Los perjuicios del RIGI: acelera la importación de bienes terminados
La economía argentina “crece” partida en dos. En abril, la industria manufacturera cayó 2,8% interanual según el Indec, mientras la minería marcó un récord, +9,5%. Esa “K” es el resultado de un esquema que baja las variables nominales por la vía recesiva y, sobre esa caída, consigue desinflación y reservas. La Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (Onudi) ordena el resto con un dato crucial: la Argentina tuvo la segunda peor caída industrial del mundo entre 2024 y 2025 —7,9%, solo superada por Hungría, y algún otro país muy menor— mientras Brasil, Chile y Perú crecían. Es una decisión de política económica.
El debate (por afuera de la lógica del Gobierno) ya no es si conviene tener industria —ningún país de su escala llegó a ingresos altos sin una base manufacturera densa—, sino cómo financiarla. Reaparece la restricción que Marcelo Diamand describió hace medio siglo: la industria necesita dólares que la macro rara vez asegura. La novedad es que, por primera vez en décadas, pueden estar: la energía y la minería abren una ventana de divisas genuinas, y de ese flujo depende que financiemos una industria que emplea o un enclave que exporta sin difundir sus beneficios.
El tipo de cambio real multilateral del Banco Central rondó los 85 puntos en mayo, el nivel de 2017, y el peso se apreció más de 15% real en el año: el producto nacional pierde mercado frente al importado. Desde noviembre de 2023 cerraron 26.448 empresas empleadoras (SRT) y se perdieron más de 216.000 puestos registrados privados. En 2025, por primera vez en la serie, el PBI creció y el empleo registrado cayó al mismo tiempo.
Frente a ese cuadro, la única política de inversión de envergadura es el RIGI. A dos años, hay 41 proyectos en cartera por casi US$ 141.000 millones, pero solo 16 aprobados y menos de US$ 1.000 millones ejecutados, todos en minería, petróleo, gas, energía o siderurgia: ninguno con perfil pyme. El problema es que ofrece largo plazo —razonable a esa escala—, pero no pide nada a cambio. El artículo 198 permite disponer del 100% de las divisas de exportación desde el cuarto año, fija estabilidad fiscal por 30 años y baja Ganancias del 35% al 25%; el 20% de proveedores locales rige “siempre que estén disponibles y en condiciones de mercado”, una cláusula que habilita la inexistencia absoluta de estos entramados.
El caso Vicuña lo muestra en vivo. El mayor proyecto minero de la historia argentina —cobre en San Juan, de BHP y Lundin, US$ 18.000 millones hasta 2040 y RIGI aprobado esta semana por unos US$ 9.700 millones— adjudicó el campamento Batidero, una ciudad modular para miles de trabajadores, a un consorcio chino liderado por PowerChina, con módulos fabricados íntegramente en China. La oferta china, de US$ 52 millones, desplazó a la nacional Modular Homes (US$ 70 millones): el ahorro es el 0,1% de la inversión total (los datos son preliminares pero contundentes). Fabricarlos en el país habría generado al menos 400 empleos directos, según la Cámara Argentina de la Construcción Modular. La firma china opera con subsidios en origen y accede a las exenciones del RIGI: el artículo 198 hecho carne, un régimen que sin exigir eslabonamiento consigue que hasta las casas de los trabajadores lleguen importadas.
El mundo volvió a hacer política industrial. La experiencia comparada es clara: Indonesia prohibió exportar níquel sin procesar y pasó a concentrar dos tercios de la producción mundial. Lo que Alice Amsden llamó “disciplina del capital” —incentivos a cambio de metas de exportación, contenido local y empleo— distingue a un país que desarrolla de uno que solo extrae. Por eso, desde el Instituto Argentina Grande proponemos conservar una parte del RIGI y atar sus beneficios a contrapartidas verificables: encadenamiento con proveedores pyme, difusión federal del empleo y mayor captura de renta, hoy con regalías al 3%.
La Argentina arrastra una tradición que la distingue en la región: la idea de que el desarrollo se mide por cómo viven sus trabajadores. Recuperar ese rumbo es estrategia antes que nostalgia, porque ampliar el mercado interno es garantía de mayor oferta (producción). La ventana está abierta. Queda por verse si la cruzamos entre todos o, otra vez, como propone el gobierno de Milei, unos pocos.