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infobae.com · hace 10 horas · Jorge Enríquez

De la sociedad de la información a la sociedad de la decisión

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Durante una reciente exposición en el Rotary Club de Buenos Aires, el Procurador General de la Provincia de Buenos Aires, Julio Conte Grand, definió a la sexta revolución industrial como un proceso de “rehumanización de los sistemas y de los procesos”, agregando una expresión que resume buena parte de los desafíos contemporáneos: la necesidad de alcanzar “eficiencia sin perder la sensibilidad humana”.

No se trata de una observación menor. Por el contrario, esas palabras permiten introducir una de las discusiones más trascendentes de nuestro tiempo. Durante décadas, el debate sobre el progreso estuvo asociado a la innovación tecnológica, al crecimiento económico y a la expansión del conocimiento. Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial ha comenzado a desplazar el eje de la discusión hacia una cuestión mucho más profunda: cómo preservar la centralidad de la persona humana, de las instituciones democráticas y del Estado de Derecho en una época caracterizada por sistemas capaces de procesar información, formular recomendaciones y participar crecientemente en procesos de decisión.

La historia de la modernidad puede interpretarse como una sucesión de revoluciones industriales. La primera, impulsada por la máquina de vapor, modificó radicalmente la producción y dio origen a la sociedad industrial. La segunda, basada en la electricidad, el acero y la producción en serie, multiplicó la capacidad económica de las naciones y transformó el comercio mundial. La tercera revolución industrial incorporó la informática, la electrónica y las telecomunicaciones, permitiendo una circulación de información desconocida hasta entonces. La cuarta revolución industrial, caracterizada por la inteligencia artificial, la robotización, el internet de las cosas y el análisis masivo de datos, integró el mundo físico con el digital. Más recientemente, comenzó a hablarse de una quinta revolución industrial orientada a reconciliar la innovación tecnológica con la sostenibilidad ambiental y la centralidad de la persona humana.

Hoy asistimos a una nueva etapa. La inteligencia artificial generativa, la computación cuántica, la biotecnología avanzada y los sistemas autónomos de aprendizaje permiten sostener que estamos ingresando en una sexta revolución industrial. La diferencia esencial respecto de las anteriores consiste en que ya no se trata solamente de incrementar la capacidad física del hombre ni de automatizar procesos productivos. Por primera vez, la tecnología comienza a intervenir en funciones tradicionalmente asociadas al razonamiento humano: interpretar, diagnosticar, predecir y decidir.

Nos encontramos, en consecuencia, ante una transición histórica: el paso de la sociedad de la información a la sociedad de la decisión.

Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, el principal problema consistía en acceder a la información. La expansión de Internet democratizó el conocimiento y redujo barreras que durante siglos habían limitado la circulación de ideas. Sin embargo, el éxito de esa revolución generó una paradoja. La cantidad de información disponible creció hasta niveles imposibles de procesar por una sola persona.

La inteligencia artificial aparece precisamente como respuesta a esa limitación. Los algoritmos no sólo almacenan datos. Los ordenan, seleccionan, jerarquizan y recomiendan. Determinan qué contenidos vemos, qué noticias recibimos, qué productos consumimos y, cada vez con mayor frecuencia, qué decisiones adoptamos.

La pregunta central deja entonces de ser quién posee la información. La cuestión decisiva consiste en determinar quién controla los mecanismos que transforman esa información en decisiones. Y allí comienza el verdadero debate político, jurídico y filosófico de nuestro tiempo.

Hace casi un siglo, José Ortega y Gasset advirtió la magnitud de este problema. En su célebre Meditación de la técnica, sostuvo que la técnica no constituye una realidad ajena al hombre, sino una expresión de su propia naturaleza. El ser humano transforma el mundo porque necesita construir las condiciones que hagan posible su proyecto de vida. La técnica es, en consecuencia, una herramienta de liberación y de progreso.

Pero Ortega observó también un peligro permanente. La expansión de la técnica puede generar la ilusión de que todos los problemas humanos son susceptibles de resolución mediante procedimientos cada vez más eficientes. Cuando ello ocurre, se corre el riesgo de olvidar que la técnica proporciona medios, pero jamás determina los fines.

