El beso de la muerte
Fue uno de esos episodios cuando pensás, “Trágame tierra”. Mi hijo tenía cuatro años, estábamos cenando en casa de unos amigos y a alguien se le ocurrió un juego. ¿A qué animales nos parecíamos las siete u ocho personas presentes?
Dijimos que a un gato, a un cisne, a una gacela y tal hasta que le tocó el turno a mi nene. La cara de nuestra anfitriona, declaró, le hacía pensar en un chancho. Más de dos décadas después recuerdo el silencio sepulcral que descendió sobre la mesa.
Quiero creer que los invitados entendieron que no hay maldad en los pequeños sino una ausencia de filtros; que aún no han aprendido los protocolos para proteger las amistades y la armonía social.
A sus 80 años Donald Trump sigue sin aprenderlos. Como no sabe lo que es la vergüenza siembra no armonía sino caos y -la noticia del año- pierde amistades cada día. ¿Cómo? Con las barbaridades que dice y con las cascadas de insultos, incoherencias y mentiras que vomita cada noche en su red privada, Truth Social.
“Chanchita”, recordemos, fue lo que le llamó a la cara hace poco a una periodista. “Feas” son todas las que le hacen preguntas complicadas. Más grave para él, aunque no se entere, son las imágenes que ha enviado de sí mismo disfrazado de Jesucristo, lo que causó un escándalo entre los cristianos que habían abandonado sus escrúpulos para sumarse a su cada día menos poblado movimiento MAGA.
Tampoco cayó muy bien entre los fieles aquello de amenazar a Irán con el exterminio. “Una civilización entera va a morir esta noche, para no volver jamás”, fue el texto de una de sus emisiones nocturnas. Muchos israelíes lo habrán celebrado pero pasó un tiempo y anunció que los ayatolás iraníes eran “very nice”, muy simpáticos. Su mejor amigo extranjero, el primer ministro israelí Binyamín Netanyahu, ha dejado de serlo. Al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, le ha dicho de todo. Que es un “dictador”, un “ingrato” y -sí- que empezó la guerra contra su propio país. La semana pasada soltó que Zelenski era un “valiente”. Su segundo mejor amigo extranjero, Vladímir Putin, ya tampoco lo es.
En cuanto a los aliados históricos, bueno, ya saben. Los gobiernos británicos, alemanes y españoles son “cobardes”, o “delincuentes”, o (Pedro Sánchez) “terribles”. Se mofa del presidente francés, Emmanuel Macron, al celebrar el “puñetazo” que supuestamente le dio su mujer en un avión.
No hay frenos, no hay plan. Solo impulsos. Si no, ¿cómo explicar la ruptura que acaba de provocar con la primera ministra italiana, aparentemente la más ideológicamente afín a él de los líderes de Europa Occidental? Solo, que claro, Trump tiene menos ideología que mi hijo a los cuatro años. Con lo cual acaba siendo irrelevante que Giorgia Meloni sea de extrema derecha o que Sánchez sea, según él, de extrema izquierda. Los desdeña por igual. En primera instancia todo es personal, no político.
Recordarán el episodio de hace unos días. Trump escribió en Truth Social que en una reunión de la G7 Meloni le había “rogado” que se hicieran una foto juntos. Ella respondió con furia en Instagram. Mirando a la cámara como si le estuviera dirigiendo la palabra a él, dijo que estaba “francamente asombrada” frente a una afirmación tan “completamente inventada”.
Todo el mundo sabe que Meloni es la que dijo la verdad aquí porque todo el mundo sabe que para Trump mentir es como respirar. O, bueno, quizá no exactamente. Afirmar que Trump miente, como solemos hacer, no se corresponde del todo con la realidad por el simple hecho de que Trump es ajeno a la realidad en la que vivimos la mayor parte de los seres humanos. Solo existe la fantasía que él mismo se ha inventado, como un niño que habita un mundo interior lleno de hadas, monstruos o conejos que hablan. Para Trump, como para ese niño, la verdad es lo que él quiere que sea verdad. Lo decía aquel personaje en ‘Alicia en el país de las maravillas’, “Las palabras significan justo lo que yo quiero que signifiquen, ni más ni menos”.
Trump contratacó. Insistió en que Meloni sí le había pedido la famosa foto y que lo había hecho con el propósito de “mejorar sus números”. Meloni no se calló. Respondió que “estos constantes ataques no provocados” carecían de sentido y que “en cuánto a mi popularidad, ser su amigo decididamente no me ha ayudado”.
Para ser justos con Trump (¿por qué no?), hasta hace no tanto habría tenido cierta razón. Ser visto como amigo de Trump podría haber tenido sus ventajas para un político extranjero de derechas. Esto es lo que ha cambiado. El fiasco de la guerra en Irán y la creciente percepción de que está loco de remate (felicidades a los que por fin llegaron) le ha convertido en veneno electoral. Javier Milei puede ser de momento la excepción a la regla pero pronto entenderá que hay una cosa peor que ser enemigo de Trump y eso es ser su amigo.
Nadie acusaría a Santiago Abascal, el líder de Vox, de ser el personaje más sofisticado del panorama político español pero incluso él empieza a ver por fin que el beso de Trump es el beso de la muerte. Entrometiéndose en el pleito Meloni-Trump, Abascal respiró hondo, se la jugó con su antiguo ídolo y se decantó por la italiana. Meloni era “una mujer valiente”, dijo, y “a los aliados no hay que atacarlos”.
Trump se está quedando solo tanto dentro como fuera de su propio país. Los podcasters más influyentes de derechas le abandonan. Los congresistas republicanos ya no le dan su lealtad incondicional, ya no votan siempre como él quiere. En una comida el miércoles un senador de su partido le gritó de todo y Trump le respondió que era “un lunático”. Algo importante está ocurriendo, con consecuencias alentadoras para el mundo entero. Son cada día más los que ven con fría nitidez la disparatada gran verdad de nuestra era, que el rey del mundo, el niño emperador -el loco de la colina--está desnudo.
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