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infobae.com · hace 10 horas · Diego Morilla

Carlos Alberto Solari: lector de noticias, poeta de la realidad

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“Sé de alguien que obliga a su aventura a pagar los platos rotos de la gira”, dice una canción de cierta fama. Cualquiera diría que es un chiste interno de una banda que elige sacar sus trapitos al sol a través de mensajes ocultos en sus canciones. La mención a las giras lleva quizás a creer que se trata de una banda con mucho trote por el mundillo musical.

Hay un problema con esa interpretación: el tema en cuestión fue parte del repertorio del concierto debut de esa banda. Que casualmente fue el único recital de una alocada mini-gira iniciática llevada a cabo a cientos de kilómetros de la ciudad que la vio nacer.

Obviando suposiciones innecesarias y elucubraciones superfluas, digamos que el autor de ese tema dio señales tempranas de nutrirse de las circunstancias más inmediatas que lo rodeaban para armar sus letras de manera espontánea, casi como los ready-made de los surrealistas que lo precedieron o del stream of consciousness de la literatura beatnik que lo influenció tempranamente. Y está claro que continuó esa costumbre a partir de aquel lejano debut en plena dictadura, en Salta, en 1978, para crear una poética que atravesó generaciones y generó emociones que siguen resonando hasta después de su muerte física, ocurrida hace apenas unos pocos días.

La obra de Carlos Alberto “Indio” Solari fue acusada, en vida, de muchas cosas. Sus letras fueron vistas como demasiado exuberantes o crípticas hasta por los poetas más avezados de su generación. Su férrea defensa de la libertad creativa a cualquier precio, decían, quedaba desaprovechada y malgastada en frases ampulosas y complicadas sin demasiada razón. Para qué empeñarse en evadir al sistema, se preguntaban, si la obra resultante no contenía mensajes mucho más claros en contra de ese mismo sistema cruel y opresor.

“Mucha gente tendía a menospreciar a nuestro público”, dijo, en su libro Recuerdos que mienten un poco, escrito junto a Marcelo Figueras. “Pretenden que no pueden entender lo que les estoy diciendo, por eso de que mis letras son crípticas. Pero en los momentos claves de la canción, soy bruscamente claro. Puede que el relato no sea simple, la forma en que voy encadenando imágenes. Pero, cuando llego ahí, cuando digo ‘violencia es mentir’, o ‘todo preso es político’, o ‘nuestro amo juega al esclavo’… ahí nadie se confunde ni se pierde. Eso es una bandera y así lo entienden”.

Es en ese epicentro de cada canción que la poesía del Indio no tuvo casi comparación entre sus pares. Se valió de todos los recursos creativos posibles para rodear de floripondios mayormente felices a una sola frase central que se transformaba en el momento más esperado por sus fieles a la hora de vociferar un pasaje sonoro. Así fue cómo generó decenas de las frases más tatuadas en las pieles de las tres generaciones de fans que lo mitificaron en vida. “Linda infinita” o “La más linda del amor” para acompañar el retrato de alguna novia o madre o hija. “Mi único héroe en este lío”, como texto al pie del tatuaje de algún ídolo desde Maradona al Che Guevara y más allá. “Vivir solo cuesta vida” o “Tic tac efímero” como recordatorio marcado en la piel de que el tiempo es hoy. “Te obedecí hasta donde pude”, como pedido de perdón tardío bajo la imagen de algún amor irremediablemente perdido. “El que abandona no tiene premio” o “Dos que se quieren se dicen cualquier cosa”, como advertencia grabada en tinta indeleble sobre la virtud de la constancia.

La poesía del Indio estaba cargada de una puntería especial para hilvanar un hilo rebelde con el cual engarzaba un bordado inconstante pero que siempre revelaba un rincón luminoso. Casi como una aguja puesta al servicio de bordar un pajar, para dejar que el observador imagine la presencia de esa misma aguja que lo generó. Las letras del Indio remitían siempre a una instancia previa o posterior, y requerían a veces de información preexistente pero dejaban siempre flotando la idea de que completar el rompecabezas era tarea exclusiva del oyente.

Pero toda esa poética necesitaba un trampolín, y Solari lo encontró en las noticias diarias. Saber transmutar una noticia trivial o un evento catastrófico por igual y transformarlo en una canción sin bajadas de línea obvias fue su forma de insertarse en la realidad de su tiempo.

Desde noticias banales, como la muerte de una vaca aplastada por un meteorito en Cuba, hasta momentos trágicos, como alguna invasión estadounidense en Medio Oriente o la muerte de Pablo Escobar durante su intento de captura, sirvieron de plataforma de lanzamiento para algunos de sus estribillos más memorables. Pero si una canción refleja esa manera de interpretar el pulso del momento sin cruzarse desde el escenario al púlpito es uno de sus temas de la primera época de los Redondos.

