Una anécdota inédita del Gardel "burrero"
Cada 24 de junio, aniversario de la muerte de Carlos Gardel en el accidente aéreo de Medellín (Colombia, 1935), es una nueva oportunidad para recordarlo. No para comprender que sigue vivo, porque eso es permanente, basta escucharlo cuando canta.
Gardel fue múltiple, como Maradona, Guevara y Borges, en representar lo argentino. Lo fueron en todas las facetas de lo genuino, pero, en su derrotero personal, inescindible del eje propio, cada uno lo hizo a su manera y tuvo sus manías, sus gustos, sus berretines.
En Gardel, uno central fue el turf, acaso por saber que, en un hipódromo, lo que se juega no es dinero –eso es estupidez de economistas, capitalistas y mercaderes–, sino que, en la arena, en la gramilla, hasta en la tierra provinciana de las pistas cuadreras, lo que se juega son deseos, pasiones, sueños y, por qué no, utopías.
Sabía, El Morocho del Abasto, y era como decir "del Universo", que, indefectiblemente, en todo cierre de una reunión turfística, no sólo en los templos de Palermo y Epsom, sino en santuarios más modestos como el del Tokyo en Tokio, el de Longchamp en París, el Churchill Downs en Kentucky o el Rey Abdulaziz en la Arabia Saudita, por echar nombres, y hasta en los hipódromos más humildes del mundo, lo que flota en el ambiente alrededor de una última carrera no es la pregunta "¿habrá desquite?", sino la respuesta incontestable a una interrogación fundamental: "¿qué es vivir?", y a una subsidiaria: ¿para qué existe el ser humano?
El turf no es un deporte, nunca lo fue y, menos aún, "el deporte de los reyes", aunque lo frecuenten reyes y lo solventen oligarcas y tenga el tinte, en la superficie, de un negocio empresarial. A lo sumo, por lo colorido y pintoresco, podría considerarse un espectáculo y hasta se presta para paseos de fines de semana o feriados, incluso familiares, si se le agregan juegos infantiles de anzuelo, como se hace, no por los niños, sino para montar puestos de comida ligera, por lucro.
Bajo su superficie, en cambio, el turf es condición humana a la intemperie, angustia metafísica, arte y filosofía. Por eso Edgar Degas lo pintaba, entre bailarinas y escenarios, y Bernardo Jobson le dedicó cuentos memorables, como Si viene el cinco y Los caballos no saben que es domingo, y a Fernando Savater se lo vio más de una vez desgañitarse en un hipódromo "por las patas de un tungo roncador", como el del tango, emulando al aristotélico Critolao y al platónico Carnéades cuando lo hacían en el Olympia, en Grecia, y el Maximus, ya embajadores en Roma, desentendidos de las miradas severas y censoras de Cicerón y Séneca.
Que a Carlitos le tiraron los pingos siempre, y mucho, da risueña cuenta una denuncia que "Berthe Camares, viuda de Gardès", como se presentó su mamá y consta en el acta, "de nacionalidad francesa, de profesión planchadora, de estado civil viuda, de 47 años de edad, domiciliada en Corrientes 1553", hizo el 30 de enero de 1913 en una seccional "a fin de que se encomiende el actual paradero de su hijo Carlos Gardès", cuyos datos la mujer proporcionó diciendo que "él es francés de 22 años, pelo castaño oscuro, ojos marrones, tiene una cicatriz debajo de la oreja derecha, es grueso y alto, viste de negro, y como desde el domingo, que fue a las carreras, no ha venido al hogar...".
El turf no es un deporte, nunca lo fue y, menos aún, "el deporte de los reyes", aunque lo frecuenten reyes y lo solventen oligarcas y tenga el tinte, en la superficie, de un negocio empresarial"
Hasta a la muerte le arranca una sonrisa El Zorzal Criollo, mejor dicho, Berthe, la que, "leída que le fue el acta", firma, en la cual queda asentado haber pedido "a esta oficina que se averigüe si le ha sucedido algún accidente o si estuviese detenido".
Revolver en librerías de viejos por el título Gardel, su gran pasión: el turf, de Rodolfo Omar Zatti, publicado en 1990 por Ediciones Corregidor (¿aguardará, nuevo, en depósito, escondido, algún ejemplar?), es tarea ineludible para quien quiera meterse de lleno en ese aspecto consustancial a Gardel, que todos los autores destacan, pero pocos exploraron o no lo suficiente para rescatar material significativo.
