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lanacion.com.ar · hace 14 horas · Federico Vacalebre

El mayor shock de oferta de crudo desde 1973 y por qué el mundo, por ahora, resiste sin entrar en recesión

LA NACION

La economía global transita en 2026 un momento inusualmente complejo, definido por la tensión entre dos vectores de signo opuesto que operan de manera simultánea. Por un lado, la inversión en inteligencia artificial, semiconductores y automatización viene traccionando ganancias corporativas, capex y actividad productiva con una fuerza que no tiene precedentes en las últimas décadas. Por otro lado, la interrupción del tránsito por el Estrecho de Ormuz desde fines de febrero impuso la mayor restricción física de oferta de crudo desde la crisis de 1973: una pérdida inicial de 10,5 millones de barriles diarios, que supera en magnitud a los shocks de la Revolución Iraní de 1978-79, el embargo árabe de 1973-74 y la invasión de Kuwait en 1990. Aunque en los últimos días comenzó una reapertura parcial del paso marítimo, la normalización todavía es incompleta y el shock energético sigue operando sobre precios, fletes, seguros e inventarios.

El PBI mundial creció un 2,7% trimestral anualizado en el primer trimestre de 2026, por encima de las proyecciones previas al conflicto. La producción manufacturera global se aceleró al 3,5% anualizado hasta marzo, con la tecnología como motor central, particularmente en Asia. Estos números muestran que el ciclo tecnológico está actuando como amortiguador parcial del shock energético. Pero la palabra clave es parcial. Aunque la reapertura gradual de Ormuz reduce el riesgo de un escenario extremo, los mecanismos de absorción disponibles –desviar cargamentos, usar inventarios, activar reservas estratégicas y aumentar la producción de países alternativos– seguirán bajo presión mientras la normalización logística sea incompleta. Si persisten demoras, mayores costos de seguro o restricciones operativas, el impacto sobre el consumo, los costos logísticos y la actividad global se volverá más visible. El escenario base es de desaceleración moderada, con el PBI mundial proyectado en 2,5% para 2026 en el escenario post-shock, frente al 2,8% que se anticipaba antes del conflicto. La frontera con algo más severo depende de cuánto demore en normalizarse plenamente el tránsito por Ormuz y de cómo respondan los bancos centrales ante una inflación que el petróleo caro reactiva.

ARCHIVO - El sol sale por detrás de un petrolero fondeado en la costa del estrecho de Ormuz, visto desde la isla de Qeshm, Irán, el 18 de abril de 2026. (AP Foto/Asghar Besharati, archivo)

Hay un dato que ayuda a entender por qué la economía global no colapsó ante un shock de oferta de crudo histórico. El mundo consume casi un 60% menos de petróleo por unidad de producto que en 1973. Además, si la pérdida efectiva de suministro ronda el 10% y la elasticidad-precio de la demanda se ubica entre -0,15 y -0,20, la suba del Brent de casi 60% desde el inicio del conflicto –que lo llevó de USD 70,8 a superar transitoriamente los USD 110 por barril– sería consistente con una caída de la demanda de entre 9% y 12%. En ese caso, buena parte del ajuste necesario para equilibrar el mercado ya se habría producido vía destrucción de demanda. Eso no elimina el riesgo, pero explica por qué la actividad global sigue firme pese a un cuello de botella energético de magnitud histórica.

Dentro de ese cuadro global, Estados Unidos emerge como la economía mejor posicionada para atravesar la turbulencia. Su fortaleza no es coyuntural sino estructural. La transformación productiva que viene consolidando desde hace varios años cambió el centro de gravedad de su economía. El gasto en tecnología y comunicaciones pasó de USD 6.000 millones anuales en 1970 –equivalentes al 0,6% del PBI– a USD 2,7 billones en la actualidad, casi el 9% del producto. El liderazgo económico ya no descansa en el consumo masivo ni en la industria tradicional, sino en semiconductores, software, inteligencia artificial y automatización. Esa recomposición explica una proeza que pocos anticipaban. La demanda privada estadounidense se mantuvo relativamente firme frente a tres perturbaciones consecutivas de primer orden: la suba de la tasa de la Reserva Federal de 0% a 5,5%, el shock arancelario de 2025 y ahora el salto del petróleo por la guerra en Medio Oriente. Las ganancias corporativas crecen al 24% interanual, lo que refuerza la capacidad de las empresas para sostener inversión y empleo incluso con insumos energéticos más caros. Nvidia, que pasó de ser un jugador especializado en procesadores gráficos en 2011 al núcleo del boom de inteligencia artificial hoy, es la mejor síntesis de ese proceso: USD 1 millón invertido en sus acciones en marzo de 2011 equivaldría hoy a USD 464 millones.

