Guillermo Lousteau, intelectual comprometido y amigo entrañable
A lo largo de nueve décadas, Guillermo Lousteau recorrió una largo e intenso camino como abogado, académico y pensador.
Había evolucionado de un nacionalismo extremista para convertirse en un verdadero liberal. Charlar con el era siempre un ejercicio intelectual desafiante. Y casi con seguridad podría decir que fue una de las personas más inteligentes que conocí.
Guillermo Lousteau había nacido el 11 de septiembre de 1934. Estudió derecho y, según siempre me contaba, tuvo su primera gran decepción el 13 de noviembre de 1955, cuando los nacionalistas de Lonardi fueron borrados por los gorilas de Rojas y Aramburu poco después de la Revolución que había desalojado del poder al general Perón, clausurando el intento de que no hubiera vencedores ni vencidos.
Desde joven, Guillermo Lousteau supo destacarse. Con solo 28 años fue secretario de Culto durante la gestión del legendario canciller Carlos Manuel Muñiz, en tiempos del gobierno provisional del senador José María Guido (1962-63). Si no estoy equivocado con las fechas, luego sería rector de la Universidad de Neuquén, a mediados de los 60. Y más tarde, secretario de Turismo y director de AUSTRAL.
Lo conocí en Florida hace unos quince años, a instancias de José Benegas. Me invitó a presentar un libro y luego nos hicimos muy amigos pese a la distancia generacional que nos separaba.
Guillermo me estimuló a escribir otros libros, por caso uno sobre Rusia que fue el resultado de una serie de charlas que me pidió para el InterAmerican Institute for Democracy, una institución que fundaría a comienzos de los 2000 junto a Carlos Sánchez Berzain. Y a la que luego me invitaría a integrar.
En el sur de la Florida, Guillermo Lousteau había conseguido lo impensable: armar un centro de pensamiento y difusión de las ideas de la Libertad en las Américas.
Pero también había logrado estimular un núcleo de debate cultural. Recuerdo un seminario muy interesante sobre Gramsci que compartimos con el y con Cesar Vidal, el brillante y a veces controversial que recién había abandonado su España natal para instalarse en los Estados Unidos.
Para entonces, Guillermo Lousteau se había transformado en un referente intelectual de los defensores y promotores de las libertades.
Se permitía dudar -un lujo reservado a los verdaderamente sabios- y más de una vez me confesó que había revisado muchas ideas de su juventud.
Tiempo después, volvió a vivir a Buenos Aires y se integró a varios grupos en los que siempre hizo aportes de gran valor. En el CARI, en la Academia y en todos los lugares donde su presencia era siempre enriquecedora. Recuerdo que le insistí en sumarse a la mesa de los sábados, ese grupo de compañeros y amigos muchos peronistas que pese a su origen tan distinto lo adoptaron como uno de sus mas destacados contertulios, siempre cautivados por su palabra sesuda y su análisis refinado.
Quedarán en nosotros sus recuerdos, sus enseñanzas, los almuerzos después de la radio en aquel restaurancito italiano de la calle 8 y el regalo de la vida que era conversar con el. O aquellos días que Barbara y yo atesoraremos para siempre, cuando nos visitaba en Costa Rica junto a otros inolvidables amigos como Carlos Alberto Montaner o el mismo Vidal.
Habiendo completado una vida plena, dejando dos hijos talentosos, con los que no siempre estaba de acuerdo, pero para quienes siempre reservaba palabras de elogio, Guillermo Lousteau emprendió su ultimo viaje.