Mercados frente a la inteligencia artificial
La inteligencia artificial se ha convertido en la narrativa dominante de los mercados financieros globales. Nvidia superó los cinco billones de dólares de capitalización bursátil; Microsoft, Amazon, Alphabet y Meta destinan cientos de miles de millones de dólares a infraestructura; y empresas privadas como OpenAI, Anthropic o xAI alcanzan valuaciones que hace apenas unos años parecían imposibles.
Los siete magníficos de la Bolsa (Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta y Tesla) representan casi el 40% del principal índice bursátil del mundo, el S&P 500.
Sin embargo, detrás de esta historia de crecimiento extraordinario comienza a aparecer una pregunta incómoda: ¿cuánto del crecimiento que observamos responde a una demanda genuina de clientes finales y cuánto responde a mecanismos de financiamiento que se retroalimentan dentro del propio ecosistema?
La pregunta no implica negar la revolución tecnológica que representa la inteligencia artificial. Tampoco implica afirmar que exista fraude o manipulación.
Lo que sí plantea es la posibilidad de que una parte relevante de la expansión actual esté impulsada por una estructura de inversión circular que hace que el crecimiento aparente sea mayor que el crecimiento económico subyacente.
La forma más sencilla de entender el fenómeno es observar uno de los circuitos más conocidos del sector.
Nvidia invierte en empresas de inteligencia artificial como OpenAI. OpenAI, a su vez, firma contratos multimillonarios para adquirir capacidad de procesamiento en centros de datos operados por Oracle, Microsoft o Amazon. Esas empresas compran enormes cantidades de chips fabricados por Nvidia para satisfacer esa demanda.
El resultado es que el dinero que inicialmente sale de Nvidia termina regresando, directa o indirectamente, a Nvidia. En el proceso, cada participante puede mostrar crecimiento.
OpenAI incrementa sus gastos en infraestructura. Oracle, Microsoft o Amazon registran mayores ingresos por servicios de nube y procesamiento. Nvidia registra ventas crecientes de chips.
Todos los actores muestran expansión simultáneamente. Sin embargo, parte de esa expansión proviene de recursos que circulan dentro del mismo sistema.
La diferencia puede parecer sutil, pero es fundamental. Una cosa es una demanda financiada por clientes independientes que generan ingresos suficientes para pagar los servicios que consumen. Otra, muy distinta, es una demanda impulsada por capital de riesgo, emisiones de acciones o financiamiento cruzado entre empresas que apuestan a una rentabilidad futura que todavía no existe.
Las estimaciones más difundidas sugieren que OpenAI tiene compromisos de largo plazo cercanos a USD 1,4 billones entre infraestructura, centros de datos, procesamiento y equipamiento tecnológico.
Dentro de esos compromisos aparecen montos significativos destinados a Oracle, Microsoft, Nvidia, AMD, Amazon y diversos proyectos de construcción de centros de datos.
El problema no es la magnitud de las inversiones. El problema es la relación entre esas inversiones y la generación actual de ingresos.
OpenAI genera ingresos crecientes y probablemente se encuentre entre las empresas tecnológicas de expansión más rápida de la historia.
Sin embargo, continúa registrando pérdidas significativas y depende de sucesivas rondas de financiamiento para sostener su ritmo de inversión.
En otras palabras, buena parte de la infraestructura que se está construyendo hoy no está siendo financiada con utilidades generadas por el negocio, sino con expectativas sobre la rentabilidad futura del negocio.
La apuesta es que la demanda terminará justificando la inversión. Pero todavía no está claro cuándo ocurrirá eso ni en qué magnitud.
La historia financiera ofrece numerosos ejemplos de procesos similares. A finales de los años noventa, empresas como Lucent Technologies, Global Crossing o WorldCom invirtieron sumas gigantescas en redes de telecomunicaciones.
La tesis era correcta: internet transformaría el mundo. Lo que resultó incorrecto fue el timing y la magnitud de las inversiones. Durante años se construyó mucha más capacidad de la que el mercado podía absorber.
En 2008, la crisis financiera global mostró cómo un sistema basado en deuda y expectativas crecientes podía sostenerse durante mucho tiempo antes de quebrarse abruptamente.
Más cerca en el tiempo, el boom del shale norteamericano produjo enormes inversiones financiadas por deuda bajo el supuesto de que los precios del petróleo permanecerían elevados durante décadas. Muchas compañías terminaron destruyendo capital aun cuando la revolución energética finalmente se materializó.
En todos los casos aparece un patrón recurrente: sobreinversión, financiamiento abundante y expectativas que terminan creciendo más rápido que la demanda efectiva.
Y es perfectamente posible que dentro de 10 años la infraestructura construida hoy resulte insuficiente. Sin embargo, el mercado no necesita que la revolución fracase para sufrir una corrección importante:
Cuando los sistemas dependen de cadenas de financiamiento interconectadas, una interrupción en un punto puede propagarse rápidamente al resto de la red. Y esa es precisamente la preocupación de algunos analistas.
La cuestión no es si la inteligencia artificial cambiará el mundo. Probablemente lo haga.
La cuestión tampoco es si Nvidia, OpenAI, Anthropic o los grandes proveedores de nube tienen tecnologías extraordinarias. Claramente las tienen.
La pregunta relevante para los inversores es otra: ¿el crecimiento que hoy observamos está impulsado por una demanda económica ya consolidada o por expectativas de demanda futura?
Porque si una parte significativa de la expansión actual depende de financiamiento cruzado y capital que circula dentro del propio ecosistema, el riesgo no es simplemente una desaceleración del crecimiento.
El riesgo es que el mercado esté descontando hoy beneficios que todavía no existen.
La historia demuestra que las grandes innovaciones suelen transformar la economía. Pero también demuestra que los mercados financieros suelen sobreestimar la velocidad con la que esa transformación se traduce en ganancias reales.
La inteligencia artificial podría convertirse en la tecnología más importante del siglo XXI.