en la cual quedarían superados a la vez en una síntesis el ideal iluminista revolucionario y el tradicionalismo conservador.

Como Hegel –mucho antes que Francis Fukuyama- consideraba llegado el “fin de la Historia”, privilegió en su visión a la última etapa, que identificaba con la Prusia reaccionaria donde habitaba. Marx, al aplicar su método de “poner a la dialéctica hegeliana patas arriba”, destacó el elemento iluminista, pero sólo con los contenidos que llevaron a 1789 y al apogeo burgués. La ”mediación de la Historia”, ese proceso misterioso que seducía a Hegel, hizo del iluminismo marxista también continuador de la reacción contra la sociedad liberal recién establecida. Según expresa Del Noce, “por intermedio de Hegel el pensamiento revolucionario marxista se apropia de lo positivo del pensamiento contrarrevolucionario… por eso es una revolución en el sentido de la Historia”,

Las dificultades de la izquierda para ser original vienen, como se ve, de lejos. Sin embargo no deja de sorprender cómo algunos de los terrenos que se le reconocían como cotos cerrados en realidad tampoco le pertenecían, sino que ingresó a ellos igualmente llevada por la mano de sus adversarios. Así ocurre en el caso del “ecologismo”, o sea la utilización de la ecología con fines políticos.

En la década de 1960 se hizo manifiesto que la contaminación generada por el crecimiento económico más la depredación de los recursos naturales y los riesgos de la energía nuclear configuraban amenazas ciertas

Esta disciplina científica no ofrecía margen para sospechar que se pretendiera parasitarla en beneficio de ninguna ideología hasta que los problemas ambientales la ubicaron en el centro de las preocupaciones sociales. En la década de 1960 se hizo manifiesto que la contaminación generada por el crecimiento económico más la depredación de los recursos naturales y los riesgos de la energía nuclear configuraban amenazas ciertas para las condiciones de vida en el planeta.

Las primeras reacciones procedieron del campo de los científicos, con efectos casi nulos sobre los gobiernos. En cambio, hubo preocupación popular y ello no escapó a la percepción de las capillas marxistas y neomarxistas, las cuales rápidamente atribuyeron la responsabilidad por la contaminación ambiental al capitalismo. En aquella etapa temprana no era fácil discriminar entre “sistema capitalista” en abstracto e industrias en concreto; el planteo ideológico desconoció pues la perspectiva de que el deterioro del ambiente se encarara como una cuestión de índole técnica resoluble en el ámbito de cada actividad potencialmente contaminante.

La cuestión nuclear sirvió también para movilizar amplias demostraciones de protesta contra el arsenal atómico de las naciones occidentales, mientras el bloque soviético quedaba exento de la crítica por considerarse a su armamento nuclear consecuencia natural de un sentimiento de legítima defensa. Fue el tiempo de los partidos verdes cuya inclusión en los parlamentos europeos se caracterizaba por sus reclamos de desarme unilateral antes que por propuestas concretas en el orden ambiental.

La preocupación por el medio ambiente se afianza en todos los sectores sociales y políticos

El panorama ha cambiado. En occidente, sin que los ecologismos de izquierda hayan perdido virulencia, la preocupación por el medio ambiente se afianza en todos los sectores sociales y políticos, y se ensayan soluciones prácticas. Por otra parte, el desastre ecológico imperante en los países allende la ya caída cortina de hierro es cosa notoria, y la comprobación de que Chernobyl era peor que un botón de muestra ha quitado a los nostálgicos de la ortodoxia soviética toda autoridad para erigirse en fiscales de nadie.

Por añadidura, las cuestiones ambientales han suscitado investigaciones que incluyen el campo de lo histórico, de lo cual es logro brillante el libro de Anna Bramwell Ecology in the Twentieth Century: a history publicado por la Universidad de Yale. La autora afirma allí que la década de 1930 se caracterizó por el auge de los diversos fascismos, pero señala como elemento desdeñado de este fenómeno político que el mismo implicó la revaloración de los paisajes nacionales, lo cual derivó en iniciativas preservacionistas incorporadas enseguida al acervo ideológico de lo que Bramwell llama “ecofascismo”.

La obra reproduce testimonios y documentos oficiales de la Alemania nacional-socialista que anticipan con semejanza notable muchos de los temas enarbolados más tarde por los ecologistas protestatarios. La literatura nazi exaltaba la superioridad de la vida campesina respecto a la urbana y advertía contra los abusos de la industrialización excesiva; los hábitos vegetarianos de Hitler se presentaban como ejemplos para sus súbditos, y en cuanto al uso de plaguicidas y mejoradores, el ministro de Agricultura Walther Darre fue pionero en rechazarlos en pro de los hoy llamados “cultivos orgánicos”, para cuya obtención sólo se aceptan métodos y elementos naturales. En el orden filosófico, Martín Heidegger y muchos de sus colegas aportaban críticas al consumismo y a los efectos despersonalizadores de la tecnología moderna, igual que los “verdes” posteriores.

Bramwell está lejos de emocionarse con tales datos, pues señala que la ecología se funda en la biología, y que los nazis falsearon esta ciencia cuando la subordinaron al racismo, una forma corrupta de la antropología. Por analogía, la conclusión es extensiva al ecomarxismo.

Los juegos de la dialéctica hegeliana no han cesado de girar en el mismo sentido desde que Carlos Marx asimilara lo que consideró “positivo del pensamiento contrarrevolucionario” en su interpretación de la Historia. Y así sigue sucediendo con sus discípulos que pretendieron politizar a la ecología, expertos como el maestro en malas imitaciones.

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