El 24 de junio, una fecha para creer en nosotros
Hay fechas que parecen escritas por la casualidad y, sin embargo, terminan pareciéndose a una enseñanza. El 24 de junio ocupa un lugar singular en la memoria argentina: ese día nacieron Lionel Messi, Ernesto Sábato, Juan Manuel Fangio y Juan Román Riquelme; y ese mismo día murió Carlos Gardel. Cinco nombres, cinco mundos, cinco modos de expresar una misma identidad nacional. El fútbol, la literatura, el automovilismo y el tango se cruzan en una jornada que reúne talento, esfuerzo, sensibilidad, belleza popular y vocación de excelencia.
Messi representa la virtud silenciosa del genio que no necesita gritar. En tiempos de estridencia, su liderazgo se construyó desde la constancia, la humildad y el juego colectivo. Su grandeza no fue solamente haber levantado una Copa del Mundo, sino haber enseñado que la alegría también puede ser una forma de perseverancia. Durante años cargó con exigencias desmesuradas y comparaciones injustas. Respondió con trabajo, paciencia y fidelidad a la camiseta. En Messi hay una Argentina que aprende a no quebrarse.
Sábato ofrece otra dimensión de esa argentinidad. Fue el hombre que cruzó la ciencia, la literatura, la ética y la conciencia pública. En sus novelas exploró los abismos del alma humana, pero también recordó que una nación no se construye sólo con cifras, sino con preguntas morales. Su figura invita a valorar el pensamiento profundo frente a la superficialidad, la palabra responsable frente al ruido, la memoria frente al olvido. Sábato enseñó que la cultura no es adorno: es responsabilidad colectiva.
Fangio, el Chueco de Balcarce, encarna la disciplina, la precisión y la templanza. Su leyenda no nació de la improvisación, sino del dominio de un oficio y de la inteligencia para leer la pista, cuidar la máquina y decidir en una fracción de segundo. Fue campeón del mundo sin perder la sobriedad del hombre de pueblo. En él aparece otra virtud nacional: competir en el mundo sin dejar de ser de la propia tierra.
Riquelme expresa la pausa argentina. En un mundo apurado, jugó como quien piensa. Su fútbol fue una reivindicación del tiempo interior: levantar la cabeza, esperar el movimiento justo, encontrar el pase que nadie veía. Román no representó la velocidad sino la inteligencia; no el vértigo sino la claridad. En una sociedad que confunde acción con atropello, su estilo dejó una lección: también se conduce desde la calma.
Y Gardel, cuya muerte convirtió al 24 de junio en una fecha de despedida y nacimiento permanente, es la voz que sigue cantando. No pertenece únicamente al tango; pertenece al modo en que los argentinos aprendimos a nombrar la nostalgia, el barrio, la pérdida, el amor y la esperanza. Su mito demuestra que la cultura popular puede alcanzar una forma de inmortalidad. Murió joven, en plena gloria, pero quedó unido a una frase que el pueblo hizo suya: cada día canta mejor. Esa expresión habla de la capacidad argentina de transformar el dolor en memoria viva.
La coincidencia del 24 de junio no debiera ser tomada como una superstición, sino como una invitación. Nos recuerda que la argentinidad no es una consigna vacía ni una nostalgia detenida en fotos antiguas. Es una energía creadora que aparece cuando el talento se disciplina, cuando la sensibilidad se vuelve obra, cuando la inteligencia se pone al servicio de algo más grande que el éxito individual.
En tiempos de desaliento, conviene mirar estas coincidencias con sentido positivo. La Argentina que ellos representan no es la de la queja permanente ni la del fracaso anunciado. Es la Argentina que se levanta, crea, compite, piensa, canta, juega y emociona. Rosario, Rojas, Balcarce, San Fernando, el Abasto real o mítico: geografías distintas de una misma promesa.
Quizá el 24 de junio sea, entonces, mucho más que una fecha curiosa. Es un espejo. Nos muestra que este país, aun en sus contradicciones, sigue teniendo una reserva extraordinaria de talento y de humanidad. Nos dice que la grandeza no nace del insulto ni de la soberbia, sino de la vocación, la paciencia, la creatividad y el compromiso. En esos cinco nombres hay una pedagogía nacional posible: jugar mejor, pensar más hondo, conducir con prudencia, esperar el momento justo y cantar aun cuando la historia duela. Tal vez eso sea una forma alta de argentinidad.
Jorge Giorno fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), diputado en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en dos oportunidades, diputado (mc) en el Parlamento Mundial, político, escritor y ensayista.
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