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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

La despedida de Sacristán

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En su infancia en Chinchón, a unos 45 kilómetros de Madrid, se ponía plumas de gallina en la cabeza y divertía a su abuela disfrazándose de esos comanches que había visto en la pantalla. Tenía 5 o 6 años cuando descubrió el cine: “El capitán cautela” marcó su debut como espectador, y el comienzo de una pasión que no lo abandonaría jamás. “Yo quiero estar ahí. Quiero ser el indígena, el gangster, el policía”, se dijo en la sala de su pueblo. Y cumplió. Claro que faltaba mucho todavía para que José Sacristán, -el hijo de Venancio, un sindicalista preso por el franquismo al que conoció recién a sus 6 años, y Nati, que hacía malabares para mantener a la familia- se convirtiera en uno de los actores más célebres, y más taquilleros del cine español, con unos 120 títulos sobre sus espaldas y premios como el Goya de Honor.

Antes de todo eso la familia se mudó a Madrid, y el joven Sacristán arrancó como albañil a los 13 años y como tornero a los 14. Eran trabajos que ayudaban a parar la olla, y el medio para escapar de esa realidad sin lugar para los sueños era el cine. Fue mientras cumplía el servicio militar en Melilla que decidió que la actuación era lo que quería hacer en la vida; convertir en profesión eso de que “el otro se crea que soy lo que no soy”. Lo logró con creces.

Protagonizó buena parte de las películas de la Transición Española, el período que siguió a la muerte de Franco, entre ellas las inolvidables Asignatura pendiente y Solos en la madrugada, de José Luis Garci, -con un monólogo sobre la libertad, el cambio y el animarse, que pegó fuerte acá, en los años de la dictadura militar, que lo catapultó a la fama y del que terminó renegando-, y decenas más de títulos memorables, en los que lo que más le satisface es “haber encarnado al españolito típico, ni muy tonto, ni muy listo, ni feo, ni guapo”.

Pues bien, el señor que logró ese y otros milagros acaba de anunciar que se retira para siempre de la pantalla. No quiere más madrugones ni largas jornadas, así que sólo desplegará su arte arriba de un escenario. Aunque el egoísmo de nosotros, los espectadores, no se resigne, y aunque se lo vaya a extrañar y mucho, es un derecho que el enorme Sacristán, a sus 88, se ha ganado con creces.

Silvia Fesquet

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