← Volver
infobae.com · hace 10 horas · Fishel Szlajen

Sin límites no hay justicia sanitaria

Infobae

La discusión sanitaria contemporánea en Iberoamérica suele concentrarse en financiamiento, gestión, tecnología, cobertura, regulación, medicamentos de alto costo, IA, interoperabilidad, envejecimiento poblacional y recursos humanos. Todos temas indispensables, pero ninguno resuelve por sí solo lo decisivo de cómo construir sistemas de salud capaces de decidir con rigor técnico sin perder legitimidad ética ante problemas comunes de fragmentación, desigualdad, escasez e innovación disruptiva.

Por eso, Iberoamérica necesita una agenda sanitaria común, no limitada a reformas administrativas ni a la incorporación acelerada de tecnologías. La sostenibilidad exige una ética institucional capaz de ordenar prioridades, reconocer límites, distribuir responsabilidades y proteger la dignidad humana en contextos de presión económica, transformación demográfica y demandas sociales crecientes.

Dicha agenda debe partir de una premisa básica. Un sistema sanitario sostenible no es el que gasta menos, incorpora más tecnología o multiplica prestaciones sin medir consecuencias. Es aquel que articula justicia, eficiencia, evidencia, humanidad y responsabilidad. Comprende que los recursos son finitos, que las necesidades aumentan y que la dignidad del paciente no se defiende con consignas, sino con decisiones institucionales transparentes, razonables y equitativas.

Aquí se vuelve indispensable la ética del límite. Un límite éticamente fundado permite una política pública responsable y justa, sin transformar la salud en promesa imposible ni en exclusión encubierta. Todo poder sanitario necesita orientación moral. Cubrir prestaciones, regular, priorizar poblaciones, judicializar, incorporar tecnologías o derivar decisiones a algoritmos expresan siempre una determinada concepción de justicia, dignidad, responsabilidad y bien común.

Sostenibilidad no es mera contención del gasto. Reducir costos es necesario, pero sin criterios éticos la eficiencia se degrada en recorte. Ampliar coberturas es deseable, pero sin evaluación, trazabilidad ni responsabilidad fiscal, la equidad deviene promesa vacía. La sostenibilidad no exige elegir entre eficiencia y justicia, sino construir instituciones capaces de integrarlas.

La evaluación de tecnologías sanitarias muestra este problema con claridad. Ningún sistema puede incorporar todo para todos, inmediata e ilimitadamente. Tampoco puede negar prestaciones con argumentos meramente contables. La decisión responsable exige evidencia de eficacia, seguridad, costo-efectividad, impacto presupuestario, valor terapéutico real, alternativas disponibles y criterios explícitos de priorización. La ética del límite no se opone al acceso, lo hace posible de manera justa. Porque cuando todo se declara prioritario, nada lo es.

Lo mismo ocurre con los medicamentos de alto costo. La innovación farmacológica permite avances extraordinarios, pero requiere de los sistemas sanitarios una gobernanza capaz de diferenciar innovación real e innovación marginal, esperanza razonable y expectativa inducida, valor clínico y presión de mercado.

La judicialización sanitaria muchas veces surge porque los sistemas no responden en tiempo, forma o justicia. Pero cuando se convierte en mecanismo ordinario de asignación de recursos, el sistema pierde racionalidad distributiva. El juez resuelve el caso individual, aunque no siempre puede ponderar el impacto colectivo. Así, quienes acceden a mejores recursos legales o mayor visibilidad obtienen respuestas más rápidas que quienes padecen necesidades igualmente graves, pero permanecen invisibles.

La IA agrega más complejidad. Su potencial en diagnóstico, gestión, investigación clínica, auditoría, predicción de riesgos e interoperabilidad es enorme. Sin embargo, no debe ser tratada como un oráculo. Puede asistir y mejorar procesos, pero no sustituir la responsabilidad clínica ni la deliberación institucional. Un algoritmo calcula probabilidades, pero no comprende la biografía del paciente ni responde moralmente por sus errores.

Su incorporación debe exigir trazabilidad, validación clínica, auditoría externa, protección de datos sensibles, explicabilidad suficiente, supervisión humana significativa, evaluación de sesgos y responsabilidad institucional claramente asignada. Lo mismo vale para la digitalización sanitaria. La historia clínica electrónica y el uso secundario de datos pueden mejorar la calidad asistencial, pero el paciente no debe ser reducido a dato. En salud, el dato es una extensión de la intimidad corporal, biográfica y existencial de una persona.

