La paradoja de Ormuz: por qué la amenaza iraní sobre el estrecho beneficia a Estados Unidos y a la Argentina
Durante décadas, el régimen iraní fue el patrocinador estatal del terror más ambicioso del mundo, financiando milicias desde Beirut hasta Buenos Aires. Ese proyecto se derrumbó. Israel desmanteló a Hezbollah y a Hamas, quebró la capacidad de los hutíes de estrangular el Mar Rojo y, junto con Estados Unidos, infligió un daño enorme al ejército iraní, a su economía y, sobre todo, a su conducción política. Lo que queda en Teherán es un régimen decapitado que descubrió la forma más barata de terrorismo que le queda. Ya no puede proyectar poder a través de ejércitos por procuración carísimos, de modo que hace lo único que todavía le funciona con poco presupuesto: aterroriza a sus propios vecinos musulmanes y aterroriza las rutas marítimas. Las minas, las lanchas rápidas y las amenazas contra los buques cuestan una fracción de lo que cuesta una red de proxies regionales, y producen los mismos titulares y las mismas primas de seguro. Irán dejó de exportar revolución y empezó a exportar riesgo.
El mecanismo es simple. Mientras no haya cambio de régimen en Teherán, Irán va a seguir aterrorizando el tránsito por Ormuz. No necesita hundir cada tanque para lograr su efecto: le alcanza con que nadie pueda confiar en que el estrecho sea seguro. Esa amenaza permanente es la que reordena los flujos del petróleo y del gas. Quien puede, se compra la energía en otro lado y paga la prima de riesgo. Y eso cambia quién gana y quién pierde.
A Estados Unidos se lo presenta como la superpotencia que debe garantizar que Ormuz sea seguro y que el petróleo siga fluyendo: el policía indispensable de una vía de agua por la que normalmente pasan unos 20 millones de barriles diarios, alrededor de un quinto del petróleo mundial. Pero si uno deja de lado el reflejo de la responsabilidad global y mira solo la economía, la verdad incómoda es que un Ormuz inseguro sirve a los intereses estadounidenses. El país al que se le pide pagar el costo de pacificarlo es el que más se beneficia, en silencio, de que siga siendo una zona de riesgo.
La ventaja estadounidense no es coyuntural, es estructural. El petróleo estadounidense proviene en su mayoría del shale, y el shale es caro de extraer, mucho más caro por barril que el crudo convencional barato del Golfo. Cuando el petróleo del Golfo se vuelve poco confiable y el precio mundial sube, la producción estadounidense de alto costo se vuelve de pronto altamente rentable. Y como Estados Unidos es hoy exportador neto de petróleo y gas, con exportaciones netas récord de unos 2,8 millones de barriles diarios y una producción de crudo en máximos históricos, vende cada vez más caro justo cuando la inseguridad dispara el precio. El país apenas usa el estrecho: solo cerca del 2% de su consumo de petróleo y alrededor del 7% de sus importaciones de crudo pasaban por Ormuz incluso antes de la guerra, y casi todo su petróleo llega desde Canadá y desde su propio territorio. El shock que castiga a los importadores deja a Estados Unidos físicamente intacto y financieramente por delante.
Los datos lo confirman. La Administración de Información Energética de Estados Unidos, el organismo estadístico del propio Departamento de Energía, reporta que las exportaciones netas de crudo y derivados del país treparon en abril a un récord de 5,8 millones de barriles diarios, con una explicación sin eufemismos: con los flujos por Ormuz interrumpidos, muchos países están recurriendo a Estados Unidos en busca de suministro. Las exportaciones totales de crudo y productos tocaron los 12,7 millones de barriles diarios, el máximo de la historia. La Agencia Internacional de la Energía lo corrobora desde afuera: las exportaciones de crudo de la Cuenca del Atlántico, ahora redirigidas hacia los mercados asiáticos golpeados por el desabastecimiento, subieron 3,5 millones de barriles diarios desde febrero, con Estados Unidos a la cabeza de las ganancias. La lógica habitual de un shock petrolero se invierte cuando no podés embarcar con confianza lo que producís: todo exportador del Golfo que dependía de Ormuz, sea Irak, Kuwait, Qatar o Emiratos, vio caer sus envíos, mientras Estados Unidos, cuyas rutas salen del Golfo de México y del Atlántico, lejos de las minas iraníes, vendía cada vez más caro.
Ese excedente también le entrega a Washington una respuesta interna y limpia al único costo real que sienten los estadounidenses: el surtidor. Con la nafta cerca de los 4,50 dólares el galón, el impuesto federal a los combustibles de 18,4 centavos podría suspenderse de plano, y varios estados ya recortaron los suyos. No borraría la suba, y solo una parte del recorte llega al conductor y no al proveedor, pero de cara a las elecciones de medio término es una medida visible, barata y políticamente potente, disponible precisamente porque la economía de fondo no está sufriendo daño. Un gobierno cuyo sector energético está en auge puede darse el lujo de regalarle al consumidor una rebaja impositiva. Un gobierno cuya economía está siendo estrangulada no puede.
