En el corazón de Venezuela
En la alta madrugada de mi pueblo, el Puerto de la Cruz, Tenerife, entonces hubo siempre susto y bisbiseo. Los chicos (yo era el menor) nos despertábamos en silencio para escuchar cómo venían a despedirse los vecinos o los parientes que iban a recoger en mi casa las (así llamadas) cartas de llamada con las que se disponían a viajar a Caracas, cuando Venezuela era más rica que el mundo.
Aquellos hombres venían de cualquier sitio, y mi madre los recibía como si ella fuera parte del barco que iba a partir. Ella era, por así decirlo, parte del barco, y ellos eran como sus hijos, los que iban a para volver. O quizá no volverían jamás de Venezuela.
Aquellos hombres (todos eran hombres, todos eran trabajadores) confiaban en mi madre, a la que llamaban doña Juana, y ella les guardaba los salvaconductos hasta que ellos recibían permiso para viajar. Ella era quizá la única persona de todos los habitantes del barranco que estaba segura de que aquellos muchachos llegarían al otro lado del mundo. Y para quedarse. Eran tiempos oscuros de la vida, y Venezuela (Caracas, otras ciudades en las que hubiera trabajo y porvenir) era entonces, lo fue durante años, el lugar más transparente de América.
Escuché en aquel tiempo, siendo yo un muchacho que aun no tenía diez años, los bisbiseos, los consejos, las advertencias, y finalmente escuchaba como la puerta de la casa, o el ventanillo, se cerraban con un adiós que parecía dicho con la garganta, con el miedo y con el temblor de la incertidumbre. La lágrima viajaba con ellos, y mi madre la guardaba en casa.
Durante algún tiempo aquellos hombres no pudieron dar norte de su viaje. Podía haber ocurrido cualquier cosa, y de hecho algunos zozobraron entre todos los que se fueron en pos de la vida nueva, lejos de la miseria que dejó la guerra civil española tanto en las casas como en los barrancos y en la miseria que fue, sobre todo, la vida de los pobres. Ser pobre era un patrimonio también, porque nosotros vivíamos la pobreza, pero no sabíamos qué era.
Mi barrio era entonces uno de esos lugares pobres desde los que salían los emigrantes cuyo destino, en la mayor parte de los casos, era siempre la República de Venezuela. La primera vez que yo salí de mi casa para hacer un trabajo periodístico fue a una de las islas del Archipiélago, el Hierro, la última isla, la que vio irse a Colón, la que emitía el último suspiro del mundo que quedaba atrás.
En los caminos que fui siguiendo, en aquel paraje que parecía hecho para hacerle homenaje al silencio, me encontré, entre otros lugares, una casa reciente, un caserón, que tenía en lo alto una enorme señal en la que se leía esta leyenda: “Gracias, Venezuela”.
Ignoro si el paso de los años borró ese agradecimiento, pero a lo largo del tiempo sí fue evidente que aquella señal de gratitud se mantuvo en el corazón de los que, al volver de su larguísimo viaje, regresaron a su pueblo para rendir tributo de gratitud al país que los salvó de la miseria de la que venían.
En aquellos años en los que Venezuela generó la alegría que los canarios pudieron vivir, yo mismo fui creciendo como un muchacho letrado al que acudían con sus cartas las mujeres o las novias de los que se fueron en los barcos cuyos salvoconductos les guardaba mi madre.
La mayor parte de aquellas mujeres eran analfabetas. Yo era quien les traducía sus cuitas o sus esperanzas. Todas aquellas cartas que yo les redactaba con mis conocimientos de joven bachiller comenzaban siempre de una manera similar. Yo las respetaba como si fueran dictados de la escuela.
Todas las cartas decían lo que ahora recuerdo: “Me alegro de que al recibo de esta mi carta te encuentres bien de salud. Nosotros por aquí, bien, gracias a Dios”. El resto siempre era una ristra noble de la dureza que ellos habían dejado atrás y de la esperanza que, entonces, solo podía venir de Venezuela.
Poco a poco aquellas casas de los que se fueron pudieron vestirse o viajar gracias al dinero que ganaron los que se habían ido. Algunos volvieron pobres, otros volvieron ricos, y se fueron de nuevo, o hicieron en las islas sus casas para siempre.
Al cabo de los años yo mismo fui a Venezuela, viví de cerca aquel modo de ser, aquella alegría que contagió a los que se habían ido de las islas y que consiguieron, desde lejos, que nosotros fuéramos para siempre deudos de Venezuela.
Pasaron los años, y ya se sabe lo que hacen los años con el tiempo y con los viajes y con las esperanzas del pasado. Todo termina siendo parte de lo que se rompe o se abandona, y ya se sabe qué mundo cayó con Venezuela, hasta que ahora mismo, cuando escribo estas letras de recuerdo y gratitud, Venezuela es un lugar del que se abandonan o se turban las esperanzas y la alegría se parece a la mueca que se nos queda cuando ya se espera menos del país que quisiste o que admiraste.
Venezuela se ha convertido en estos últimos decenios en un país difícil, roto por las puntas como se rompen las esperanzas en las casas. En un tiempo era difícil incluso decir que Venezuela no era ya la que fue. Y en España, al menos, parecía que decir Venezuela era tan solo propio o adecuado de quienes fueran, por ejemplo, súbditos o parientes de Hugo Chávez...
Fue difícil dar a entender que Venezuela era, al menos, el país de los que se fueron, viniendo de Canarias o del mundo. Que nadie era propietario de su pasado, que todos éramos, en cierto modo, deudos de Venezuela, parte de su sangre y de su historia. Un país que algún día volvería otra vez a ser el país al que, por ejemplo, yo mismo, le mandábamos cartas para salvar a los que aquí se habían quedado. Pero siempre está Venezuela siendo la que fue y, cómo no, el lugar del que se espera como se esperan la salud y el futuro.
Y en este tiempo, ahora mismo, se ha roto Venezuela. La madrugada de España, y de Europa, recibió el jueves la noticia de que gran parte de sus ciudades mayores, de su capital, se rompían como si se les rompiera el corazón, en el que caben su historia y sus pasiones. El sonido del tiempo alberga también la ruindad del tiempo, la vida inesperada de los países y de las casas, cuando de pronto todo se desmorona.
Los países son las personas del mundo, no es el mundo el que se rompe, son las personas y son sus corazones y su suerte los que espera siempre que, al despertar, no sea el suelo o la muerte la que nos devuelve la noticia de lo que íbamos buscando en el inmediato amanecer.
Ahora la Venezuela que hace semanas y meses y años vivía entre Maduro y entre Trump y finalmente era de uno y de casi nadie deja de ser todas esas contingencias y es un lugar devastado que espera, y recibe, el abrazo del mundo.
Su corazón, el corazón de Venezuela, es ahora el que recibe esta carta, como las que escribía en mi niñez, con la esperanza de que sea parte de la respiración de los que vivimos años atrás gracias al latido, y a la alegría, de ese país.
Jamás olvido aquella señal que dejaron los emigrantes herreños el día que volvieron para decir, en el frontis de la casa que se hicieron, Gracias, Venezuela.
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