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lanacion.com.ar · hace 15 horas · Marcos Buscaglia

Milei enfrenta una perspectiva muy distinta a la de Macri a la misma altura de su presidencia

LA NACION

Para mayo de este año, último dato disponible, el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella, que mide muy bien el nivel de aprobación presidencial, sugería que el apoyo al presidente Javier Milei en su mes número 30 en el gobierno era similar al que gozaba el presidente Mauricio Macri a la misma altura de su mandato. Ambos tenían cerca del 40% de aprobación.

A la luz del resultado de las elecciones de 2019, y de las terribles consecuencias que tuvieron, surge la pregunta de si esta coincidencia marca que la elección de 2027 está perdida para el Gobierno. La duda se alimenta del hecho que solo seis meses antes, en el mes número 24, ambos tenían una aprobación mucho más elevada, de cerca del 50% en el caso de Milei y de casi el 60% en el caso de Macri. Es decir, la aprobación de ambos cayó fuertemente luego de las elecciones legislativas. La inquietud se acrecienta además por los datos económicos mixtos y por errores políticos increíbles, que alimentan la percepción de que el Gobierno se convirtió en lo que venía a combatir y que muestran un gabinete con fuertes divisiones.

La situación económica a 30 meses de haber comenzado los gobiernos de Macri y de Milei es, sin embargo, muy distinta. En mayo de 2018, la crisis económica estaba recién comenzando. Si tenemos que ponerle una fecha de gestación, sería el 28 de diciembre de 2017, cuando en una conferencia que incluyó al ministro de hacienda, el jefe de gabinete, el ministro de finanzas y el presidente del Banco Central (BCRA), el primero anunció el cambio de la meta de inflación de 2018, lo que el mercado interpretó inmediatamente como una pérdida de independencia por parte del BCRA. Pero el problema venía incluso de antes, de la estrategia elegida para bajar la inflación en un contexto político con poco plafond para recortar gasto público. El gasto público primario (sin incluir intereses) no se ajustó durante el primer año y bajó por poco más del 1% del PBI en 2017, manteniéndose altos déficit primarios, que fueron financiados con fuertes emisiones de deuda externa. El trabajo de bajar la inflación fue dejado a una política monetaria muy restrictiva por parte del BCRA. Para sacar del mercado los pesos que imprimía al comprar reservas, el BCRA emitió unos bonos de corto plazo llamados Lebac, y miles de millones de dólares de ellos terminaron en manos de inversores extranjeros, que hacían “carry trades” aprovechando las tasas elevadas y un peso que, hasta fin de 2017, se depreciaba a un ritmo menor que lo que pagaban las Lebac.

La crisis en sí se desató a inicios de 2018, cuando comenzaron a subir las tasas de interés internacionales, por lo que el mercado percibió que a la Argentina le sería difícil seguir financiando déficit fiscales de cerca del 5% del PBI. Esto, sumado al ataque a la independencia del BCRA y al cambio en el tratamiento fiscal de la renta financiera, desató un desarme masivo de carry trades, empujando al peso de 20,5 por dólar en abril a casi 25 a fin de mayo. Ese mes se aceleraron tanto las salidas de portafolio de los extranjeros como la dolarización de los argentinos. A partir de allí, fue todo barranca abajo para la economía argentina.

La depreciación del peso, que continuó en los meses siguientes, llegando a 37,7 en noviembre de 2018, llevó la inflación del 24,8% en 2017 al 47,6% a fin de 2018, un número superior al registrado durante los gobiernos de Nestor y Cristina Kirchner. Cerrados los mercados internacionales y locales de deuda, el Gobierno acudió al FMI para obtener financiamiento, y se acordó con éste un programa que primero incluyó un fuerte ajuste fiscal y luego de su renegociación en octubre de 2018 agregó una fuerte restricción monetaria. Es decir, para mayo de 2018 el ajuste fiscal y monetario casi ni habían comenzado. El gasto público primario cayó en un 18% en términos reales (ajustado por inflación) en 2018 y 2019, justo antes de las elecciones. El ajuste fiscal, la salida de capitales, la suba de tasas de interés, la aceleración de la inflación y la pérdida de confianza tuvieron un efecto brutal sobre la actividad económica y el consumo. El salario real se contrajo un poco más del 11% en el sector privado registrado y en el sector público durante 2018, al tiempo que el sector privado registrado perdía 144.000 empleos. La actividad económica se desplomó el 4,2% en el segundo trimestre de 2018 y siguió cayendo en los dos trimestres siguientes. Aunque tanto la actividad como los salarios reales se estabilizaron en la primera mitad de 2019, ya era muy tarde. La pérdida de confianza mantuvo la dolarización y la presión sobre el tipo de cambio y las reservas elevadas. El resto es historia.

La situación económica y las perspectivas futuras son hoy muy distintas a la de aquel momento. En primer lugar, no hay ajuste fiscal en ciernes, ya que el Gobierno ejecutó cinco puntos del PBI de ajuste fiscal en los primeros meses de 2024, y mantuvo un superávit primario de más del 1,5% del PBI en promedio desde entonces. Es más, dado que la recaudación fiscal quizás muestre algo de mejora en el segundo semestre, veremos una leve expansión, o al menos una menor contracción del gasto público en los próximos meses.