Ese mismo dinamismo tecnológico limita el margen de la Reserva Federal para aliviar su política monetaria. El PCE núcleo anualizado de los últimos tres meses corre al 4,43% y los servicios core excluyendo vivienda al 4,62%. El mercado laboral se modera pero no cede. La creación de empleo promedió 68.000 puestos mensuales en el primer trimestre de 2026, la tasa de desempleo se sostiene en 4,3% y los costos laborales suben al 3,8% anual. Con el S&P 500 en máximos históricos y las condiciones financieras sin mostrar estrés, la Fed no enfrenta ninguna urgencia para recortar tasas. El shock petrolero agrega presión inflacionaria adicional que desplaza aún más hacia adelante cualquier posible alivio monetario. La pausa prolongada, no el recorte, sigue siendo el escenario más probable para el resto de 2026.

Asia ocupa una posición intermedia. La región depende más del crudo proveniente del Golfo Pérsico, lo que la expone directamente a las disrupciones del tránsito por Ormuz y a sus mayores costos logísticos. Pero su participación en el ciclo tecnológico global opera como contrapeso significativo. Taiwán creció al 11,9% trimestral anualizado en el primer trimestre de 2026 impulsado por semiconductores; Corea del Sur lo hizo al 6,9%. Varios gobiernos están respondiendo con políticas activas de apoyo. Corea prepara un paquete de estabilización equivalente al 1% de su PBI, con posibilidad de ampliación, y Tailandia evalúa un estímulo fiscal de casi el 2% de su producto. China, cuyo PBI creció al 6,7% trimestral anualizado en el primer trimestre de 2026, tiene la capacidad de amortiguar parte de la tensión energética regional retomando exportaciones hacia sus vecinos. El balance para Asia, en suma, es de mayor vulnerabilidad que Estados Unidos pero de mejor posicionamiento relativo que Europa.

Desde el Covid, el PBI real acumulado de Estados Unidos creció un 8,5%, frente a apenas un 3,1% de la Eurozona

Europa es el caso más preocupante. A diferencia de Estados Unidos y de buena parte de Asia, el viejo continente enfrenta las dos fuerzas de manera adversa al mismo tiempo. No está capturando el ciclo tecnológico con la misma intensidad, y su mayor dependencia de energía importada amplifica el impacto de las disrupciones logísticas y energéticas sobre costos, inflación y actividad. Los números son elocuentes. Desde el Covid, el PBI real acumulado de Estados Unidos creció un 8,5%, frente a apenas un 3,1% de la Eurozona. Las ganancias corporativas por acción avanzaron un 48,2% en EE.UU. contra un 17,6% en Europa. Los precios de las acciones subieron un 87,7% en Wall Street y un 43,5% en las bolsas europeas. Alemania, que fue durante décadas el motor industrial del continente, terminó 2024 con una caída del PBI del 0,5% y proyecta apenas un 0,9% de crecimiento para 2026 en el escenario postshock. Francia y el conjunto de la Eurozona muestran proyecciones de apenas 0,7% y 0,8% respectivamente para el mismo período. Sobre ese telón de fondo, el Banco Central Europeo enfrenta una disyuntiva sin salida cómoda. La inflación energética ya llevó al Banco Central Europeo a subir tasas en junio, y podría forzarlo a sostener una posición restrictiva si se verifican efectos de segunda ronda sobre precios y salarios, pero la debilidad de la actividad hace extremadamente costoso sostener un ciclo de endurecimiento prolongado. La Fed puede permitirse esperar; el BCE no tiene esa misma comodidad.

El panorama que emerge de este análisis es el de un mundo que no está roto pero que opera bajo una tensión estructural profunda. La innovación tecnológica actuará como límite inferior del deterioro global mientras el ciclo de inversión en inteligencia artificial y semiconductores continúe. Pero Ormuz ya no es apenas un riesgo potencial ni una advertencia: aun con una reapertura parcial, sigue siendo el recordatorio de que la economía mundial puede quedar condicionada por cuellos de botella físicos, geopolíticos y logísticos. Si la normalización se consolida, el shock energético tenderá a moderarse; si, en cambio, persisten demoras, restricciones operativas o primas de riesgo elevadas, el balance entre tecnología y energía se inclinará con más fuerza hacia menos crecimiento y más inflación.

Federico  Vacalebre

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