Elogio de lo breve
Leo que ya nadie lee. Lo leo aquí y lo leo allá referido a la literatura y acaso sea cierto. La vida moderna ha alejado a la mayoría de los libros. Y esto parece cierto en relación a las novelas de quinientas páginas, aunque se sigan publicando y vendiendo, aunque tal vez no en la misma cantidad que las de Dickens. Una solución sería editar libros más chicos y algunas editoriales lo han intentado con variado éxito. Por ejemplo Vinilo, con sus libritos dedicados a la literatura del yo, de los que uno sospecha que no son literatura y ni siquiera tienen que ver con el yo en el medida en que el yo que narra no se despega del nosotros que lee como si los lugares fueran intercambiables o el escritor debiera ser un representante de sus lectores para ser aceptado. De todos modos, aunque la mayoría de los libros de Vinilo no me interesan y hasta he llegado a detestar algunos por demasiado ramplones, hay excepciones y además el packaging es atractivo y el marketing es eficiente.
Pero hay otros casos de libros de pocas páginas y tamaño reducido. Tal vez el mejor ejemplo de edición liliputiense sea el de la Oficina Perambulante, la creación de Carlos Ríos que publica pequeñas y sorprendentes obras encuadernadas a mano con tapas cartoneras en las que cada ejemplar es distinto a los otros. Los libros que lanza Ríos son difíciles de conseguir porque la oficina es ambulante pero a veces parece que fuera también incorpórea. Pero a veces me llega alguno. El último que cayó en mis manos es Las máquinas de la alegría, de la poeta Julia Cisneros (Río Cuarto 1988), una novela no solo delirante sino que se va haciendo exponencialmente cada vez más delirante. La narradora, que va cambiando de nombre a lo largo del relato, participa de distintas organizaciones totalitarias, cada una más absurda. La novela de Cisneros es burbujeante y contagia el buen humor de una literatura liberada de todas sus servidumbres.
Un poco más grande que Las máquinas de la alegría es Montevideo 1938 que no es una dirección sino una edición de la editorial La Libre, en la que la también poeta Gabriela Borrelli Azara (Monte Grande, 1980) investiga cómo Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral, consideradas en su época las mayores poetas americanas, se reunieron por única vez a raíz de una convocatoria del gobierno uruguayo. Borrelli, que pertenece a una logia secreta que une Monte Grande con Montevideo, sabe cómo envolver su cariño por las poetas con todo tipo de anécdotas y también el de crear suspenso alrededor de hechos burocráticos, lo que hace del libro una pieza muy inteligente y muy agradable de leer. Hay algo festivo y ligero en Montevideo 1938, con su ambiente literario descrito desde una especie de feminismo vintage actualizado. No sé si forma parte de él la declaración de la autora en la contratapa por la cual comunica que no piensa ver el Mundial de fútbol en curso.
En cualquier caso, tenemos aquí dos ejemplos de que los libros podrían dejar de ser esos objetos antipáticos que van quedando como rémoras del pasado. Finalmente, todo es cuestión de tamaño. Y ahora los dejo porque tengo que leer la Historia de mi vida. No me refiero a la mía, sino a las memorias de Casanova. Cuando termine tenía pensado pasar a Genji Monogatari, otra obra para leer de una sentada.