← Volver
perfil.com · hace 13 horas · Miguel Roig

La última zambullida

Miguel Roig

Woody Allen en alguno de sus libros de los años setenta opina que la modernidad culmina con I want to hold your hand de los Beatles. No es el único. El profesor Henry W. Sullivan, autor del ensayo Los Beatles y Lacan, sostiene que toda la obra del cuarteto es “un réquiem para la Edad Moderna”.

Quizás otra hipótesis, dentro del campo del arte (Elon Musk en el espacio y Peter Thiel en la tierra, argentina precisamente, están también en el proyecto de regresar a la premodernidad pero a través de la tecnología, lo cual no deja de ser el gran oxímoron de nuestra época), otra hipótesis, decía, se puede asignar a la obra The bigger splash de David Hockney.

Difícil no ver su imagen al mencionarlo. Es un cuadro que se graba en la mente del observador como las manchas de Pollock, las masas degradé de Rothko o el rostro de Velázquez que busca nuestra mirada en Las meninas.

No ha faltado quien lo emparentara con el hiperrealismo por la rigurosidad arquitectónica del cuadro, lo minucioso de cada objeto y la precisión para representar la luz de California.

Una línea horizontal cruza el lienzo de lado a lado para separar el agua de la piscina que ocupa todo el sur del cuadro y arriba, en la mitad superior, la casa, minimalista, flanqueada por los trazos de dos delgados troncos de palmera, infinitos, que ascienden al cielo. En el ángulo inferior derecho está el punto de escape de la escena: un trampolín que acaba de despedir a alguien de quien solo quedan algunos rastros: trazos blancos fugases, desprolijos, que rompen toda la armonía de la composición. Hay quien se los atribuye al influjo de Bacon. Otros a Pollock y esta cita es curiosa.

La historiadora del arte Estrella de Diego aventura que el pulso que Pollock mantuvo con Picasso pudo resolverlo cuando dio por terminada esa lucha en el plano vertical. Es decir, un día comprendió que enfrentar al lienzo en la pared siempre iba a ser una derrota. El único modo de vencer a Picasso era, literalmente, acostarlo. Eso hizo: puso la tela en el suelo y la abordó cenitalmente, paseando encima con una lata perforada de la que caían gotas, chorros de pintura. Pollock crea el action painting.

La batalla de Hockney con Picasso también fue larga. Hay un grabado de 1973 en el que Hockney se retrata a sí mismo portando una carpeta de trabajos que le presenta a la figura de una cabeza de Picasso sobre un pedestal. Hay otra obra que tampoco deja duda, en la que ambos conversan sentados a cada lado de una mesa y Hockney se presenta desnudo.

No es Pollock, entonces, el que irrumpe en The Bigger Splash. Es Hockney puro, quien posiblemente armado por la ambición picassiana de encontrar un lado C (el B sería el simple homenaje figurativo a la geometría de Van der Rohe cuando todo el arte solo hablaba desde la abstracción), con las manchas blancas, los trazos que destrozan la tranquilidad original, dan un grito de neto corte existencial.

La semana pasada murió Hockney. El diario Liberation, de París, le dedicó la portada con un retrato suyo, una imagen del joven artista, de la época en la que pintó el cuadro de la piscina con el título Le dernier plongeon [La última zambullida].

Quizás, hay que pensar, que la primera que dio fue al lanzarse al mundo desde su Bradford natal, una localidad gris de Yorkshire, cuyos páramos son evocados en Cumbres borrascosas, para conquistar la luz. No hubo, por otro lado, ninguna herramienta de la tecnología que le fuera ajena, desde la fotografía hasta la última paleta digital. Todo lo usó para desvelar su mundo que no es otro que el nuestro. Se va, entonces, antes de conversar con la inteligencia artificial. Ojalá no sea un presagio. Mirando una y otra vez The Bigger Splash surge la duda.

21_06_2026_mortalidad_infantil_cedoc_g