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clarin.com · hace 21 horas · Clarin.com - Home

El brillo de los niños

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Los cuentos de terror con niños son desconcertantes. La razón es obvia: creemos que encarnan la inocencia y la vida. El derrumbe de esa certeza inquieta porque rompe nuestra comodidad interior. Escribo esto después de leer que un tercio de los niños venezolanos presenta retraso en el crecimiento por desnutrición crónica. Mal irreversible. También leo que cargan con ese tiempo suspendido y agobiante que es la migración.

Este crimen de lesa humanidad no puede contarse en una simple traducción directa de los hechos, habrían expresado Vargas Llosa y Claudio Magris en aquella magnífica conversación registrada en La literatura es mi venganza (2014). Explican, estos caballeros, que no se pueden narrar ciertos hechos extremos (dictaduras, genocidios) con un lenguaje ordenado y racional, porque eso los falsea. La historia organiza cronológicamente; la literatura, en cambio —si quiere transmitir cómo se vivieron—, debe asumir el caos y la irracionalidad de esos hechos.

Es el caso de El brillo de los niños (Pre-Textos, 2026), de Gustavo Valle. En esta fábula “oscura y luminosa”, Yoisiberth y Gusmarling son dos huérfanos peregrinos que llevan las cenizas de su abuela, por cientos de kilómetros, sorteando muerte y hambre, hasta un sanatorio mental donde vive recluido un tío, Amílcar, único familiar vivo; pero los desvaríos de este dejan a los chicos en una soledad absoluta y confusa.

La novela es, poéticamente aterradora. La violencia está desde el inicio: “Del patio de una casa abandonada aparecieron cuatro niños con cuchillos en las manos. Ninguno superaba los doce. ‘Danos la mochila’, le dijeron a Yoisi”. Ella se niega y es acuchillada. Gusmarling espanta a los pequeños criminales. Entonces Yoisi se aleja y su cuerpo entra en una especie de regeneración prodigiosa.

Que los asaltantes sean niños no es poca cosa: el episodio parece una versión “bolivariana” de El señor de las moscas (1954), de William Golding.

En Venezuela, los niños son víctimas y victimarios en un círculo vicioso de violencia. No es una anomalía moral, sino el resultado de la pobreza, del abandono escolar y de hogares fragmentados por la migración forzada. La violencia se normaliza y reproduce en un bucle siniestro.

La infancia es un territorio vulnerable; por lo mismo, la novela de Valle se aferra al pensamiento mágico. A pesar de la muerte que asalta a los personajes a cada paso, la idea de la “regeneración prodigiosa” y del poder de la imaginación son recursos propios de los niños, donde desconocen la muerte y plantean la posibilidad de evadirla.

Esto me llevó a Claus y Lucas, la obra maestra de Ágota Kristóf: dos chicos dejados al cuidado de su abuela en un entorno devastado por la guerra. Estos niños, para sobrevivir se entrenan en anular emociones y sentimentalismo; pero, al final, tenemos la sospecha de que solo uno de ellos es real: el otro es un hermano imaginario. Creo que es el mismo recurso empleado por Valle. Yoisiberth aparece como un invento de Gusmarling. Sus nombres pre-figuran anagramas que sirven de clave de lectura: Yoisi es una entidad que cambia, que renace, que intuye el misterio o razón oculta de su suerte, mientras Gusmarling es una entidad menor que observa y narra.

Ciertos lectores coinciden en que El brillo de los niños puede interpretarse como una versión simbólica de Hansel y Gretel, pero es algo más inquietante: es la traducción del cuento de los Hermanos Grimm al siglo XXI venezolano, donde ya sabemos quién es la bruja malvada, pero el regreso a casa sigue sin estar garantizado.

Norberto Olivar

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