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clarin.com · hace 23 horas · Clarin.com - Home

De tigres y leones en la nueva era de la IA

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Transitamos la era de la IA que el historiador Robert Kagan describiera en el título “La jungla que vuelve a crecer”. Nuevos presidentes se proclaman leones o tigres, animales feroces del zoológico político. La ferocidad está de moda y no sólo en América Latina.

La democracia en Estados Unidos cruje bajo el ejercicio neroniano del poder inaugurado por su presidente, Donald Trump. El vocablo populismo no contiene la especificidad de su modo de gobernar propio de emperadores. La monumental jaula de hierro levantada en los jardines de la Casa Blanca para festejar su 80 aniversario con luchadores, también feroces, ejemplifica la pertinencia de esta metáfora.

Una regresión al imperio romano tan admirado por nuestros anarco-libertarios. El poder sin límites. El que manda hace lo que quiere y es un rey, como en el corrido mexicano que cantara como nadie Armando Manzanero. Trump se quiere emperador y la escenografía de sus deseos no deja dudas.

Fragmentación, faccionalismos y polarización son los rasgos de la política en el siglo XXI que transcurre en medio de una brutal reconfiguración del orden mundial. El vaciamiento de los partidos políticos – ni representan lo nuevo, ni proveen el personal calificado de gobierno, ni controlan a sus dirigentes – convive con la gran transformación de la política en la sociedad de redes: la política ya no retiene el monopolio de lo público. Las jerarquías se borran, la autoridad se cuestiona.

En el mundo digital, cada persona tiene voz y capacidad de influir en los demás a una velocidad desconocida que conspira contra la reflexión y la veracidad de los dichos: la realidad es lo que se dice que es. Las emociones construyen identidades y son los enfrentamientos y no los argumentos, los que las refuerzan.

El formidable desarrollo de la computación convirtió a las máquinas en agentes también capaces de influir en los comportamientos humanos. Las nuevas tecnologías de la comunicación que fabrican adhesiones y encumbran candidatos, son un instrumento de las nuevas derechas para consagrar outsiders que como Berlusconi, el zar de los medios en su tiempo, logran llegar al poder.

Los megamillonarios dueños de las tecnologías surgidas del desarrollo de la IA, como Thiel, hoy instalado en la Argentina, o Musk, las utilizan para acrecentar su poder y sentar las bases de nuevo orden en esta deriva neoimperial en que vivimos: un orden en el que, como Luis XIV, ellos son el Estado y el Estado es su negocio.

Un orden en el que los contratos entre particulares y aseguradoras reemplazan al Estado en sus funciones básicas. El Estado - Anticristo para Thiel y organización criminal para Milei- debe desaparecer. Los nuevos zares de la IA son anarco-libertarios, Milei se adelanta a la hora de los tiempos. Un escenario que evoca al que precedió a la Revolución Francesa: una sociedad de privilegiados y pueblo llano. Acaso la Argentina será un laboratorio político de esta utopía regresiva que acrecienta la libertad de los amos y reduce a sometidos a los demás.

¿Quién hubiera imaginado un presidente que proclamara corporaciones no humanas como lo hizo Milei y desoyera las advertencias de Yuval Harari; que no se privara de imaginar un político robot?

Una sociedad de guerreros digitales y de máquinas inteligentes ya no está contenida en las formas de la democracia representativa concebida en el contexto de las sociedades industriales; sociedades de obreros y empresarios que tenían en común la lucha por la apropiación de la riqueza generada por el capital y el trabajo. Hoy el debate público es una cacofonía de voces, pura disonancia, nada en común por lo que disputar.

Estos son tiempos de complejidad extrema. La velocidad y simultaneidad de los cambios en curso: cambio climático, cambios en la tecnología, la biología, la robótica, la IA; cambios geopolíticos y geoeconómicos y, el cibercrimen que usa la IA, exigen nuevas categorías de análisis. La dicotomía izquierda/derecha, que seguimos utilizando para ordenar el fárrago de datos, es una simplificación que mal describe la realidad.

El vago concepto de populismo hoy utilizado como llave maestra para tratar de comprender la política, adosado al eje izquierdas/derechas, no alcanza para contener la multiplicidad de factores que interactúan y hacen estallar las clasificaciones binarias, propias del siglo XX. Ya Ralph Dahrendorf advertía en 2010, con el trasfondo del ascenso de Berlusconi, que la democracia representativa tenía que cambiar para responder a los nuevos desafíos de la tecnología que llevó al poder al zar de los medios en Italia.

Esto ocurrió antes de que supiéramos de un mago en el Kremlin. Dahrendorf abogaba por mantener la alternancia sin derramar sangre, por controlar el ejercicio del poder y por dar la voz al pueblo, no sólo con el voto sino con todos los resortes que hacen a una ciudadanía activa concebida como clave de las transformaciones necesarias.

Corría el año 2010 y en América latina crecían los reclamos con la consigna “dignidad ya” En esta década del 2020 las promesas incumplidas de la democracia y el miedo al futuro amenazante son el caldo de cultivo de las nuevas autocracias que abrevan en utopías regresivas.. Y aún buscamos respuestas para adelantar el futuro, perplejos ante procesos que, a diferencia de las grandes transformaciones que trajo aparejada la Revolución industrial, nos exigen adaptarnos a velocidades inéditas.

Liliana De Riz

Socióloga y Politóloga. Profesora Titular de la UBA. Investigadora Superior del CONICET. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas (ANCMyP)

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