En Un tal Brigitte Bardot, Solari rememora una noticia que tuvo lugar cuando él tenía apenas once años. En 1960, un delincuente llamado Caryl Chessman fue ejecutado en la cámara de gas en Estados Unidos tras una denodada lucha contra su condena a muerte que fue apoyada por escritores, periodistas y otras personalidades.

La extraordinaria historia de este evento ocuparía páginas enteras, pero Solari le apuntó a un hecho puntual que resumía la crueldad de esa práctica y acaso nuestro rol en ella: Chessman, amarrado a una silla dentro de una cámara hermética, fue sometido a respirar aire envenenado hasta morir. Pero no fue una muerte instantánea, sino que la ineficacia del método usado lo sometió a una tortura que duró varios minutos. Ni siquiera las respiraciones profundas que ya había ensayado para expeditar su deceso le funcionaron, y los más de 60 testigos del evento observaron horrorizados cómo el ejecutado agonizaba con sus pulmones llenos de ponzoña, sangre y flema.

En la canción en cuestión, es la invitación de Solari a que Chessman “respire otra vez”, musicalizada en tono de blues andante y casi campestre, lo que subraya la brutalidad del hecho. “Ya llegó la hora, lubrica tus branquias”, pide el tema, recordándole a la víctima que sus últimas aspiraciones serán más líquidas que gaseosas. Y es en su retrato de la inexcusable demora en cumplir con el macabro mandato judicial (del cual somos parte en calidad de ejecutores, ya sea por acción u omisión) donde el tema halla su centro: “Si matamos al pájaro de dos tiros… no es demasiado tarde si son dos tiros”, metaforiza el Indio, forzándonos a imaginarnos parados frente a un pájaro moribundo y recién baleado, mientras lo vemos exhalar sus últimos aires con la pistola humeante en nuestras manos hasta que se nos antoje rematarlo porque, a fin de cuentas, es el asesinato del pájaro nuestra misión final, sin importar su dolor.

Esa manía de dejar “todo esto en tus manos, nene”, como lo quería una de sus letras, era su principal señal de identidad, y lo que más apreciaban sus seguidores. La ausencia de mensajes mesiánicos, de lecturas prefabricadas, de directrices magistrales o sermones condescendientes era lo que brillaba entre sus palabras.

En esa y en tantas otras letras, el Indio invita a sus oyentes a plantarse frente al mueble más incómodo de todos, que no es otro que el espejo. El sarcasmo de temas como Sheriff, la “poesía sonora” presente en Ñanfri frufi falifrú o las exóticas paráfrasis y circunloquios de sus letras (¿a quién más se le podría ocurrir ilustrar el deseo sexual a través de la acción de “lustrar el fuselaje”?) son medios para un fin, y el fin siempre está en manos de quien se atreve a escuchar con las orejas abiertas.

Las particularidades de ese proceso creativo podrían ser analizados por décadas, y llegar a involucrar a poetas, filólogos, literatos, psicólogos y pseudo-especialistas varios. Su impacto, por otra parte, solo puede ser medido en la onda expansiva que generó desde sus discos ferozmente independientes, desde sus recitales transformados en rituales, y desde una presencia artística que dejó una huella como pocos otros artistas lo han logrado en nuestro país y quizás en el mundo.

Desde aquel lejano viaje a Salta donde dio a luz a sus los legendarios Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, hasta el relato anticipado de su propia muerte plasmado en sus últimas creaciones con su extraordinaria banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Solari pintó su aldea con un pincel a menudo abstracto, quizás con toques dadaístas, o con alguna carga de surrealismo, pero siempre con un garabato oculto en algún rincón de sus imágenes sonoras con el que demostraba que siempre hubo método en su locura. Fundiendo plomo logró chorros de oro, cual alquimista de la palabra que fue, y es ese su mayor legado.

Es en ese puñado de frases que sigue viviendo su mensaje. Ese que atesoran quienes tienen un ángel con el que hablan siempre en su soledad, o quienes no pueden dejar de sentirse así cuando saben que ese perro (metáfora de mil males) sigue allí, o quienes viven esperando bellos milagros sospechando sin mayores certezas que algún día les ocurrirán.

Es en esos momentos cuando su poesía cobra vida. Y a través de la búsqueda entre esas frases ocultas en ese mar de enigmas poéticos donde sus seguidores arriban a la claridad de que, por más oscura que sea tu noche, en algún momento vendrá el día a tu corazón.

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