La geopolítica y la tecnología nos ofrecen una oportunidad: ojalá no la desperdiciemos
Vivimos en un mundo cambiante y recibimos permanentemente el impacto de esas transformaciones. A veces nos favorecen; otras, nos perjudican. Hoy, los cambios en la geopolítica mundial y las innovaciones tecnológicas están modificando los patrones del comercio internacional de una manera que puede favorecer a la Argentina y brindarle una oportunidad casi única en su historia.
La geopolítica actual está marcada por la competencia entre China y Estados Unidos por el liderazgo global, el conflicto entre Rusia y Europa, las tensiones recurrentes en Medio Oriente y las tendencias demográficas. A su vez, los cambios tecnológicos están concentrados en la transformación de la matriz energética, con creciente énfasis en la electricidad y en fuentes menos contaminantes, y en la irrupción de la inteligencia artificial, con su enorme impacto en el procesamiento de datos.
Estos procesos están modificando los determinantes del comercio internacional. Las ventajas comparativas siguen siendo centrales, pero ganan peso otros factores: la seguridad estratégica, la confiabilidad del suministro y la estabilidad de los proveedores.
En este contexto, nuestro país se ve favorecido no sólo por contar con muchos de los recursos que el mundo necesita, sino también por su potencial condición de proveedor confiable: sin conflictos externos relevantes y con una ubicación geográfica que le permite proyectarse hacia los océanos Atlántico y Pacífico a través de su integración regional.
La transición energética y la revolución tecnológica fortalecen la demanda de gas, cobre, litio y plata. También aumentan la necesidad de lugares con energía abundante, clima frío o templado y seco, y condiciones adecuadas para el procesamiento de datos. Precisamente, esas son condiciones que la Argentina parece tener en abundancia.
Vaca Muerta es hoy una realidad. Su roca se ubica entre las más productivas del mundo en materia de hidrocarburos no convencionales. Si bien no podemos comparar nuestros recursos totales con los de los principales países productores, los recursos no convencionales técnicamente recuperables de la Argentina se encuentran entre los más importantes del mundo y superan ampliamente la demanda interna. Esto nos brinda una gran capacidad exportadora en un momento en que el mundo necesita energía confiable.
El saldo de la balanza comercial energética pasó de un déficit superior a los 5.000 millones de dólares en 2022 a un superávit superior a los 8.000 millones en 2025. Hacia 2030 podría superar los 30.000 millones de dólares y continuar creciendo a medida que entren en funcionamiento los proyectos de licuefacción de gas.
En minería, la oportunidad es igualmente significativa. A pesar de contar con una extensa porción de la Cordillera de los Andes, nuestro desarrollo minero fue históricamente limitado, con la excepción de Bajo la Alumbrera y algunos proyectos auríferos. Era difícil imaginar que la Argentina no tuviera abundantes recursos mineros, y las exploraciones recientes parecen confirmar que los tiene en gran escala.
Los informes sobre José María, Filo del Sol, Filo Sur y Altar, junto con las estimaciones de MARA, El Pachón y Taca Taca, permiten sostener que la Argentina podría contar con algunos de los yacimientos de cobre —con contenidos de oro, plata y molibdeno— más importantes del mundo. Esto abre un enorme potencial exportador. Además, la minería tiene un fuerte impacto sobre el empleo: por cada empleo directo se generan aproximadamente cinco empleos indirectos.
La disponibilidad de energía y las condiciones climáticas también son relevantes para el desarrollo de centros de procesamiento de datos. La Argentina cuenta con atributos favorables, aunque se trata todavía de una oportunidad incipiente. Ya hubo anuncios y consultas, pero el potencial real está aún por desarrollarse.
El sector agropecuario es otro motor que podría expandirse significativamente con los incentivos adecuados: eliminación de retenciones, precios de los insumos alineados con valores internacionales, estabilidad macroeconómica, baja de la inflación y recuperación del crédito. Con esas condiciones, la producción agropecuaria argentina podría crecer de manera relevante.
Otros sectores deberían acompañar este proceso: la construcción, el comercio, el transporte, la banca y los servicios en general. La participación de la construcción en el PBI mundial se ubica cerca del 6%.
En la Argentina, ese porcentaje era bastante superior antes de la aceleración inflacionaria y de la desaparición del crédito hipotecario; el año pasado fue inferior al 3%. Con menor inflación, mayor crecimiento y políticas adecuadas, debería volver a niveles cercanos al promedio internacional.
La evolución del PBI de Neuquén entre 2013 y 2025 ofrece una muestra de lo que podría ocurrir a nivel nacional si la Argentina aprovecha esta oportunidad. En ese período, el producto provincial se duplicó, liderado por la producción de petróleo y gas, que se triplicó. Pero el crecimiento no se limitó al sector energético: también avanzaron la enseñanza, la construcción, restaurantes y hoteles, el transporte y la salud pública.
La experiencia de otros países que aprovecharon sus recursos naturales muestra aumentos importantes en el nivel de actividad y en los estándares de vida, junto con cambios profundos en sus estructuras productivas. Pero también enseña que los recursos naturales deben ser una plataforma de despegue, no un destino final. En algún momento se agotan o pierden dinamismo relativo. Por eso, la Argentina debe usarlos como punto de partida para una transformación productiva más amplia, moderna y sostenible.
La geopolítica y la tecnología nos están abriendo una puerta excepcional. Ojalá nuestras divisiones internas, nuestra inestabilidad y nuestra dificultad para sostener políticas de largo plazo no nos impidan atravesarla.
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