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perfil.com · hace 20 horas · Magdalena Chullmir*

Data centers junto a ríos, en el fondo del mar o en el espacio

Panthalassa data center 24062026

¿Cuál es la temperatura en el espacio? ¿Hay que precalentar el horno para hacer empanadas? ¿Cuántos años tiene el Dibu Martínez? Mientras la inteligencia artificial responde preguntas como éstas, consume agua. Según un estudio de una Universidad de California, una consulta de 100 palabras puede gastar lo que una botella chica.

El motivo está en la infraestructura. Los servidores generan mucho calor y deben mantenerse fríos para no fallar. El enfriamiento más extendido es evaporativo: el agua absorbe el calor y una parte se evapora, por lo que hay que reponerla constantemente. Ese consumo compite con el de los hogares y la agricultura, y por eso importa dónde se instala cada data center: en una zona de estrés hídrico, la presión sobre el recurso se vuelve crítica.

Frente a este problema se exploran tres caminos. El primero es rediseñar la refrigeración. Los sistemas cerrados recirculan el agua en un circuito sellado y reducen el uso de agua dulce hasta un 70%. El enfriamiento por inmersión va más allá: sumerge los servidores en fluidos dieléctricos, no conductores de electricidad, que absorben el calor casi sin usar agua.

Aunque en el espacio hace frío, enfriar es más difícil: como en el vacío no hay aire que se lleve el calor"

El segundo camino es llevar los centros de datos al mar. Microsoft lo exploró con Natick, una cápsula que operó dos años en el fondo marino frente a Escocia: allí los servidores tuvieron 8 veces menos fallas que en tierra, gracias a la estabilidad térmica del agua, como un disipador gigante, y a una atmósfera interna de nitrógeno, menos corrosiva que el aire. Microsoft cerró el proyecto en 2024, pero la prueba abrió camino.

Poner los servidores en órbita, una idea que dejó de ser teórica: en noviembre de 2025 la startup Starcloud puso en órbita la primera GPU de IA de alta potencia, y Google avanza con un proyecto similar, Suncatcher"

La startup Panthalassa, apoyada por Peter Thiel, propone ahora plataformas flotantes que se enfrían con agua de mar, se alimentan con las olas y transmiten datos por satélite. Quedan obstáculos: la corrosión, la bioincrustación, organismos que se acumulan sobre las superficies sumergidas, y la confiabilidad del enlace satelital.

Estos centros reducen el consumo de agua dulce, pero no eliminan el calor: casi toda la electricidad que consumen termina en el mar como calor. Esas descargas térmicas, estudiadas en centrales nucleares y termoeléctricas, pueden bajar el oxígeno disuelto y alterar la vida marina cercana; allí se liberan miles de megavatios térmicos, mientras que los data centers operan, por ahora, en cientos.

El tercer camino es poner los servidores en órbita, una idea que dejó de ser teórica: en noviembre de 2025 la startup Starcloud puso en órbita la primera GPU de IA de alta potencia, y Google avanza con un proyecto similar, Suncatcher.

Las ventajas son energía solar abundante y nada de agua dulce. Pero aunque en el espacio hace frío, enfriar es más difícil: como en el vacío no hay aire que se lleve el calor, hay que conducirlo hasta radiadores que lo emiten al espacio, porque la radiación es la única vía para expulsarlo. Y esos radiadores deben ser enormes.

A eso se suman la radiación cósmica, que puede corromper cálculos y memorias, y un costo de lanzamiento que sigue siendo órdenes de magnitud mayor que el terrestre. Y está la basura orbital: ya se rastrean decenas de miles de objetos mayores a diez centímetros en órbita.

Las tres atacan el mismo frente: la demanda creciente de energía, refrigeración y agua que trae la IA, y ninguna es todavía la respuesta definitiva: son problemas abiertos de termodinámica, materiales y costos que ninguna disciplina resuelve sola. Por eso el futuro de esta tecnología es, antes que una cuestión de infraestructura, una cuestión de formación: dependerá de cuánta gente estemos preparando para pensar en esos desafíos y la capacidad de innovar.

*Ingeniera Química, docente y coordinadora del Programa de Ambiente del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA)

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