La actualidad de esta reflexión resulta extraordinaria. Los sistemas de inteligencia artificial pueden analizar millones de datos en segundos, detectar patrones invisibles para el ojo humano y ofrecer soluciones de notable complejidad. Sin embargo, carecen de conciencia moral. No poseen sentido de la justicia, ni comprenden la dignidad humana.

Por esa razón, la inteligencia artificial puede asistir decisiones, pero no reemplazar la responsabilidad ética inherente a toda decisión pública.

Ortega desarrolló una segunda idea que merece especial atención. En La rebelión de las masas sostuvo que las sociedades necesitan minorías dirigentes. No se refería a élites económicas ni a grupos privilegiados. Hablaba de aquellas personas e instituciones que aceptan exigirse más a sí mismas y asumir mayores responsabilidades en beneficio del conjunto social.

La sexta revolución industrial vuelve a colocar esta cuestión en el centro del debate. Cuanto mayor es el poder tecnológico disponible, mayor es la responsabilidad de quienes deben gobernarlo.

Esta preocupación encuentra un notable paralelo en el diálogo que mantuvieron en 2004 Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas. Ambos provenían de tradiciones intelectuales distintas. Habermas representaba la gran tradición racionalista de la modernidad europea. Ratzinger encarnaba la reflexión teológica y filosófica de la tradición cristiana. Sin embargo, coincidieron en un punto esencial: las democracias necesitan fundamentos éticos que ellas mismas no pueden producir por sí solas.

Habermas reconoció los límites de la racionalidad instrumental cuando se pretende convertirla en fundamento exclusivo de la convivencia social. Ratzinger, por su parte, advirtió sobre los riesgos de una razón desvinculada de toda referencia moral trascendente. Ambos concluyeron que las sociedades democráticas requieren un diálogo permanente entre razón, ética y tradición cultural.

La inteligencia artificial vuelve particularmente actual aquella discusión. Los algoritmos representan probablemente la expresión más sofisticada de la racionalidad instrumental desarrollada por la humanidad. Son extraordinariamente eficaces para resolver problemas técnicos. Pero ninguna eficacia técnica puede responder por sí misma qué es el bien común, cuáles son los límites legítimos del poder o qué derechos deben ser protegidos incluso frente a la voluntad de las mayorías.

Por ello, el verdadero desafío de la sexta revolución industrial no consiste en desarrollar mejores algoritmos. Consiste en fortalecer mejores instituciones.

El Estado de Derecho, la división de poderes, la independencia judicial, la libertad de expresión y los derechos fundamentales no son productos espontáneos de la tecnología. Son construcciones históricas que exigen una permanente defensa. En ese contexto la misión de las instituciones del estado de Derecho no consiste únicamente en adaptarse a los cambios tecnológicos, sino en garantizar que esos cambios permanezcan subordinados a los principios constitucionales y al respeto de la persona humana.

Rehumanizar los sistemas significa recordar que detrás de cada expediente, de cada proceso, de cada decisión administrativa, parlamentaria o judicial, existe una persona concreta con derechos, expectativas y dignidad propia. Fortalecer las instituciones significa garantizar que el progreso tecnológico no erosione los principios que sostienen una sociedad libre.

La sexta revolución industrial será juzgada por un criterio mucho más exigente que la mera eficiencia. Será juzgada por su capacidad para ampliar la libertad sin destruir la responsabilidad, para aumentar la productividad sin sacrificar la justicia y para incorporar inteligencia artificial sin relegar la sensibilidad humana.

En definitiva, las revoluciones industriales anteriores transformaron la manera en que producimos bienes. La sexta revolución industrial está transformando la manera en que producimos decisiones. El desafío consiste en asegurar que esas decisiones continúen siendo gobernadas por valores humanos, principios constitucionales e instituciones republicanas. Porque el futuro no dependerá únicamente de la inteligencia de las máquinas. Dependerá, sobre todo, de la sabiduría con que las personas decidamos utilizarlas.

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