Pequeñas declaraciones
La escritura, la observación del proceso de escritura, y la lectura misma, están fuera del reino de las ciencias exactas y de la lógica, escapan al principio de no contradicción. La literatura crea verosímiles y esos verosímiles son espejos de realidades existentes, externas, anteriores al libro que leemos, pero también crea sus leyes propias, que se verifican poniendo a prueba nuestros sentimientos y nuestros sentidos, nuestra admiración y nuestro rechazo, nuestro desconcierto frente a las condiciones en que se producen, y se suman, agregan, y modifican lo existente. La autonomía propia de la ficción es una autonomía relativa, es un mundo dentro de otro mundo, y ese mundo primero se desvanece un poco, o mucho, mientras estamos leyendo. Nadie es como el Quijote, pero todos nos parecemos un poco. Don Quijote no existía como “entidad humana” antes de que Cervantes la inventara, pero la literatura crea realidades y personalidades, establece una relación dialéctica. O, si no nos gusta esa categoría, una relación combinatoria. De la cruza de la lectura de la Biblia y de su condición de soldado, Ignacio de Loyola da luz a La compañía de Jesús, que es el ejército intelectual de la Iglesia Católica. Las mejores interpretaciones de Freud, que funda una disciplina nueva, se realizan sobre biografías de difuntos y sobre textos literarios, mientras que Lacan afirma que el inconsciente -que bien podría ser una invención estética- está estructurado como un lenguaje, no sabemos cuál, y trama buena parte de la eficacia de su recurso terapéutico mediante algo que llama “lingüistería” y que a veces suena como juego de palabras, otras como poesía pura. El presidente norteamericano Donald Trump es hijo de una lectura hiperbólica de los mafiosos de las películas de Scorsese combinada con dibujitos animados, mientras que el presidente argentino Javier Milei es en sí mismo un personaje quijotesco, la atroz o milagrosa (según quien lo lea) encarnación viva de una quimera, quiere aplicar su ideal de la aniquilación del Estado gobernándolo. Los megamillonarios de Silicon Valley construyen sus imaginarios del futuro con las armas de la ciencia ficción que consumieron de niños, son tataranietos de Julio Verne. Esa relación entre el pasado y el futuro, su dinámica constante, construye literaturas y realidades extraliterarias, que luego la literatura provecha, y así….
Pero, ¿qué es la literatura? ¿Cuál es su poder, su efecto, su gloria y su desgracia? La literatura es un territorio de estricta libertad, de invención y de creación, y al mismo tiempo un testimonio del sometimiento más terrible a rigores que no conocemos y a impedimentos que nos hacen escribir de una manera y no de otra, que nos impiden ser geniales todo el tiempo, y que a veces nos obligan a escribir textos no tan buenos o sencillamente malos, lo sepamos o no. La sintaxis es una cárcel de la que no podemos escapar, el lenguaje nos oprime y el alfabeto es nuestro alivio y nuestro tormento. Y ¿qué es algo bueno y algo malo, en términos literarios? ¿Para quién, por qué? Y en esa combinación de éxtasis, vértigo, constatación, acierto, asombro y sentido, estamos.