La sociedad de los poetas vivos
La primera vez que escuché a Olvido García Valdés leer sus poemas fue en Buenos Aires, en el Torcuato Tasso, tras una jornada larga de redacción. Trastabilla mi memoria (¿fines de los 90?) y, sin embargo, permanece indeleble la impresión que me causó su manera de llenar el escenario y su decisión de no comenzar hasta que la sala estuvo en silencio, reclamando para la poesía tono y atmósfera.
Luego fueron el fraseo, la impecable dicción y la intensidad de los versos: “escribir el miedo es escribir / despacio, con letra / pequeña y líneas separadas, / describir lo próximo, los humores, / la próxima inocencia / de lo vivo…”
La reencontré en Madrid hace 22 años y desde entonces disfruté su calidez en una amistad transatlántica, mientras el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Pablo Neruda y otras distinciones reconocían a esta autora y crítica excepcional.
Supe, ya afincados en España, que Olvido dictaba desde 2012, con lista de espera interminable, un seminario de poesía y pensamiento en el Centro José Hierro, ubicado en Getafe, a unos 15 km de la capital, un polo cultural efervescente, que de no existir debería ser inventado.
Miércoles de por medio, llueva, truene o relampaguee allí estoy como otros veintitantos escritores. La escuchamos pensar, estudiamos lo que propone (cruces que van de Faulkner y Paul B. Preciado a José María Panero, pasando por Mark Fisher o Cavalcanti). Y también, la enojamos: “Es que vais demasiado rápido. No quiero saber qué opina cada uno del poema, sino qué dice Rilke en la ‘Elegía VIII’; qué piensa él”, reconduce.
Leer a otros es relevante para problematizar después, en la propia escritura, la distancia entre lo que quisimos hacer y lo que el texto desnuda, explica.
Cuesta ver en ocasiones lo afortunados que somos. Lo cerca que hemos estado del milagro: ¿cómo llamar, si no, a la experiencia extraordinaria de detener la urgencia por dos horas y media para hablar de poesía?
Desde que la autora de “Caza nocturna” decidió que ya no abrirá en septiembre el seminario sus alumnos duelamos sin consuelo. Quizá lo único que ayude a extrañar un poco menos sea agradecer y atesorar el privilegio de haber sido parte de algo irrepetible, no “instagrameable”, único en su especie, que sigue escribiéndose en nosotros. ¿Perdonará Olvido que no acatemos su nombre y mantengamos ardiendo esa dicha? A la maestra, salud.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
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