Cristina Milei y Karina Kirchner
Cristina Kirchner y Karina Milei no se parecen en casi nada, pero en lo que se parecen, se parecen mucho.
Una fue elegida para ocupar numerosos e importantes cargos y, dos veces, para ser presidenta. La otra nunca fue votada.
Una es polemista nata y oradora entusiasta. La otra no habla en público y, cuando lo intenta, muestra serios problemas de comunicación.
Una es abogada, aunque casi toda su vida ejerció de política. La otra es licenciada en Relaciones Públicas, pero hasta su llegada al poder se había dedicado a emprendimientos personales, como la repostería, la canalización angelical y el tarot.
En cambio, entre lo que las emparenta (el mismo género, personalidades fuertes, una K en sus nombres, la actual dedicación a la política y complicaciones judiciales de, por ahora, distinta envergadura), hay un factor que las hace únicas.
Son las dos mujeres más influyentes del país. Una, influyendo directamente sobre su partido y sobre un porcentaje importante de votantes. La otra, sobre su propio partido y, a través de su hermano, sobre otro importante sector de la sociedad.
Se podría decir que, así como el futuro electoral del oficialismo está en manos de Karina; el futuro de la oposición depende de qué actitud tome Cristina.
Ellas. Ambas tienen formas similares de ejercer su influencia desde la centralidad del poder. La expresidenta siendo, todavía, el eje del sistema solar peronista; la secretaria de Estado, controlando el acceso al Presidente y funcionando como ordenadora política del Gobierno.
Las dos se mueven con la lógica de los liderazgos personalistas de manejarse dentro de un círculo cerrado de confianza que genera disciplina, cohesión interna y un trato diferencial entre los de “adentro” y los de “afuera”.
Un círculo que comparte como enemigo central al periodismo. De ahí el odio en común hacia aquellos que confrontan las informaciones oficiales con la realidad y repreguntan sin autorización.
Javier dice que su hermana es un “ángel de la guarda” que lo protege (además de ser la reencarnación de Moisés y él, la de su hermano Aarón). El Presidente contó que, en medio del abuso de sus padres, fue ella quien lo sostuvo y la que luego se ocuparía de ordenarle la vida hasta que se mudó a Olivos.
Cristina es, literalmente, la madre del conductor de La Cámpora y quien es su principal representante político. Pero además ejerce un rol maternal sobre su militancia en el que se mezclan autoridad y afecto.
Karina es “el Jefe” de su hermano como Cristina es la jefa de su hijo. Las une el amor por sus seres más queridos, pero cuando aparecen posiciones encontradas son ellas las que tienen la última palabra.
Son madres y jefas con ellos, constructoras astutas de poder y ejecutoras implacables con quienes interfieren en sus caminos.
Cristina. Ella y su hijo juran que es inocente y que los corruptos son los fiscales y jueces que la condenaron. Lo que sus hijos políticos (dirigentes y militantes) asumen como verdad incuestionable.
Presa y sin posibilidades legales de aspirar a un cargo, pretende no perder protagonismo en la construcción de una futura alternativa de poder. Que es el gran dilema de quienes se postulan para liderar a una oposición que incluya al peronismo.
Si es con su apoyo, ¿cómo forjar una coalición exitosa si una de sus mentoras está condenada por la Justicia y por un sector mayoritario de la población? Y si es sin ella, ¿cómo convencer a quienes quisieran votarla y no pueden de que elijan a un candidato opositor que no cuente con su explícito respaldo ni promete liberarla apenas llegue al poder?
Máximo Kirchner quiere participar en la resolución interna de este dilema. Por eso no dedicó su último discurso en Parque Lezama a criticar al Gobierno, sino a los gobernadores peronistas dóciles frente a Milei; y a Axel Kicillof, que no se digna a ir a visitar a su madre.
Los Kirchner creen que, si ellos no son parte constitutiva de una alianza opositora, la expresidenta no recuperará pronto su libertad. Sin embargo, si el país se encaminara de nuevo hacia una definición por balotaje, existirían altas chances de que el anticristinismo supere al antimileísmo y que cualquier candidato que huela a Cristina pierda frente a esa animadversión social.
Entonces, ¿qué sería peor para ella?, ¿que vuelva a ganar Milei o que asuma un peronista que se haya enfrentado a ella o, al menos, que no la considere su jefa? Y en términos ideológicos, ¿qué sería peor para la Argentina?, según ella, ¿un líder económicamente heterodoxo o un anarcocapitalista? ¿Alguien que respete a las minorías o uno que trata de pedófilos a los homosexuales? ¿Uno cercano a Netanyahu y Bukele u otro más afín a Lula y Sheinbaum?
En el pasado, dio muestras de pragmatismo apoyando a candidatos con los que no coincidía, pero que resultaban competitivos, como Daniel Scioli, que perdió; y Alberto Fernández, que ganó. Hoy eso ya no alcanza.
Para que un candidato peronista tenga chances de ganar debería contar con sus votos, pero no con su apoyo.
Karina. La menor de los Milei no había hecho política en su vida. Ese es uno de los atributos con los que su hermano sedujo a una porción del electorado harta de la “casta”.
En estos dos años y medio, no logró construir una estructura partidaria que contara con gobernadores ni demasiados intendentes. Solo sumó a legisladores arrastrados en los comicios por la fortaleza electoral de su apellido.
Sigue la convicción de su hermano de que, si él es el elegido por Dios para enfrentar al Maligno, los demás dirigentes y partidos se deberán alinear detrás de él y de los candidatos que ella designe.
Pero lo que hasta ahora le dio resultado ¿volverá a ser suficiente? ¿O esta vez los Mauricio Macri y Patricia Bullrich de la política le pedirán más para seguir acompañándolos en su cruzada libertaria y antirrepublicana?
Karina comparte con Cristina la mala imagen que le atribuyen las encuestas, y, en la mayoría, la suya es peor que la de la expresidenta. Adicionalmente, tiene en contra el desgaste propio de la administración más los escándalos judiciales en curso ($Libra y Andis) y los que la podrían involucrar en un futuro cercano. Como las sospechas de corrupción que acabaron con Manuel Adorni, su amigo y dueño de tantas confidencias.
La mala imagen de Karina, además de su pánico escénico, le imposibilitaría cualquier candidatura casi tanto como si estuviera condenada como Cristina. Su poder no deviene ni probablemente devendrá de las urnas, sino del que le transmite el jefe de Estado.
Su fortaleza, porque mientras su hermano esté convencido de que ella es una comunicadora interespecies que le traduce los consejos de sus perros y quien lo conecta con Dios, no habrá escándalo ni humano que vaya a correrla del lugar que ocupa.
Su debilidad, porque si Javier pierde poder, ella reúne los requisitos necesarios para convertirse en objetivo privilegiado de todas las venganzas personales y de las expiaciones colectivas.
... cualidades como de las carencias de un país que sigue apostando a la polarización
Nosotros. El nivel de influencia de una y otra habla tanto de sus cualidades como de las carencias del país.
Ellas son los símbolos más extremos de la incapacidad social de construir liderazgos racionales que rompan el cerco de una polarización boba.
De esta absurda e improductiva lucha entre dos opciones que parecen muy distintas, pero que coinciden en dejarnos siempre enfrentados y en el mismo lugar.