La aduana que no se ve
El viernes 12, una semana antes de mi cumpleaños, estaba en un café terminando un trabajo con Claude, el modelo de IA de Anthropic. A las siete y pico de la tarde la pantalla se quedó en blanco. Recargué. Nada. Probé de nuevo. Nada. Media hora después, revisando X, entendí. A las 17:21 de Washington, el Departamento de Comercio le había mandado una carta al CEO de Anthropic ordenándole desactivar sus dos modelos más avanzados para cualquier persona que no fuera ciudadana estadounidense. Cualquier persona. En cualquier país. Yo, sentado en Buenos Aires, era un “foreign national”. Mi herramienta de trabajo dependía de una carta que firmó un funcionario en otro continente mientras yo pedía un cortado.
Al día siguiente fui a almorzar con mi viejo. Le conté lo que había pasado. Me escuchó con la paciencia que tiene para las cosas que no entiende del todo pero que sabe que me importan. Cuando terminé de explicarle que un gobierno le había apagado la IA a medio planeta por un conflicto geopolítico, se quedó callado un segundo y me dijo: “Es como cuando te cortan la luz y vos no debés nada. Pero la llave la tiene otro”.
Mi viejo cumplió 40 años laburando en ventas. Conoce de memoria a cada cliente, sabe cuándo llamar, cuándo esperar, cuándo insistir. Nunca dependió de un servidor en Virginia para hacer su trabajo. Nunca una decisión tomada a las cinco de la tarde en Washington le apagó una herramienta con la que se gana la vida. Y sin embargo resumió en una frase lo que a mí me costó una hora de scroll entender.
Nunca había pasado algo así. Estados Unidos venía controlando los chips, el hardware, las piezas físicas. Nunca había aplicado un control de exportación sobre un modelo de IA. Sobre la inteligencia misma. El viernes 12 cruzó esa línea.
Anthropic es la empresa que a principios de año le dijo que no al Pentágono cuando le pidieron usar su IA para armas autónomas. Trump los clasificó como “riesgo en la cadena de suministro”. Los sacó de los contratos federales. Anthropic los demandó. Tres semanas antes del apagón, el cofundador de la empresa estaba sentado al lado del Papa en el Vaticano presentando una encíclica sobre IA. Y el viernes, el gobierno le apagó el producto. Según Semafor, un grupo vinculado a China habría accedido a Fable 5. Según Anthropic, la vulnerabilidad era limitada y afectaba también a modelos de OpenAI. Pero a OpenAI no le apagaron nada.
En mi columna anterior escribí sobre el kiosquero de la esquina que me dijo que a él no lo iba a reemplazar un robot sino una aplicación. Esta vez me tocó a mí. Una herramienta que uso todos los días para trabajar, para dar clases, para escribir, dejó de funcionar porque un conflicto entre Washington, Teherán y Beijing llegó hasta mi notebook en un café de Palermo Hollywood en Buenos Aires.
Hay una aduana nueva en el mundo. No revisa valijas ni pasaportes. Revisa capacidades cognitivas. Decide quién puede pensar con qué herramienta y quién no. Hasta el jueves 11 yo tenía acceso a uno de los modelos de IA más avanzados del planeta. El viernes 12 ya no. Nosotros, los que trabajamos con IA desde este lado del mapa, armamos rutinas, flujos de trabajo, clases enteras alrededor de herramientas que no nos pertenecen. Acceso y propiedad son cosas completamente distintas. Y lo único que tenemos es acceso. A préstamo. Revocable con una carta de una carilla.
Este fin de semana es el Día del Padre. Le voy a dar un abrazo al mío y probablemente le vuelva a contar algo que no entiende del todo sobre inteligencia artificial. Él me va a escuchar, como siempre. Y yo me voy a quedar pensando en su frase del almuerzo, que resume mejor que cualquier análisis geopolítico lo que pasó el viernes 12. La llave la tiene otro. Y nosotros estamos adentro.