Otro desafío estratégico es el envejecimiento poblacional. Iberoamérica enfrenta una transición demográfica que impactará en enfermedades crónicas, dependencia, cuidados de largo plazo, salud mental, polifarmacia y organización familiar. Sin embargo, muchos sistemas siguen diseñados para episodios agudos y no para trayectorias prolongadas de cuidado. La sostenibilidad futura dependerá de integrar prevención, atención primaria, cuidados domiciliarios, rehabilitación, cuidados paliativos y apoyo a cuidadores.

El edadismo sanitario es una forma silenciosa de injusticia. Aparece cuando se presupone que una persona mayor vale menos, comprende menos, decide menos o merece menor inversión terapéutica por su edad. También cuando se indican tratamientos sin considerar fragilidad, calidad de vida, voluntad del paciente o proporcionalidad terapéutica. La ética del límite obliga a evitar tanto el descarte por edad como la obstinación terapéutica. Porque cuidar no es hacer todo, sino hacer lo debido.

La integración público-privada tampoco puede reducirse a un eslogan. Los sistemas sanitarios iberoamericanos son complejos, fragmentados y heterogéneos. Integrar no significa uniformar, sino establecer reglas comunes, información compartida, estándares de calidad, coordinación, financiamiento inteligente y confianza institucional.

El Estado tiene una responsabilidad indelegable en la rectoría sanitaria. Debe fijar prioridades, garantizar estándares, proteger a los vulnerables, regular con evidencia, ordenar incentivos y construir capacidad institucional. El mercado puede aportar innovación, inversión, eficiencia y dinamismo, pero no definir por sí solo el sentido de la salud pública. La sociedad civil puede visibilizar demandas y controlar abusos, pero no reemplazar la planificación sanitaria.

La agenda iberoamericana de salud debe formular consensos operativos sobre evaluación de tecnologías, datos sanitarios, envejecimiento, medicamentos de alto costo, IA, cuidados crónicos, financiamiento, prevención, calidad, transparencia y formación ética de decisores. La salud del futuro no se construirá sólo con especialistas clínicos ni con economistas de la salud. Necesita gobernanza interdisciplinaria.

Allí la bioética debe ingresar en la arquitectura de las políticas sanitarias, no como reflexión externa a la gestión, sino como criterio de decisión en ámbitos donde se define acceso, prioridad, innovación, datos, cuidado e integración. La ética del límite enseña que no todo lo técnicamente posible es clínicamente indicado, no todo lo legalmente exigible es sanitariamente justo, no todo lo económicamente eficiente es humanamente aceptable, no todo lo innovador agrega valor, no todo deseo es un derecho prestacional ni toda restricción constituye injusticia.

Iberoamérica tiene una oportunidad histórica. Sus sistemas de salud enfrentan problemas comunes, pero también poseen experiencias valiosas. Modelos solidarios, redes profesionales, capacidades científicas, innovación privada, tradición hospitalaria, organizaciones comunitarias y sensibilidad social. El desafío es convertir esa diversidad en una agenda compartida fundada en liderazgo, evidencia, gestión, financiamiento y brújula ética.

Una salud sostenible no puede sostenerse en la improvisación, el voluntarismo, la presión sectorial o la mera administración de crisis. En términos del principio de responsabilidad de Hans Jonas, debe fundarse en innovar sin deshumanizar, financiar sin dilapidar, regular sin asfixiar, cuidar sin prometer lo imposible, limitar sin abandonar e integrar sin uniformar.

El futuro sanitario iberoamericano no dependerá de cuánto avance la tecnología, sino de nuestra capacidad para gobernarla. No dependerá de cuánto crezca el gasto, sino de si sabremos justificarlo. No dependerá de cuántos derechos se proclamen, sino de instituciones capaces de hacerlos efectivos con equidad.

La salud sostenible exige una ética del límite porque sólo el límite permite que el cuidado no dependa de la discrecionalidad ni devenga obstinación, la eficiencia no se degrade en exclusión sanitaria, la innovación no se convierta en fetiche y que la justicia no quede reducida a consigna. En tiempos de recursos finitos, demandas infinitas y tecnologías expansivas, el límite no es el enemigo de la salud, sino la condición de su legitimidad.

La fragilidad de la vida