Zatti intentó llenar ese vacío, en lo que pudo. Ahí están, emotivamente trazados, hechos puntuales, como el de Por una cabeza, del que afirma ser el único de sus tangos turfísticos con música propia (letra de Le Pera), que grabó el 19 de marzo de 1935, tres meses y cinco días antes del accidente, así como que cinco días después de éste, el 29 de junio, antes de disputarse la séptima carrera en el hipódromo de La Plata, con los jinetes en las cintas de largada, quitadas sus gorras en señal de duelo, por los parlantes se lo escuchó cantar Mi Buenos Aires querido. ¡Si se habrán piantado lagrimones!
Pero hay un diálogo del Gardel "burrero" que no está en ningún libro, yes, en un 99,9 por ciento, inédito, por no decir ignoto, porque quien esto escribe apenas si lo aireó en un medio efímero que desapareció hace más de treinta años –treinta y seis, para ser exactos–, el diario Sur, del Partido Comunista, y se hace impredecible que en algún sitio quede algún ejemplar de su edición del 28 de junio de 1989.
Lo que sí se corrió fue el rumor de que Gardel estaba en el Círculo y se empezó a agolpar gente para verlo. Ronco y todo, a lo mejor cantaba"
Está también la fuente original del suceso, aún más remota, de 56 años antes, y es la revista La Carreta, órgano oficial entonces del Círculo Tradicionalista Leales y Pampeanos, de Avellaneda, que, en su número del 31 de octubre de 1933, que ha de ser como buscar una aguja en un pajar, salvo que Mandinga sepa de alguna biblioteca pueblerina o almacén de campo polvoriento que lo atesoren, reseña el hecho.
El hecho en bruto, o sea, el traslado que se tornó imperioso desde el Círculo al teatro más famoso de Avellaneda, pero no sus detalles más jugosos, no los movimientos de los actores, no los entretelones del diálogo que se dio y tiene a El Mudo como protagonista excluyente. Su emblemática frase de "burrero", aplicada, como propicia siempre el turf, a otros ámbitos de la vida. Esa que estuvo al alcance sólo de unos pocos oídos y que tampoco se extendió a demasiados en el restringido y ulterior boca a boca. En su traquetear de bueyes y olor a cardos, La Carreta cuenta que la noche del 27 de septiembre de 1933, año en cuyo noviembre Gardel se iría de la Argentina para no volver, el Círculo Tradicionalista Leales y Pampeanos había invitado al cantor a "una churrasqueada en el humilde fogón" de la institución, calle Sarmiento 37. Describe que "no se trataba de una cena con pretensiones, en la que la combinación de comidas y salsas son una mentira para los estómagos y para los sentimientos cordiales". Gardel sabía de esos amigos y su humildad campera y se sentía entre pares.
Era miércoles y todavía El Troesma andaba ronco de gritar el domingo por un pingo, contaron su inseparable compinche Armando Defino y el entrenador de los purasangres gardelianos Francisco Maschio e, inclusive, se barajó el nombre de un caballo y un gran premio, pero los recuerdos se trabucan y el Stud Book Argentino no tiene digitalizados esos tiempos como para rastrear huellas precisas.
Lo que sí se corrió fue el rumor de que Gardel estaba en el Círculo y se empezó a agolpar gente para verlo. Ronco y todo, a lo mejor cantaba. El local pronto quedó chico y alguien sugirió cruzar enfrente, a la Congregación Mariana de Jóvenes, en Sarmiento 22. Tampoco alcanzó.
El vicepresidente de "Leales", Pedro Giacosa, estuvo rápido y se le ocurrió preguntarle a Mazzanti, responsable del teatro Roma, en la otra cuadra, Sarmiento 109, si podían ir a la sala. Quién iba a decir que no, con Ruggierito allí presente y el conservadurismo impregnando la atmósfera desde la intangible omnipresencia del intendente Alberto Barceló. Así fue que Giacosa se asomó por la puerta y le gritó a Gardel: "Vamos al Roma, Carlos". "¿Estás seguro, Pedro?" "Sí, sí, Carlos. Al Roma vamos." Y a quien sería en dos años El Bronce que Sonríe, las palabras le brotaron del alma: "¡Entonces lo jugamos a ganador!".