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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

Los amantes de Verona y el Cisne de Catania

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París, 1835. El escritor Heinrich Heine conoce al músico Vincenzo Bellini y le lanza un elogio que es también una condena: “Sos un genio, pero pagarás tu gran don con una muerte prematura. Todos los grandes genios murieron muy jóvenes, como Rafael y como Mozart”.

Lejos de su Catania natal, el niño prodigio que a los seis años ya había compuesto su primera obra comenzó a sentir que su vida sería apenas un relámpago. Murió ese mismo año, a los 33. Dejó diez óperas. Una de ellas es la que esta semana volvió al Teatro Colón para recordarnos que algunas historias nunca mueren.

Porque cuando cae el telón de “I Capuleti e i Montecchi”, ahí quedan Romeo y Julieta inmóviles, convertidos en una imagen definitiva de la brevedad de la vida. Y entonces, envuelta en los aplausos de la platea, vuelvo a Heine. Recuerdo un verso de un poema que leí cuando tenía la edad en la que murió Julieta: “Los que mueren cuando aman”.

Quizás por eso la tragedia de Verona sigue conmoviendo después de más de cuatro siglos. No porque ignoremos el final. Sabemos que el veneno llegará y sin embargo volvemos una y otra vez a Shakespeare. Volvemos a Bellini. Y volvemos porque, en el fondo, Romeo y Julieta hablan de algo que no ha cambiado: la intensidad con la que se vive el amor.

Montescos y Capuletos, una guerra eterna. Foto: Juanjo Bruzza

Bellini entendió eso mejor que nadie. Su ópera es deliberadamente oscura. Está atravesada por la guerra, por la violencia entre facciones, por una atmósfera donde la muerte parece esperar detrás de cada escena. Sin embargo, la música nunca se vuelve brutal. Hay una elegancia melancólica que nos arropa en la platea. No por nada lo llamaban “el Cisne de Catania”. Sus melodías parecen deslizarse sobre el dolor sin caer en el exceso.

Bellini no adaptó a Shakespeare. Tomó una versión previa del mito de los amantes y la convirtió en una larga despedida. Como si desde el comienzo supiera que la felicidad de Romeo y Julieta -y acaso también la suya- era apenas un instante suspendido en el tiempo.

Escuchándolo en el Colón, es imposible no pensar en un artista que escribió música como quien deja cartas para después de su partida. La escena final tiene algo de milagro. Los amantes se encuentran por última vez. La muerte está ahí, pero Bellini consigue que el dolor se vuelva belleza. No busca el golpe teatral, sino que los personajes se apaguen lentamente, como una vela que sigue iluminando aun cuando está por extinguirse.

Mientras sonaban los últimos compases de la orquesta pensé que pocas historias dependen tan poco de la sorpresa. Nadie entra a ver Romeo y Julieta para averiguar qué sucede. Entramos para acompañarlos hasta la tumba.

Diana Baccaro

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