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infobae.com · hace 10 horas · Julio Bárbaro

La fractura argentina

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En mi primera visita al Papa Francisco, con la emoción que me embargaba, le dije: “Si usted hubiera nacido en Brasil, nadie se atrevería a denostarlo, porque su Papado sería un honor para esa nación”. Me miró reflexivo y me respondió: ‘Ni en Chile, ni donde fuera; solo en Argentina existe esta fractura que arrastramos de la historia de nuestras guerras civiles, y cuya vigencia es hoy más dañina que nunca, porque el sectarismo ha convertido al patriotismo en minoría repudiada”.

Las dictaduras, todas ellas, tuvieron la misma concepción económica que el actual gobierno: construir un país para ricos y poderosos. Finalmente, estallaron por no poder marginar definitivamente a la mayoría de los humildes. Menem va a traicionar al peronismo iniciando la destrucción del Estado, distribuyendo lo construido por todos entre los nuevos propietarios, esa oligarquía parasitaria que hoy nos impone sus normas. El Perón del 1955 se había aislado, y evitaba una confrontación militar porque sabía de sobra que los errores políticos habían llevado a esa estructura a una separación de las mayorías y de casi todos los sectores sociales de peso. Más adelante, en su retorno, logró dar vuelta cada una de las cartas enemigas en la totalidad de la sociedad. Algunos lo hicieron con convicción y pasión, otros con el resentimiento del derrotado, pero el General, en su vuelta del 1973, fue sin duda, la expresión más fiel de la unidad nacional. Es que el peronismo es una heterodoxia, una expresión del patriotismo que convoca a todos los sectores dispuestos a defender nuestra identidad, nuestro Estado y esencialmente, a pensar un país para el conjunto, cosa que puede hacer la política, pero jamás logran los negocios.

Me asombra la convicción con la que los empresarios admiradores de Milei niegan el debilitamiento paulatino de su presidente, mediante encuestas que no consideran ni los tiempos de desgaste que quedan ni la esperanza que se va diluyendo ni la mejora que jamás vendrá desde la concentración económica. Insisto hasta el cansancio con que eso que llaman la macro es el espacio de sus negocios, que en nada derrama sobre esa realidad dura y cotidiana que tiene la micro, que es la economía que lastima a toda la sociedad. El pensamiento se ha ido degradando y pareciera que la economía no está al servicio de la política, sino al revés, la política se manifiesta como su pobre sirviente.

La cantidad de oportunistas, de arrastrados, de devaluados, de individuos que fueron portadores de ideas y dignidades y las abandonaron en el camino hacia esto que llaman modernidad, hacia esta frivolidad a la que denominan cambio, sin hacerse cargo de que ese cambio al que se refieren es solamente una triste marcha atrás. Hasta inventaron una historia con dos pasados: el de los liberales mileístas y sus secuaces, que se remonta a cien años atrás, cuando éramos una sociedad de ricos, donde se multiplicaba la pobreza; y el nuestro, que es aquel de la patria integrada, en la que yo nací y crecí, época en que estuvimos más cerca de superar a Brasil y a México. Todo acabó en el año 1976, cuando los liberales vinieron con Martínez de Hoz a promulgar su Ley de Entidades Financieras. Luego, como sabemos, sería el turno de Menem y la destrucción del Estado. De estos dos pasados no hemos salido nunca, y jamás intentaron sacarnos, ni los Kirchner ni nadie, en nombre del peronismo o de la causa que fuera.

Hay momentos en que los restos del kirchnerismo formulan propuestas patrióticas, pero al carecer de la autoridad moral para respaldarlas, nos dejan en manos de la decadencia de los acomodados, en un país donde nunca hubo tal devaluación de la figura de los gobernadores. Quedan pocos, pero la rebeldía se expresa hoy solo en torno a la figura de Axel Kicillof. Los demás, cuando plantean otras visiones, asumen en rigor que, lisa y llanamente, se están pasando al bando enemigo.

Es verdad que se pueden rescatar dos aspectos de este gobierno: cierta mejora en cuanto a la seguridad urbana y el hecho de haber puesto fin a la demencia de la ocupación de las calles y la rebeldía sin tiempo. Esa situación le dejó a la alternativa gorila una carta de presentación donde el caos que formuló el gobierno de Alberto Fernández pudo ser fácilmente convertido en virtud en manos de personajes duros y atrabiliarios que lograron satisfacer necesidades colectivas vigentes, muy escasas comparadas con el daño infinito que han infligido a un país que tenía educación, salud pública, cultura y respeto por las minorías, con un incalculable costo social y un ajuste ilimitado.

A lo que el señor Luis “Toto” Caputo se refiere cuando intenta atemorizarnos con el riesgo Kuka, los griegos lo llamaban democracia. En la decadencia de su pensamiento se encarna la decadencia de toda la generación y los oscuros negocios que la habitan. No se puede eliminar el riesgo país mientras las alternativas de gobierno sean entre enemigos; solo hay democracia entre adversarios, es decir, aquellos que comparten un rumbo esencial y se diferencian en los acentos, productivo o distributivo sin alterar la esencia del proyecto nacional.

Asumamos, entonces, que somos una sociedad de enemigos sin proyecto, que además se detestan, en la que la política tendrá vigencia cuando dejemos de serlo y nos convirtamos en seres que debaten ideas opuestas sin insultos ni agravios ni amenazas. Los extremismos convertidos en sectarismos solo son muestra de la inmadurez, y su vigencia, lo es de la impotencia de nuestra sociedad por lograr un espacio de la cordura donde el respeto por la patria se imponga al odio hacia el pensamiento opositor.

Si Menem distribuyó los pedazos del Estado que todos habíamos construido, a Milei le queda, como otra etapa de herederos impotentes y perversos, la distribución de las riquezas que nos regaló la naturaleza. Indigna la idea de que el término “inversión” lleve anexado el adjetivo “extranjera”, como si nuestra capacidad de ahorro se convirtiera en fuga de capitales y algún foráneo que no comprenda nuestra incapacidad de construir la esperanza colectiva, viniera a cubrir aquel espacio que nosotros, como sociedad, hasta el momento, no fuimos capaces de lograr. Si no estuvimos a la altura de entender la dimensión del Papa Francisco, que cambió la ubicación de la religión en el mundo y le entregó una centralidad mucho más sólida hoy que las ideologías, si esa coyuntura de la historia nos quedó grande, va a ser difícil, con esta estructura mental, dar el paso hacia un encuentro centrado en un proyecto que atienda a las necesidades de toda la población.

Cierro reiterando que la política es el espacio desde el cual se piensan las carencias de la sociedad en su conjunto, cuyo deber es controlar las desmesuras de las ambiciones y del egoísmo de la concentración de los grupos económicos, en su mayoría, absolutamente improductivos.

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