Dos estatuas
Entiendo cuál es la crítica que se dirige a todo aquel que, cuando le señalan algo, se queda mirando el dedo. Ha llegado a ser incluso una fórmula con la que expresar qué tan lelo puede llegar a ser alguien.
Este error, sin embargo, ¿es siempre y necesariamente un error? Esa cortedad, ¿es siempre una cortedad? Porque puede haber una verdad que se aloja en el señalamiento, antes que en lo señalado, así como puede haberla en la enunciación antes que en lo enunciado, o en el decir antes que en lo dicho.
Por eso hay veces en las que un dedo señala algo y lo que hay que mirar es el dedo, ni más ni menos que el dedo. Pienso por caso en dos figuras emblemáticas de la historia o, mejor dicho, en sus estatuas: en Cristóbal Colón y en José de San Martín.
La estatua de Cristóbal Colón en Barcelona, por ejemplo, frente al puerto, frente al mar, justo ahí donde termina La Rambla: de pie, medio girando, erguido sobre una columna erguida, alza una mano, estira un dedo y señala. La estatua de José de San Martín, multiplicada en tantas y tantas plazas de la patria y allende la patria: montado y firme, severo y castrense, erguido sobre un caballo erguido, alza un brazo, estira un dedo y señala.
Cristóbal Colón señala hacia América. José de San Martín, hacia la cordillera de los Andes (excepto en Junín). Señalan lo que no está ahí, señalan lo que no alcanza a verse (salvo San Martín en el Cerro de la Gloria de Mendoza). Por lo tanto el señalar prevalece sobre lo señalado, que existe pero como objeto ausente, como afán o como destino, como cosa a conseguir. Cristóbal Colón, el Descubridor; José de San Martín, el Libertador. Algo dicen sus estatuas sobre lo uno y sobre lo otro. Algo dicen sobre el descubrimiento, europeo en este caso, que es que lo descubierto no está ahí ni se divisa, hay que desearlo y hay que intuirlo, hay que imaginarlo y porfiar. Y algo dicen sobre la libertad, la libertad en general podría decirse, que es que no se la alcanza así sin más, por pura declaración voluntarista, sin pelear contra el poder dominante, a menos que se la invoque de manera engañosa y banal.