La línea Kodama
Cuando en 2008 Jeff Arnett asumió como maestro destilador de Jack Daniel’s, un periodista le preguntó qué pensaba innovar. Arnett respondió: “Nada”. Entendía que el deber de quien recibe una tradición no consiste necesariamente en modificarla. A veces consiste en conservar una fórmula que lleva más de un siglo funcionando.
Al cumplirse cuarenta años de la muerte de Borges, las herederas de María Kodama declararon que seguirán actuando según una pregunta rectora: “¿Qué habría hecho María Kodama?”. La frase transmite continuidad, estabilidad y respeto por una tradición. No está mal si hablamos de bourbon, pero para muchos estudiosos de Borges justamente ahí reside el problema. Una botella de bourbon y una obra literaria no envejecen del mismo modo. El maestro destilador busca que cada botella se parezca a la anterior. Un legado literario, en cambio, exige que cada generación vuelva a leer, ordenar, cotejar, discutir y comprender una obra desde nuevas perspectivas.
La historia literaria conoce numerosos casos de viudas, hijos, albaceas y fundaciones que con las mejores intenciones terminan convirtiéndose en custodios de una interpretación antes que de una obra. El riesgo consiste en administrar un autor como si fuera un patrimonio inmobiliario. Borges, que dedicó buena parte de su vida a corregirse, contradecirse, reescribirse y hasta arrepentirse de sus propios libros, terminó siendo administrado durante décadas según criterios que muchas veces privilegiaron la protección y la vigilancia antes que el estudio.
Las herederas sostienen que seguirán preguntándose qué hubiera hecho Kodama frente a cada decisión. Es una actitud comprensible desde el punto de vista afectivo. También es una forma curiosa de gobernar una obra literaria: consultar al fantasma de la anterior administradora en lugar de preguntarse qué necesita hoy la obra. Porque el asunto pendiente no es la digitalización de una biblioteca, proyecto valioso y necesario, ni tampoco la organización de homenajes, congresos o visitas escolares. El asunto pendiente sigue siendo el mismo desde hace décadas: una edición crítica integral de Borges.
Resulta paradójico. Mientras Joyce, Kafka, Céline o Pasolini cuentan con monumentales ediciones críticas que permiten seguir la evolución de cada texto, Borges sigue circulando en volúmenes cuya organización responde más a decisiones editoriales acumuladas y dudosas que a una reconstrucción rigurosa de su trayectoria literaria. Sus libros fueron reordenados, corregidos, ampliados y mutilados por el propio autor en distintas épocas. Precisamente por eso sería indispensable disponer de una edición que mostrara esas transformaciones en lugar de ocultarlas.
La llamada edición crítica preparada por Rolando Costa Picazo constituyó un esfuerzo admirable de anotación y contextualización, pero nunca llegó a resolver ese problema. Fue, en rigor, una edición profusamente comentada antes que una verdadera edición crítica en sentido filológico. El resultado fue valioso, pero insuficiente: una obra que ayudaba a leer mejor a Borges sin mostrar todavía cómo Borges había llegado a escribir lo que escribió.
Kodama tuvo méritos indiscutibles. Recuperó libros que Borges había dejado fuera de circulación, duplicó el corpus borgeano y defendió la integridad de la obra frente a innumerables usos oportunistas y apócrifos. Fue la defensora incansable de una marca, la perseguidora indesmayable de los usurpadores. Incluso quienes la criticaban reconocían en ella esa energía de guardiana. Pero la vigilancia no siempre coincide con la difusión, y la difusión no siempre coincide con el conocimiento.
El resultado está a la vista: existe un Borges profusamente editado y al mismo tiempo insuficientemente estudiado desde el punto de vista textual. Sigue faltando el instrumento básico que permitiría entender cómo escribió realmente Borges, cómo modificó sus textos y cómo fue construyendo la imagen de sí mismo que terminó imponiéndose.
Quizá la verdadera fidelidad a María Kodama no consista en repetir sus decisiones sino en hacer aquello que ella no alcanzó, no quiso o no supo hacer.