China es la imagen en el espejo, y aquí el estrecho deja de ser una historia de energía y se convierte en un capítulo de la rivalidad entre Estados Unidos y China. China es el mayor importador de petróleo del mundo, y alrededor de la mitad de su crudo, entre un 45% y un 50%, llega a través del Estrecho de Ormuz. Buena parte de su gas natural llega por la misma vía, como cargamentos licuados que salen de Qatar. Sus reservas estratégicas, por grandes que suenen, cubren apenas unos cuatro meses de importaciones netas. Y todo su modelo económico está construido sobre energía barata: la manufactura intensiva en energía, la petroquímica, la industria pesada, la producción de bajo costo que sostiene su máquina exportadora. El petróleo y el gas caros no son una molestia para ese modelo; son un ataque a su cimiento. Pekín cubrió parte del riesgo, con más crudo ruso por oleoducto y una base de proveedores diversificada, pero los volúmenes de Ormuz son demasiado grandes para reemplazar con rapidez, y cada barril que debe comprar en un mercado spot en pánico se come la ventaja de costos que es el sentido mismo de la economía china.
Para un argentino, además, esta historia no se lee solo en clave de barriles y dólares. La Argentina conoció en carne propia la fuerza brutal y asesina de Irán mucho antes de que el mundo discutiera la seguridad de Ormuz. El 17 de marzo de 1992, un coche bomba destruyó la Embajada de Israel en Buenos Aires y mató a 22 personas. El 18 de julio de 1994, otro coche bomba voló la sede de la AMIA y asesinó a 85, en el peor atentado terrorista de la historia argentina y el mayor ataque contra objetivos judíos fuera de Israel desde la Segunda Guerra Mundial. No es una hipótesis ni una sospecha: en 2024 la Corte Federal de Casación Penal argentina dictaminó que ambos atentados fueron organizados, planificados, financiados y ejecutados bajo la dirección del Estado iraní, a través de Hezbollah, y calificó a Irán como Estado terrorista. El mismo régimen que hoy siembra minas en el Golfo y amenaza buques mercantes ya había sembrado muerte en pleno centro de Buenos Aires. Cuando hablamos del daño que el terror iraní inflige hoy a la economía mundial, los argentinos no necesitamos que nos lo expliquen en abstracto. Lo enterramos.
Pero esta vez la Argentina, que durante años fue espectadora pasiva de estos sismos, está del lado correcto del terremoto. Por la misma razón que Estados Unidos: Vaca Muerta. El shale neuquino transformó al país de importador crónico de energía en exportador neto, y eso cambia por completo cómo lo golpea un shock petrolero. Antes, una suba mundial del precio del crudo solo significaba presión sobre la balanza de pagos y sangría de reservas. Hoy significa un ingreso de divisas. El Instituto de Finanzas Internacionales lo cuantifica: cada suba de 10 dólares en el precio del petróleo le genera a la Argentina alrededor de 1.700 millones de dólares, cerca de 0,25% del PBI. La producción de crudo creció más de 15% interanual a comienzos de 2026, traccionada por Vaca Muerta, y el superávit energético, que en 2025 marcó un récord de casi 8 mil millones de dólares y explicó cerca del 70% del superávit comercial total del país, se encamina a superar esa marca. Lo que un puñado de años atrás habría sido una amenaza, hoy es viento de cola.
Hay un costo, claro. La misma suba de precios que mejora las cuentas externas encarece los combustibles puertas adentro y le complica a Milei la pelea contra la inflación. Pero es un problema de cómo administrar un excedente, no de cómo financiar un déficit. Es la clase de problema que la Argentina hubiera firmado durante las cuatro décadas en que la energía fue su talón de Aquiles. Discutir qué hacer con un superávit energético es una posición incomparablemente mejor que discutir cómo tapar un agujero.
El cuadro, entonces, es el inverso del que dicta la intuición. Un Ormuz crónicamente inseguro deja a Estados Unidos físicamente a salvo, financieramente enriquecido y políticamente equipado para amortiguar a sus votantes, mientras aprieta a su principal rival exactamente en el punto que más le duele: la energía barata de la que China no puede prescindir. Y deja a un puñado de exportadores emergentes de shale, con Estados Unidos a la cabeza y la Argentina detrás, cobrando el premio. La guerra que Irán imagina como palanca contra Occidente es, en términos económicos fríos, una guerra que lastima menos a Estados Unidos, que beneficia a la Argentina y que lastima más a China.
Por eso la paradoja más profunda es la que Washington nunca dirá en voz alta. El mundo espera que Estados Unidos corra a pacificar Ormuz. Sus intereses aconsejan paciencia. Que el acuerdo entre Estados Unidos e Irán no termine de cerrarse, y que mientras siga el régimen iraní el estrecho nunca sea del todo confiable, no es, para varios, una tragedia: es una renta. La amenaza que Irán sostiene para herir a Occidente puede, al final, herir sobre todo al rival de Occidente, mientras que la superpotencia a la que se le pide neutralizarla tiene todas las razones para tomarse su tiempo.