Si bien la Argentina todavía no re-accedió al mercado internacional de deuda, en este caso la ventana se le está abriendo al Gobierno en lugar de estar cerrándosele como en 2018. Luego de la reclasificación de la deuda argentina de CCC+ a B- por parte de S&P, que se suma a la reclasificación similar de Fitch unas semanas antes, algunos estiman que hay fondos internacionales dedicados a invertir en deuda de mercados emergentes por más de US$100.000 millones que antes no podían comprar deuda argentina por ser CCC y ahora sí pueden por ser B-. Esto se reflejó en una fuerte caída del riesgo país, a cerca de 430 puntos (4,3% por sobre lo que paga un bono del Tesoro de los Estados Unidos) desde 574 puntos básicos a fines de abril. Esto pone a la Argentina a tiro de colocar deuda en el mercado internacional a tasas razonables.

Otra diferencia entre la situación actual y mayo/junio de 2018 es que en ese entonces ya existía un cansancio con la Argentina de parte de la comunidad financiera internacional, que había absorbido fuertes emisiones de deuda durante los primeros tres años del gobierno de Macri; de hecho, la emisión de deuda de inicios de 2018 resultó mucho más difícil de colocar que las anteriores. En cambio, ahora los inversores internacionales están esperando deseosos una emisión de deuda argentina. Es que desde la reestructuración de deuda en 2020 la Argentina, incluyendo el pago de julio que viene, va a haber repagado US$15.200 millones a los inversores en deuda internacional local, US$8410 millones en intereses y US$6790 millones en amortizaciones, a lo que se suman más de US$9830 millones en pagos totales de los bonos en dólares de legislación argentina. Otra diferencia también es que en 2018 inversores internacionales habían comprado decenas de miles de millones de dólares de títulos de deuda local de corto plazo en pesos del BCRA y del gobierno, de los que salieron rápidamente una vez que estalló la crisis, mientras que ahora la participación de inversores internacionales en el mercado local es muy baja. Es decir, la capacidad de generar una corrida del peso es mucho más acotada ahora.

La caída de popularidad del presidente Milei se debe en parte al estancamiento de la actividad económica ex sector primario a partir de marzo de 2025, que incluyó un parate del crédito y una fuerte suba de la morosidad, y de la inesperada aceleración de la inflación a partir de junio de 2025, que redundó en una caída del salario real del 5,5% entre febrero de 2025 y marzo de 2026 entre los trabajadores privados registrados. Esta dinámica, sin embargo, no está comenzando como en mayo/junio de 2018, sino —muy probablemente— terminando.

La inflación, después de haberse acelerado y haber sorprendido a las expectativas durante varios meses, comenzó a desacelerarse en abril y en mayo, y a estar en línea o incluso por debajo de las expectativas. Para junio se espera que siga cerca del 2% mensual, quizás continuando su lento descenso. Esto llevó a que el último dato de salarios, de abril, haya mostrado una suba del 0,7% por encima de la inflación del mes. Por ello no sorprende que el índice de confianza del consumidor que publica la Universidad Di Tella haya tenido dos subas consecutivas, del 1,3% en mayo y del 6,4% en junio. Es interesante ver que en junio, en donde más sube la confianza del consumidor es en el Gran Buenos Aires (10%) y entre los encuestados de ingresos bajos (7,16%). La baja de la inflación esta haciendo su magia.

Los datos de actividad económica ex sector primario siguieron mixtos en abril y mayo, pero se espera que la baja de la tasa de interés, la estabilización/crecimiento del salario real y el empuje del sector primario permitan una leve expansión de la actividad y el consumo en la segunda mitad del año, una situación muy distinta al segundo semestre de 2018. Otra diferencia importante entre entonces y ahora es el empuje que tiene el sector exportador y las inversiones. En 2016-19, las exportaciones subieron un 3,5% anual en promedio, con una aceleración al 5,6% en los últimos dos años de la gestión de Macri. En promedio, las exportaciones subieron un 14,3% en los dos primeros años de la gestión de Milei, y se expandieron un 24,3% interanual en los primeros cinco meses de 2026, marcando récords cercanos a los US$10.000 millones por mes en mayo de este año. Estamos en los comienzos de un gran boom exportador. La inversión también se acelerará en los próximos meses, a medida que los proyectos aprobados en el RIGI, que ya acumulan casi US$30.000 millones, se vayan ejecutando.

Es decir, la situación de Milei a 30 meses de haber comenzado su gobierno, más allá del malestar que envuelve a mucha gente, particularmente en el Conurbano, dista mucho de la situación que experimentaba Macri a la misma altura de su mandato, porque las perspectivas son muy distintas.

Esto no quiere decir que no existan riesgos importantes en los meses que siguen. A los errores políticos del Gobierno se suma que ya a fin de este año el país entrará en modo electoral. A la vista de lo que aconteció en las elecciones en otros países de la región como Colombia, Chile, Perú y Brasil, no sería de extrañar que tengamos una elección polarizada entre dos modelos muy distintos de país. Ante esa incertidumbre, es probable que aumente la dolarización, poniendo presión sobre el tipo de cambio, las tasas de interés y la inflación, y que las decisiones de inversión se ralenticen esperando el desenlace electoral, con algún impacto en la actividad económica. Este contexto hará más difícil sostener en el tiempo errores no forzados, como la permanencia de Manuel Adorni en el gabinete.

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