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La política como trinchera

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Hubo un tiempo en que la política se pensaba como un puente o, al menos, como un ágora. Un espacio —a menudo conflictivo, siempre imperfecto— donde la palabra servía para construir lo público. Hoy, esa arquitectura se ha derrumbado.

La política ya no se habita; se resiste en ella. Se ha convertido en una trinchera. Una fosa cavada en el barro del insulto y el grito sordo, donde el objetivo ya no es persuadir al adversario, sino aniquilarlo simbólicamente para sobrevivir un día más. Un año. Una elección.

En este paisaje de hostilidad fragmentada, resulta urgente rescatar la esencia de una tradición que parece haber sido olvidada en el fragor de la batalla: el liberalismo clásico. No el liberalismo convertido en dogma económico o en eslogan de campaña, sino el liberalismo clásico como la más noble arquitectura contra el poder.

Su premisa fundamental es tan simple como imperecedera: el poder, por su propia naturaleza, tiende siempre a corromperse y a expandirse sin freno. Por eso, el liberalismo es, ante todo, una arquitectura de límites.

El verdadero test de una convicción liberal no ocurre cuando se está en la oposición, señalando los excesos del rival, sino cuando se ejerce ese poder.

Es ahí, en el ejercicio del mando, donde el límite se vuelve una disciplina indispensable. La discusión real va más allá del tamaño del estado y radica en su naturaleza como un espacio de convivencia que, si opera de forma limitada, reduce los costos de transacción de los individuos.

Desde esta perspectiva, gobernar exige autolimitación; implica aceptar que el estado no es un trofeo de guerra ni una extensión de la voluntad propia, sino un depósito sagrado que se debe devolver intacto —o mejorado— al terminar el mandato.

De esta noción de límite se desprende, casi de forma natural, la idea de la política como servicio y ejemplaridad. Quien entiende el poder como una carga delegada y no como un privilegio (por mandato divino o popular), sabe que la autoridad moral no se legisla: se modela. La ejemplaridad es el único antídoto eficaz contra el cinismo ciudadano. Cuando los líderes confunden el servicio público con el beneficio privado, quiebran el contrato de confianza que sostiene a la democracia. Sin ejemplaridad, la política se vacía de legitimidad y se transforma en un juego de transacciones y privilegios.

Es cierto que la política es, y siempre será, agonal. Negar el conflicto es pecar de una ingenuidad peligrosa. La polis es el lugar de la disputa, del choque de visiones contrapuestas sobre cómo debemos vivir juntos. El conflicto es el motor de la democracia. El disenso. El problema no es que exista antagonismo, sino que hemos sustituido la lucha entre adversarios respetuosos de las mismas reglas de juego por la guerra de trincheras.

En la trinchera no hay debate, hay fuego cruzado. El grito reemplaza al argumento y el insulto anula la posibilidad de escucha, y de acuerdo. La trinchera embrutece; reduce la complejidad del mundo a un simplismo binario de “ellos o nosotros”.

Queda, paradójicamente, el refugio de los principios. Cuando el espectáculo del grito se agote por puro hartazgo, lo único que permanecerá en pie serán aquellas instituciones y valores que supieron resistir la degradación del lenguaje y las formas.

Queda la tarea incómoda, pero revolucionaria, de reivindicar la moderación no como debilidad, sino como la máxima expresión del coraje civil.

Queda volver a entender que limitar el poder es proteger la libertad de todos, incluso la de aquellos que nos insultan desde la trinchera de enfrente. Queda, en definitiva, la reconstrucción institucional que establezca un horizonte previsible: esas reglas de juego comunes que habilitan la cooperación pacífica y abren el camino al progreso.

Constanza Mazzina

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