De a ratos
De a ratos, en momentos sueltos, consigo, sin proponérmelo, aunque deseándolo, olvidarme de Javier Milei. Un recuerdo puede buscarse, buscarse y encontrarse, o bien aparecer de repente, por sí solo; con el olvido, en cualquier caso, la cuestión es más difícil, menos maleable, más inconstante. Y esencialmente escurridiza porque, para advertir que nos hemos olvidado de algo o de alguien, no podemos sino recordarlo, ponernos a pensar en eso.
Consigo empero, pese a todo, de a ratos, en momentos sueltos, olvidarme de Javier Milei, vivir como vivíamos antes, cuando no sabíamos de su existencia, o cuando lo veíamos haciendo el ridículo en programas de televisión (fue un error quitar de la pantalla el programa de Anabella Ascar, dedicado enteramente a la exposición jocosa de freaks, porque entonces los freaks empezaron a circular en otros programas de televisión, concebidos en principio para otra cosa).
Olvidarse, distraerse, prescindir: es difícil conseguirlo con quien se dedica a hacer daño y lo hace con constancia, sin resuellos, todo el tiempo; es difícil sustraerse del que daña cuando no hay forma de sustraerse del daño mismo (y tanto más cuando ese gusto personal por hacer daño aumenta y se intensifica con el recurso al poder del Estado: ahí donde el Estado preserva y asiste, se lo desfinancia y se lo retira; ahí donde hiere y oprime, se lo fortalece y afianza). Es difícil apartar de la mente al que, desencajado, basurea y basurea sin cesar, sobre todo cuando no resulta deseable, por razones de elemental dignidad, acostumbrarse a ser basureado, admitirlo engrosando la piel. Es difícil anular el recuerdo del que deja ir a la muerte a los débiles, perdedores de no se sabe qué competencia, mientras no está dejando de hacerlo; es difícil cuando hostiga noche y día envenenando el aire que respiramos con violencia, resentimiento, malestares, tosquedad.
De a ratos, sin embargo, en momentos sueltos, ocurre. Son momentos de alivio o felicidad; son momentos de placidez, de simplemente dejarse estar; son escenas de encontrarse y conversar, de intercambiar ideas o de discutirlas, o de compartir sencillamente algo, gratas treguas que nos alivian del laborioso hábito de odiar o de ser odiados por alguien. Cuando, al cabo de ese rato de liberación reconfortante, hay que pensar de nuevo en Milei (porque otra medida destructiva y artera, otra quita de derechos legítimos, otra embestida de agresividad mal tramitada nos obligan en cierta forma a hacerlo), surge un efecto de irrealidad muy poderoso. ¿De veras está pasando todo esto que está pasando? ¿De veras dijo eso que dijo? ¿De veras hizo eso que hizo? ¿Tan bajo hemos caído un poco todos? ¿Tal manotazo de desesperación hemos pegado? ¿Tan aturdidos llegamos a estar, seguimos estando?
Entretanto, mal o bien, en momentos sueltos pero firmes, de a ratos pero cada vez con mayor frecuencia, una especie de revelación parece haberse producido: que no tenemos por qué vivir así, que bien podemos pasar los días de otro modo.