"Operación Argentina": el libro para entender cuatro décadas de democracia desde el país de Javier Milei
Las conversaciones entre Astrid Pikielny y Andrés Malamud configuran uno de los análisis más lúcidos del devenir institucional nacional y los partidos políticos, además de la vara con la que se debe medir a la gestión libertaria.
Hubo antecedentes globales y regionales, pero Javier Milei de todas maneras irrumpió como lo que es: un fenómeno que la derecha no podía explicar; una rareza de la que muchos académicos liberales miraban con sospecha; un ícono que fue atractivo para todas las clases sociales. Su figura fue abrazada primero en la Argentina y luego en el mundo, lo que se evidencia con la insistencia con la que los nuevos outsiders antipolítica buscan conseguir su acompañamiento. Por eso sobrevinieron muchos análisis tras su asunción, aunque pocos con la frescura y precisión de “Operación Argentina” (Planeta, 2026).
Establecido como un libro de conversaciones entre la periodista Astrid Pikielny y el politólogo Andrés Malamud, logran concretar un recorrido por las ilusiones y desencantos de las últimas cuatro décadas de democracia argentina, con énfasis en la asunción de Javier Milei, que nuclea aptitudes valoradas por los compatriotas: “Temeridad, arrojo y pragmatismo”. Son una dupla de autores complementarios, porque él no tiene miedo de incomodar y ella va siempre un paso más allá de los análisis y preguntas ya conocidos sobre el fenómeno libertario.
“Sigue siendo Milei, y no su partido, el que encarna lo que queda de ilusión”, acosta Malamud en diálogo con Ámbito, y detalla que “la digitalización contribuyó a desintermediar la representación. Si uno puede intercambiar mensajes públicos directamente con el líder, ¿para qué precisa poleas de transmisión?”. Refiere a uno de los postulados del libro más transversales ideológicamente, por las crisis de los partidos como herramienta electoral. En este caso, La Libertad Avanza terminó siendo el instrumento que los Milei encontraron más eficiente -de recursos, de negociación, de práctica política- para gobernar, en una experiencia partidaria creada por el poder y no para el poder.
Astrid Pikielny y Andrés Malamud durante una presentación del libro, en Olavarría.
Otras de las hipótesis que perdurarán aún más allá de la actual presidencia tiene que ver con el criterio con el que se cuantifique el potencial éxito de la gestión libertaria. Así como los autores consideran que el triunfo de Raúl Alfonsín es posible medirse por la permanencia de la democracia y el respeto a la alternancia, la vara con la que se juzga a Javier Milei se conocerá en el futuro, más allá de si se postula o reelige en el 2027: si la inflación sigue bajando y si se conserva la estabilidad macro. Los demás elementos presentados como fundacionales pueden caerse por factores (como la falta de transparencia) que habían provocado el desánimo previo. Aunque eso invita a creer en que se trata de otra experiencia episódica, no es prudente fiarse de los alcances de la excepcionalidad argentina.
La falta de dependencias es una de las características que mayor comodidad permite al Presidente en su elección de agendas y rivalidades. “No arriesga casi nada. Por eso está cómodo con la disrupción y el riesgo”, se lee, poco antes de otro fragmento que resuena: “En un juego de conflicto conviene cumplir las amenazas”. El marco de excentricidad le permite a Milei ser creíble en sus advertencias, pero él decidió también ejecutarlas en los momentos más tensos de su gestión: cuando vetó las leyes de emergencia en discapacidad y financiamiento universitario, bajó el mensaje de que no temería en confrontar contra la opinión pública con tal de que no le conduzcan la gestión. A partir de allí, la oposición supo que ya no necesitaba una mayoría convencional para sancionar leyes, sino que necesitaba dos tercios de cada Cámara para revertir vetos.
En simultáneo a que Pikielny observa que el Presidente “parece despreciar a los políticos pero no la política”, Malamud apunta a que “hace que las cosas pasen” y convence de que “conviene rendirse”. En el relato -y en la llegada del libertarianismo al poder- parece expresarse que en la Argentina fluye un resentimiento que germinaba en nuestros sótanos y que hoy está disipado e incontrolable entre todos nosotros. Sólo así se explican las internas en todos los partidos a cielo abierto, los regionalismos y el creciente resentimiento entre la provincia de Buenos Aires y la Capital Federal. Todos conflictos conocidos, aunque con rasgos que desafían lo irreversible. “Lo único irreversible es la muerte”, responde Malamud a este medio y habilita una esperanza: la democracia aquí aún sigue viva.
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