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clarin.com · hace 3 horas · Clarin.com - Home

Guadalupe González: “Vivimos en el entorno internacional más peligroso de las últimas décadas”

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-¿Cómo definiría usted este momento de brutal incertidumbre y tensión geopolítica?

Yo diría que atravesamos un interregno global: el viejo orden internacional está agotado, pero el nuevo todavía no termina de emerger. Los principios que sostenían la idea —más aspiracional que real— de un orden liberal institucional basado en reglas, instituciones y cooperación multilateral están siendo cuestionados o simplemente abandonados. El mundo de hoy está marcado por guerras que se superponen sin resolverse, liderazgos que erosionan las instituciones desde dentro, democracias cada vez más frágiles y una concentración sin precedentes de riqueza, datos y capacidades tecnológicas en un puñado de actores privados. Lo que más me preocupa es la acumulación de conflictos abiertos y riesgos emergentes. La nueva carrera tecnológica y militar, los niveles récord de gasto en defensa, el deterioro de los acuerdos de control de armamentos y el renovado riesgo de proliferación nuclear conforman una combinación especialmente inquietante. Es terreno fértil para errores de cálculo, escaladas involuntarias y crisis de mayor alcance. Por eso tengo la impresión de que vivimos en el entorno internacional más peligroso de las últimas décadas.

-Luego de la pandemia pareciera que el mundo salió eyectado hacia los extremos ¿Es así?

Las raíces son profundas y variadas, pero remiten, en buena medida, al debilitamiento gradual de los mecanismos de protección social y a la retracción del Estado desde los años noventa. La crisis financiera de 2008 fue un shock en el corazón mismo del capitalismo global. Puso en cuestión la promesa de que la apertura económica y la globalización generarían prosperidad compartida, movilidad social y democracias más sólidas. También profundizó desigualdades y alimentó una sensación de exclusión, vulnerabilidad y desprotección. La pandemia agravó el malestar, amplificando el miedo, y erosionando aún más la confianza hacia instituciones. Un motor más reciente en esta trama de polarización tóxica es el papel de las tecnologías digitales. Facilitan la formación de comunidades cerradas, premian los mensajes más emocionales y extremos, y aceleran la circulación de desinformación algo que el populismo, de izquierda y derecha, ha sabido explotar. El miedo, que es una emoción extraordinariamente poderosa y redituable como instrumento electoral, se convirtió en el eje de la polarización

Son quizá la expresión más visible de una transformación tectónica en la distribución del poder en el siglo XXI. Su ascenso refleja un cambio profundo en la relación entre poder público y poder privado.Durante buena parte del siglo XX las grandes corporaciones influían sobre los gobiernos, pero los Estados conservaban el control de los principales instrumentos de regulación y decisión estratégica. Hoy esa relación es mucho más compleja. Las Big Tech operan simultáneamente en ámbitos económicos, tecnológicos, cognitivos y de seguridad, y participan cada vez más en funciones tradicionalmente reservadas a los Estados. Todo esto les confiere una capacidad extraordinaria para moldear la conversación pública, condicionar decisiones de los estados, y redefinir los límites de la democracia

Comprender la reconfiguración del poder mundial implica no limitarnos a hablar de rivalidades geopolíticas entre potencias y capitalismo digital ya que estaríamos omitiendo otros poderes fácticos que estructuran buena parte de las dinámicas contemporáneas como el crimen organizado. Estas organizaciones no operan al margen del sistema sino dentro de él, entretejidas con la economía legal, las instituciones públicas y la política . Las mismas herramientas que impulsan la innovación —plataformas digitales, inteligencia artificial, criptomonedas, comunicación encriptada— son aprovechadas por actores ilícitos para reclutar, coordinar operaciones, mover recursos y construir narrativas de legitimación. La revolución tecnológica no solo redistribuye poder entre estados y empresas, también expande las capacidades de organizaciones criminales que hoy operan con una sofisticación y una escala transnacional inéditas. La pregunta deja de ser únicamente cómo funcionan las organizaciones criminales y cómo enfrentarlas, y pasa a ser cómo entender los entramados de violencia, impunidad y captura institucional que hacen posible su persistencia y expansión. Reducir el fenómeno al narcotráfico o al crimen organizado transnacional es un enfoque analítico limitado que suele favorecer respuestas exclusivamente punitivas. Prefiero, en cambio, utilizar el concepto de “ecosistemas violentos” : entramados donde crimen, desigualdad, impunidad y captura institucional se refuerzan mutuamente. Cuando el Estado no logra —o no quiere— castigar, disuadir o prevenir el delito, la impunidad se vuelve la norma.

-La agresividad del gobierno de Trump ¿es un acto desesperado de una potencia que se derrumba?

MAGA expresa la convicción de que Estados Unidos ha perdido algo fundamental: poder, prestigio y control sobre su propio destino,reflejando más frustración que desesperación y que contrasta con la paciencia estratégica de China, reactivando a la vez la corriente jacksoniana nacionalista, populista y confrontacional, partidaria de la paz mediante la fuerza militar y el proteccionismo económico. La explicación es también doméstica. El trumpismo interpreta el declive relativo de Estados Unidos como el resultado no solo de factores externos, como la globalización y el ascenso de China, sino de errores internos acumulados durante décadas. Responsabiliza al internacionalismo liberal y al progresismo cultural por haber debilitado al país desde dentro. Estamos ante una revuelta conservadora de la nueva derecha ultranacionalista contra la globalización y el liberalismo político. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar del mundo, una de las dos mayores economías globales, el emisor del dólar y un centro clave de innovación científica y tecnológica. Lo que observamos es un proceso de declive relativo en un entorno mucho más competitivo que hace dos o tres décadas. Cuando la principal potencia del sistema relativiza reglas, compromisos e instituciones, resulta difícil esperar conductas distintas del resto de los actores. La agresividad puede ser una demostración de fuerza, pero también una señal de inseguridad frente a un mundo que ya no puede controlar como antes.

Guadalupe González González es ininternacionalista mexicana, formada en El Colegio de México,La London School of Economics y la Universidad de California en San Diego. Profesora-investigadora en COLMEX y fundadora del proyecto Las Américas y el Mundo en el CIDE. Para ella , lo global solo cobra sentido cuando toca tierra en lo regional y viceversa. Hoy forma parte de AMLAT Radar 2026 - mirada latinoamericana sobre Europa y el mundo - y del Conservatorio Latinoamericano. Ha publicado ampliamente sobre política exterior, regionalismo interamericano y el lugar de México y América latina en el orden internacional contemporáneo.

Franco Bronzini

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