El chico delivery y las guerreras del café
Oigo gritos y alzo la vista. A unos metros, en la entrada del café donde escribo, veo la pelea. Un chico-delivery enfrenta a Rox – una clienta joven- y a un grupo de camareras. No entiendo qué pasa. Lo primero que pienso es que hubo un problema con un pedido.
¡“Pito corto”!, escucho gritar, y entonces, la escena cambia. Enseguida algo se va de las manos entre Rox y Delivery. Oigo a Rox con un discurso imbatible sobre tolerancia y respeto. Delivery ataca con su casco.
Fiel a mi oficio de guionista, intento reconstruir la película. Veo cómo de a poco el cuerpo de Rox se agiganta. Ella se hace más alta que él, que va encogiéndose por más que saque pecho, hasta volverse pequeño. Pero la trama aún tarda en configurarse al completo.
De pronto, un escudo humano conmovedor de camareras-amazonas salen a defender a Rox a capa y espada. Delivery da sus últimos manotazos patoteriles: le pega con el casco a una de ellas, declarando la guerra mundial. Entre todas consiguen echarlo.
Recién minutos más tarde consigo entender la génesis del asunto: mientras espera su pedido en la barra, Delivery prende la mecha atacando a Rox, una chica trans, diciendo que “los hombres no se pintan”. Rox, dueña de una lucidez apabullante, entra en combustión y lo aplasta a respuestas. Saca sus uñas esmaltadas de negro como si fueran garras y se planta delante cual fiera, lista para enfrentar lo que sea. Delivery echa mano entonces a lo único que poseen los que se quedan sin argumentos: la violencia. Rox, convertida en guerrera, lo desafía invitándolo a pelear, pero él, tras lastimar con golpes a las mujeres que la defienden huye en su moto a toda velocidad.
Cuando retorna la calma, Rox vuelve a su mesa. Se acomoda junto a la ventana, pero noto que ahora es otra.
Las camareras, satisfechas por la victoria, ratifican su apoyo: “si tocan a Rox nos tocan a todas” dicen a viva voz .
Pero Rox no festeja. Veo su mirada celeste apagarse al quedarse sola. Ya no está ahí.
Ya no está en este café. No está en esa mesa junto a la ventana. No está mirando la calle tampoco. Es como si sus ojos acuosos se hubiesen vaciado de golpe o hubiesen quedado inmantados en algún otro paisaje, que no es el del otoño amarillo detrás del vidrio. La intuyo repasar sus batallas, las mil humillaciones como esa, el maltrato diario. Todo lo vivido (y sobrevivido) como para que cualquiera venga ahora a echar sal en la herida. Reconozco en ella la mirada de quien recordó quién era, quién quería ser, cuánto vale. Esa expresión de alguien que se ha dejado la piel hasta poder abrazar su dignidad y no está dispuesta a negociarla.
Tengo el deseo de acercarme, pero me freno. Cuando por fin decido hacerlo, alzo los ojos y ya no la encuentro, como si se hubiese desmaterializado de pronto. Ni rastros…
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